Nueve Eme.

Bajo el poderoso influjo de Ficciones de Borges, libro al que volvía una y otra vez como quien regresa al colegio, Daniel Lebrato redactó el 9 de marzo de 2021 la que sería una de sus despedidas: adiós a la coeducación, en que ingresó a la fuerza, pero de buena gana, quince años hacía. Dos días antes del 8 de marzo a Daniel le habían robado la bicicleta en su propia casa; quiere decir que esa despedida, forzada, de la bici y de la bicicultura habrá que contarla otro día. A lo que vamos. El caso.

Todo empezó al filo del mediodía del celebrado 8M, día, como ustedes saben, que ha pasado a ser parte de lo políticamente correcto en que es preferible feminear o callar. Daniel Lebrato, @daniellebrato en Twitter, estuvo callado hasta que @Eva_Cami_Setas escribió: «@daniellebrato, ¡Le queremos tanto, maestro…!», que DL respondió: «TeVeo me ha felicitado el día. Tomo nota, mariquita o trans». (8M como fecha de felicitación y suponiendo que en mariquita o transexual hubiese algo feminista que celebrar.)

CamiSetas era, en realidad, Rafa Iglesias, así que de los dos no podía esperarse mal encuentro ninguno. Tampoco podía haberlo con dos juegos florales que Daniel Lebrato había puesto en redes por señalar la efeméride. Uno era de la poeta Rupi Kaur, conocida por Zenda, pildorita que decía: «no me interesa un feminismo que piensa que poner a las mujeres en lo más alto de un sistema opresivo es progreso». El otro juego era de cosecha propia: «Feminismo con tacones, faldas y boquitas pintadas no será ni es feminismo que saque a las mujeres de nada. Tampoco, mujer al mando de las fuerzas armadas». Respuestas de @unas y @otras:

—«Yo creo que eres suficientemente inteligente para entender lo que es el feminismo y lo que busca. Está lejos de pensar si una mujer o un hombre es más o menos feminista por llevar o no tacones o pintalabios. Es como si menospreciamos al bohemio que no lleva sombrero. Los estereotipos hacen que no avancemos. Si miras más allá puede que consigas ver lo que de verdad vemos.»

—«Efectivamente, me encanta pintarme los labios y depilarme las piernas solo en verano, y vestir faldas. Qué más da lo que lleves o te pongas, ¡por favor! El feminismo es otra cosa, lo que es realmente preocupante que siempre estemos en el punto de mira por todo lo que somos o hacemos.»

—«Por darle una nota conciliadora al post de Daniel Lebrato, quizás sus palabras vayan encaminadas a que el único feminismo posible es el que nos desprende a todas del suelo pegajoso y no de los techos de cristal, el único feminismo posible es el radical y no el feminismo neoliberal y estético de una sociedad de consumidores.»

—«Gloria Steinem llevaba tacones y pintalabios y consiguió mucho, mucho…»

Y como DL hubiera puesto a alguna de ellas esta respuesta:

—«La vida unisex es parte de la unidad, y habría que probarla»

@alguno le contestó:

—«¿Vida unisex? Qué aburrida, maestro.»

Volviendo hacia atrás con ira, el entremés de los dialoguillos lo vimos arrancar en guerra con @ Guerra en la Universidad, que había tuiteado sobre un fondo de imagen de varia lección antropológica: «Hoy es un buen momento para recordar que la mayoría de restos que documentamos en arqueología corresponde a actividades realizadas por mujeres: cocinar, fabricar cerámica, tejer, moler.» A lo que respondió Lebrato: «Hoy es un buen momento para recordar que la mayoría de monstruos como yo (que no tengo derecho, como Hitler y otros monstruitos, ni a la Historia) fuimos paridos por mujeres.»

—«Lo que he visto en el orgullo 8M que se ha instalado en las mujeres: Que, de tanto alabarse a sí mismas en lo que cuidan y lo cuidadoras que son, darán por buena la imagen y el rol que desandaron o desanduvieron sus madres y sus abuelas.» (Comentario de @una: «¿Perdón?»)

—«Ustedes dirán lo que quieran, pero educar a una cría en la falda es educarla en el largo de mi falda no te dice que sí y, en todo caso, a ver cómo cruzo las piernas, qué se me ve o que dejo de enseñar. Y el hermano al lado, tan fresco y tan compacto.»

Y el hombre se dejó a sí mismo por imposible y, por la noche, se puso a ver si le veía la gracia a las dos películas de Goya que andaban detrás de un mismo año, el 92, una desde Zaragoza y otra desde Cartagena; Las niñas, en un colegio de monjas,  y El año del descubrimiento, otra en una comarca maltratada por la reconversión del Psoe de Felipe González; lo del descubrimiento por la Expo de Sevilla, y la Barcelona de los Juegos Olímpicos.

(continuará)

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