Etiqueta: Antonio Narbona

ALEA iacta non est.

En Medio siglo del Atlas lingüístico y etnográfico de Andalucía (ALEA), se pregunta Antonio Narbona cuántos andaluces podrían reconocer hoy los diversos tipos de arado (romano), a los que el ALEA dedica una decena de mapas y docenas de dibujos ilustrativos. La pregunta es retórica. El profesor Narbona, nuestro amigo Antonio, sabe que nadie sabe y que, quien sabe, no responde porque no lee Diario de Cádiz, de Sevilla y del Grupo Joly, donde él ha publicado su artículo. En la semana del Corominas (hoy, todavía, a disposición para vuestra descarga), sigue llamando la atención que Estado o Junta de Andalucía no tengan puestas a nuestro alcance digital obras de consulta como el ALEA.[1] Se movilizan animalistas por el lince ibérico, ecologistas por Doñana, se expropian tierras para que pase el Ave o una autopista, La Carbonería es ya bien cultural, ¿y la comunidad filológica no va a exigir la declaración del ALEA como bien cultural y patrimonio de la humanidad hispanohablante?[2]


A la recherche del ALEA perdu, hemos encontrado estos enlaces contrastados que puedan servirnos de consuelo:

Vocabulario agrícola andaluz según el Atlas lingüístico y etnográfico de Andalucía (ALEA).

Refranes incluidos en el ALEA.

–página ParemioRom de paremiología romance, refranes meteorológicos y territorios, de la Secció de Filologia Romànica, Universitat de Barcelona.

Mapas lingüísticos, Proyecto fin de curso de La Magnifique en Sevilla, dedicado al ALEA.

–el ALEA de la Junta de Andalucía en Arco Libros.

otros enlaces de interés

ZEA Sociedad para el estudio del andaluz.

Diccionarios del andaluz.

Diccionario colaborativo de usos del andaluz.

(Algunas de estas páginas chirrían por el casticismo supuestamente andaluz pero, aun así, merecen la pena.)


[1] Los seis tomos del Atlas lingüístico y etnográfico de Andalucía fueron publicados por la Universidad de Granada y el CSIC entre 1961 y 73, y en 1991 republicados en edición facsímil en tres tomos por la Junta de Andalucía; a día de hoy, a 401,5 euros sin iva ni gastos de envío.

[2] Declaración previa al expediente de expropiación para su definitiva nacionalización y exposición pública.

Er Prinzipito en andalú.

El Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) ha presentado Er Prinzipito (con ere y zeta), una oportunidad única para poder disfrutar de la filosofía que emana el libro a través de nuestro idioma andaluz, según nota difundida por el sindicato jornalero. El traductor, Huan Porrah, no es cualquiera: Juan Jesús Porras Blanco (Mijas, Málaga, 1970), licenciado en filosofía y doctor en antropología social por la Universidad del País Vasco, quien desde 2008 trabaja como profesor asociado de cultura andaluza en antropología social de la Pablo de Olavide de Sevilla. Para la lingüística, el andaluz como lengua es asunto zanjado. Al no darse una única modalidad hablada, no puede darse una única norma de escritura. Lo más que puede hacer cada andaluz hablante es transcribirse a sí mismo dentro de sus localismos más cercanos. Y eso, suponiendo que la transcripción sea fonológica (ese por zeta, zeta por ce), y no fonética (por el alfabeto fonético internacional), que ya es la leche para un público no habituado. La duda que nos queda es de quién nos reímos más, si del disparatado invento de un sindicato o de la universidad española, aquí doblemente representada, País Vasco y Andalucía. eLTeNDeDeRo, que no es partidario de meterse con los más chicos, se inclina a meterse con los mayores. ¿Qué clases dará este hombre, qué investigaciones y cómo es posible que semejante polizón viaje en la nave de la alta cultura española? En estos días, de ferias del libro por la geografía andaluza, cuando tanto gato colará por liebre, es para pensárselo.


Artículo de Antonio Narbona en Diario de Sevilla


bibliofilias.

Ya lo decía Félix Morales Prado en la introducción del primer número de El Fantasma de la Glorieta en internet (año 2000): «La costumbre, perfectamente (y hasta comprensiblemente) arraigada en los lectores habituales de textos literarios, a consumar y consumir su vicio sobre soporte de celulosa, conlleva en ellos una reticencia, incluso un absoluto rechazo, ante las manifestaciones literarias que flotan en la red. A veces, se trata de una actitud romántica que yo comparto plenamente. Una defensa de los libros impresos, con su olor, su tacto, con su valor como fetiches, esos objetos que nos acompañan sin protesta ni queja, a la cama o al retrete… ¡Sí! ¡Llevan toda la razón! Pero mucho me temo que, en un plazo más o menos largo de tiempo, van a tener que agachar la cabeza ante la evidencia como lo hicieron los contemporáneos de Gutenberg. O tempora, o mores. Pero, en fin, eso es lo que hay. Para duelo y quebranto de las editoriales y de todos aquellos que basan su beneficio pecuniario en ese proceso que comienza con la tala de bosques y culmina en los escaparates de las grandes superficies y, cada vez menos, de las librerías tradicionales.» Y apostilla: Hoy, erre que erre, siguen en sus trece mientras la realidad, poco a poco, avanza y se impone. Lo digital le echa la pata a lo impreso y eso es tan inevitable, con sus ventajas e inconvenientes, como que lo impreso, en su día, desbancara a los viejos y preciosos manuscritos, lecturas de sólo unos cuantos privilegiados.

