Tema de Caín y Abel.

nacionalismos y nacionalidades

Una de las fábulas bíblicas que no he entendido nunca es la de Caín y Abel. Acostumbrado en el colegio a que la agricultura es un grado superior a la ganadería (por cuanto la vida se hace sedentaria y deja de ser trashumante), no comprendía que Dios ‑en su egoísmo‑ prefiriera al ganadero Abel frente al agricultor Caín, quien tenía que ser por fuerza más civilizado que su hermano. Después, la fábula la interpreto así: Dios nos avisaba de que el cultivo de la tierra traería a la larga la propiedad privada del suelo y ‑con la propiedad‑ las civilizaciones constituidas que, a base de lindes, trajeron los estados y fronteras, con sus banderas, que desgraciarían esa aldea global y común llamada Paraíso.

Quizá por eso, al presente, igual miedo me da quien plantea acoger abierta e incondicionalmente a quien venga de fuera (política de acogida o de refugiados) como quien plantea no acoger o poner condiciones para la acogida. Una y otra postura juegan a Caínes y Abeles, pátridas y apátridas: quienes poseen la tierra y quienes no, y la buscan. Y tan peligroso me parece el xenófobo ¡No vengas! como el recepcionista ¡Ven con lo tuyo! cuando lo tuyo es opuesto a lo que teníamos en casa, caso del velo islámico en sociedades que avanzaban hacia el laicismo y la igualdad total de la mujer, también en hábitos e indumentarias.

Ya de mayor, y educado en la escuela marxista de sin teoría (revolucionaria) no hay acción (revolucionaria que valga), me he propuesto teorizar, si quiera, sobre sociedades de religión cero‑cero y nacionalidad cero‑cero, tanto a propios como a extraños, con un ejemplo elemental: para que no haya burkas tampoco tiene que haber nazarenos.

Hacia la nacionalidad única y universal dentro de unas auténticas ‑y no condicionadas‑ Naciones Unidas, sacaría a España de todos los organismos de enfrentamiento o de bloque: UE, Otan, bases de Morón y Rota, y, como país neutral y no alineado, prescindiría del ejército (gastos militares para inversiones sociales) y daría un plazo de una o dos generaciones para la nacionalización total del suelo, que pasaría al Estado; y a los particulares darlo en usufructo, que ya es bastante. ¿Lo hablamos? Si no lo hablamos, no lo haremos nunca.

Para otra versión más pedagógica y sujeta al hilo de la historia, vayan a Antonio Delgado Cabeza, The nationalism (1).

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