por el derecho a decidir la lengua que hablamos.

Conversación con mi amigo Antonio Narbona, campeón contra el andaluz estólido o falto de razón o de discurso, desde su cátedra emérita de la Universidad de Sevilla. Su artículo ¡Lo que se escribe sobre el andaluz!, de 30 de octubre:


¡Lo que se escribe sobre el andaluz!

Estoy empezando a ‘creer’ (absurdo, lo sé) que los ordenadores no son simples máquinas ¿Por qué me ‘entran’ casi diariamente, sin expresa solicitud por mi parte, novedades, o lo no tan ‘nuevo’, sobre el andaluz? De los signos exclamativos del título se habrá inferido no sólo que no es poco lo que se escribe, sino también ¡las cosas que se dicen! A los miles de libros y artículos publicados se van sumando sin parar otros, dentro y fuera de la región. De hecho, el primer trabajo serio de dialectología andaluza fue Dies Cantes flamencos (1881), de Hugo Schuchardt, profesor de la Universidad austriaca de Graz, y el interés por las hablas andaluzas no ha dejado de crecer. La última tesis doctoral sobre las coplas flamencas que conozco es la defendida por el italiano M. Stefanelli en La Sorbona (2019). Incluso allí donde la investigación del español no solía descender al ámbito dialectal, se está produciendo una avalancha de trabajos para la obtención de los títulos de grado o de máster, centrados en cuestiones concretas, como Comparación fonética del andaluz con el canario, defendido en la Universidad checa de Olomouc (2014), o de carácter más amplio, como La modalidad lingüística andaluza, presentado en la Universidad de Venecia. Es verdad que algunos se limitan a resumir algo de lo que hay, caso de El andaluz ¿mito o realidad? del austriaco Thomas Zitzler (2009), pero al menos no dan gato por liebre ni engañan a nadie, como pasa por aquí. No es concebible que en uno de esos textos académicos, El origen del dialecto andaluz, de la francesa Anne Cenname, se hubiera podido ‘colar’ la idea, sin pies ni cabeza, de que el andaluz es muy anterior a la llegada de los castellanos en el siglo trece, que, fruto de la osadía que emana de la ignorancia, puede leerse en algún libro publicado en la región andaluza. Y hay quienes van más lejos, y sostienen que «nada tiene que ver la lengua [sic] andaluza con la castellana» (M. Heredia, El idioma andaluz, 2018). No a todo el mundo se le puede suponer la capacidad de discernimiento que haga ponerse en guardia ante un título como La lengua andaluza. Lengua romance que toma como base el latín de la Bética y que se difunde a otros pueblos de la Península Ibérica durante los siglos de Al-Ándalus (T. Gutier, 2010). O decidir ahorrarse su lectura al toparse con las primeras líneas de El polémico dialecto andaluz (J. Mª de Mena; 1986): «Entre los años 1900 y 1936 perdió Andalucía una gran ocasión, quizás única, de elevar el habla regional a la categoría de lengua escrita literaria de proyección universal, pero, desgraciadamente, García Lorca, Machado, Alberti y Juan Ramón Jiménez se avergonzaron de su lengua andaluza y se dedicaron a escribir en castellano». En suma, si la sobreabundancia bibliográfica hace imposible ‘estar al día’, el carácter prescindible o deleznable de una parte de la misma impide la ineludible tarea previa de criba que deje a flote sólo lo relevante. Si a ello se suman la falta de coordinación y la nula colaboración entre los que se ocupan (nos ocupamos) de investigar el español hablado en Andalucía, que se ignoran (nos ignoramos) casi por completo, el panorama no puede ser muy estimulante. Con todo, lo que más desanima, y frena el conocimiento, es que la búsqueda obsesiva de lo singular y específico acabe haciendo perder de vista la obviedad de que lo que los andaluces comparten con los hispanohablantes es lo que asegura la intercomprensión en la lengua común y propia de todos. ¿Por qué sucede esto? Muy sencillo. Desentrañar todas las claves del habla andaluza es tarea mucho menos atractiva que apuntarse a la estrategia fácil de que «a nadie le va a amargar un dulce». Sobre todo, si se regalan los oídos con creencias (falsas) como la de que nadie tiene más palabras que un andaluz. Hasta en el ámbito de la pronunciación, donde hay rasgos de difícil enaltecimiento por su escasa aceptación social, se toma el atajo del ‘orgullo’, por ejemplo, de decir «más con menos». Poco importa que haya que averiguar, cuando se oye má, si lo que debe entenderse es más, mal, mar o incluso [ma]má. Por cierto, esto tampoco es propiedad exclusiva de Andalucía. No nos engañemos. Si se escribe sin freno sobre el andaluz es porque no cabe prever sanción alguna para quien defiende lo carente de fundamento. El eco en muchos medios de comunicación de una aberrante ‘traducción’ de una conocida obra literaria del francés al ‘andalú’ acabó convirtiendo al responsable en paladín del andaluz. Se da la paradoja de que la única razón que asiste a muchos de los que creen estar ‘defendiendo’ y ‘dignificando’ el andaluz no es razonable ni racional. Y como sobre lo irracional no es posible discutir con objetividad, y de los sentimientos cualquier cosa cabe decir, así nos va. No es concebible que en un texto académico se haya podido ‘colar’ la idea, sin pies ni cabeza, de que el andaluz es muy anterior a la llegada de los castellanos en el siglo trece.


Preguntas tema:

¿En qué se parece la disputa “andaluz / castellano” a otras disputas lingüísticas que les vengan a la cabeza, tales como “castellano / catalán” (visto desde el castellano vehicular de toda España), “catalán / castellano” (visto desde el lado contrario), “valenciano / catalán” o cualquier par de lenguas en contacto o en conflicto, siquiera sea por registro de marcas, o patentes, y prestigio?

Mi conclusión no deja espacio: “siempre la lengua fue compañera del imperio” (dijo otro Antonio, el de Lebrija) y la única solución frente a la estulticia (que es la madre de todos los extremismos) es desbancar o desautorizar a las autoridades de la lengua o a quienes quieren mandar en ella, lo que sería dejar con voz pero sin voto a la Academia, al Ministerio, a la Ley de Educación (en cuanto afecta a los repartos de lo vehicular), a cualquier autoridad lingüística ejecutiva, no consultiva, que pretenda decirnos cómo tenemos que hablar o cuál ha de ser nuestra lengua con reflejo en el copyright de libros, medios o rotulaciones públicas o estatales.

Es, al final:

Una lengua que no mande en nosotros, ya que no podemos mandar en cómo hablan los demás.

Iría también en la dirección del «derecho a decidir», el más pajolerizado de los derechos porque es el que más se sigue (casi sin pedirlo) en nuestra sociedad de derechos. Derecho a decidir qué me pongo, derecho a decidir qué me gusta, derecho a decidir qué sexo, qué sexualidad, qué género, qué relaciones, qué familia. Derecho a decidir qué lengua hablo, no por orgullo ni por chovinismo ni por obligación. Por pragmática del hablante, según me vayan evaluando, o yo haciendo mi propio currículo.

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