the vote

Antonio Delgado Cabeza

THE VOTE
Antonio Delgado Cabeza, 06/10/16.

                        Votar o no votar. Participar o no en el orden establecido. Aprobar lo que hay con mi voto o no. Hasta ahora siempre he votado y siempre he perdido. Me opuse a la constitución monárquica y confesional, a la OTAN, a este estado de las autonomías, al bipartidismo, a esta Europa de las concertinas y los campos de concentración. Nunca he visto una opción que me represente y el espíritu 15-M fue demasiado efímero, así que he ido votando lo que he considerado útil o menos malo.

                        En segundo de carrera tuve la oportunidad de hacer un trabajo sobre las cuarenta primeras medidas del gobierno de Salvador Allende y pese a ser un joven estudiante apolítico, concluí mi modesta investigación premonizando que aquella utopía de igualdades, repartos y condonación de deudas no iba a ser permitida. Un año después, el gobierno constitucional fue barrido por un golpe de estado internacionalmente consentido.

                        Aquí ya teníamos experiencia. La Segunda República también jugaba de verdad a cambiar lo que había. Es como si cada vez que un partido que gana las elecciones y quiere llevar a cabo el programa con el que ha vencido prometiendo igualdades, repartos y condonaciones de deudas, un ente supranacional conservador, un orden superior invisible actuara de justiciero, hiciera borrón y cuenta nueva, rompiera la baraja y hubiera que empezar de nuevo, aunque por el camino queden millones de víctimas.

                        Me pregunto por qué la Vieja Europa, que había connivido cuarenta años fraternalmente con una dictadura atroz en sus propias carnes, invade ahora países foráneos en nombre de la libertad. Me pregunto por qué los llamados padres de la democracia nos estancaron en aquel lodazal legal que hoy sutura pus por todas partes, recogiendo lo sembrado con aquel entramado de leyes cuya letra pequeña no leímos. Y me pregunto también cómo fuimos capaces de exportar como ejemplar aquel simulacro, aquella transición a ninguna parte.

                        Me hago estas cuestiones cada vez que se aproximan elecciones, aún dudando de que se nos permita evolucionar colectivamente en otra dirección. Incluso cuando expreso estos interrogantes en público, siempre hay quien pone en duda mi talante democrático. Solo cuestionar esta forma de progreso, argumentando que hay otras maneras y otros caminos, me lleva a la descalificación inmediata de algunos amigos y conocidos. Tú, ni vas a inventar nada ni eres más listo que nadie. Punto.

                        Menos mal que la actualidad clarifica. Mientras los partidos tradicionales colapsan los tribunales acusándose entre ellos de tener la cloaca más llena y los recién llegados al poder somatizan instantáneamente los tics clásicos, en carnicerías y bares, los ciudadanos crucificamos enajenados a nuestros políticos, sin darnos cuenta de que nos devuelven la fiel imagen de los votantes, nuestro vivo reflejo.

                        Debato entre mis vísceras ácratas que me llevan a la abstención y mi mente lógica y posibilista que me aproxima al ideológicamente más cercano. Aunque cada vez estoy más convencido de que la democracia ateniense, como los nacionalismos de todos los colores, como los hombres agresivos que provocan guerras mundiales o intimas, como los matrimonios que privatizan a las personas, como la escuela que encorseta a los niños, son anacronismos, fronteras que una vez bajados del árbol y puestos en pie, tendremos que ir superando.

                        Poquito a poco.

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