Acudid, héroes, a la derrota
(Carmelo Guillén Acosta)

Bibliofilia ha sido siempre la pasión por el libro y, especialmente, por ediciones antiguas o raras. Desde la competencia de internet y del libro electrónico, bibliofilia es también aferrarse al libro encuadernado, modo superior de la literatura de pago de la que se gozan editoriales al reclamo de un tipo de lector, de la vanidad del autor, del isbn y del copyright. Un amigo mío historiador me invitó a la presentación de su libro; invitación, entre la buena sociedad, a que yo comprara su libro. Publicado por la Editorial Cualquiera, y con ayuda de la Junta de Andalucía, las 205 páginas del cuerpo del trabajo, con su guarnición de prólogo y de ilustraciones, cuestan 15,90 euros; 15,11, en Amazón; 9,49, en electrónico (este último precio me pareció especialmente elevado)[1]: mi amigo ponía a prueba mi bibliofilia. Otra cara del nuevo coleccionismo consiste en lo que se llama en inglés crowdfunding (corofinanciación)[2], microfinanciación, micromecenazgo, cooperación colectiva o suscripción previa. Por ofrecer un producto competitivo, estas ediciones suelen incluir detalles tipo edición en rama (pliegos sin encuadernar), libro intonso (sin guillotinar ni refilar) o lámina de artista gráfico más o menos conocido. Se trata de tiradas limitadas, numeradas, firmadas y no vendibles (no venales) y hasta pueden obligar al suscriptor a adquirir dos ejemplares, dos: uno de lujo y otro en rústica (se supone, para regalar). Lujo o normal, las cuentas son que el libro se venda cuanto más. Entonces el editor ganará un dinero que, en rigor, tendría que repartir como dividendos entre los socios suscriptores, algo que nunca se hace. Como siempre, quien paga es el público, el público micromecenas o el público de librerías. Yo, el de mi amigo el historiador, por no comprarlo, ni aparecí por su presentación: me pareció injusto, teniendo él mis publicaciones gratis por internet. Días antes, otro amigo poeta y otro amigo novelista me invitaron a suscribir sus publicaciones corales. A los dos dije que no y, salvando nuestra amistad, les aconsejé no prestarse al juego. Bajo el menosprecio de la lectura en pantalla y bajo la alabanza de la lectura que huele a imprenta, de la página que se subraya a lápiz y exquisiteces parecidas, el negocio editorial está cual entre flor sierpe escondida. El tiempo que sobreviva la literatura de libro convencional, no lo sabemos; sí, que el futuro es digital con tendencia a la literatura cero cero: emisores y receptores que intercambien sus productos sin más ánimo que universalizar sus ocurrencias estéticas o sus ideas. Lo cual no quita que cuidemos y veneremos nuestra biblioteca de papel, nuestra bibliofilia y nuestra bibliografía.

[1] P.V.P. por página: 0,07 euros en papel y 0,46 como libro electrónico.

[2] En español podríamos hablar de coroedición, corolibro, coroautor, etcétera.

apostillas a bibliofilias o bibliomanías

Antonio Narbona publicó hace casi 40 años (y en papel, naturalmente) un comentario de La mosca sabia (1881), cuento de Clarín en que se critica la bibliomanía, que a veces se confunde con la bibliofilia. Apostilla Antonio: El futuro digital del libro va a obligar a redefinir la frontera entre ambos términos o, quizás, a acuñar otros nuevos.

Ángel Manuel Rodríguez Castillo recuerda un artículo que hace 117 años publicó José Nogales en La Vanguardia de Barcelona. Se titulaba La fiebre gárrula (1900), y allí el autor serrano onubense denunciaba la abundancia de ediciones: “Un diluvio de tinta nos ahoga; el papel impreso nos sepulta: la imprenta es un monstruo al revés: no devora, ¡vomita!”. Entonces la disyuntiva no era, por supuesto, edición en papel o edición electrónica, sino algo que merece la pena o algo que no. “Hay que pensar; hay que madurar; hay que sazonar el fruto antes de arrancarlo y entregarlo como pasto a la especie. Lo demás es garrulería, ruido de sonajas, esquilmo inútil de la masa cerebral, desequilibrio de esa máquina moral tan admirablemente dispuesta para fabricar el poco saber humano”. Termina Ángel Manuel: Lo importante no es el canal, sino el mensaje.

–enlace a La mosca sabia, de Clarín, en Ensayistas.org, página de © José Luis Gómez‑Martínez.

–enlace a Ángel Manuel Rodríguez Castillo, José Nogales. Biografía crítica y problemática literaria. (Universidad de Sevilla, 1998).

populismos.

Antonio Narbona sobre la palabra populismo:

«Joaquín Leguina (Podemos: el síndrome de Sansón, 2014) acuña su propia definición de populismo, que poco o nada tiene que ver con la del Diccionario (sinónimo de popularismo, tendencia política que pretende atraerse a las clases populares).

Leguina empieza calificando al populista de suplantador: el pueblo, es decir, la ciudadanía, es plural y variada, y cuando el pueblo actúa de forma unánime, la mayor parte de las veces se convierte en populacho, en masa, en chusma.

Le asigna como segunda característica la que mejor define al demagogo, esto es, la de ofrecer soluciones sencillas a problemas complejos.

Y termina hablando de su recurso permanente a actitudes religiosas: al hablar se muestra, sucesivamente, como la Virgen María, pura y casta, y como el Dios que ataca sin medida ni clemencia a Satanás, el enemigo, el culpable de todos nuestros males. En su discurso aparece también un infierno (al que los populistas van a enviar a los malvados) y un paraíso (al que sólo llegaremos de su mano). Sobran los comentarios.» [Antonio Narbona Jiménez, El diccionario y sus usuarios, Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2015]

Apostilla eLTeNDeDeRo:

1º. Todo partido, en tanto pretende atraerse a las clases populares, es populista (demagógico, vale decir), por tanto, no tendría sentido usar populismo como etiqueta para degradar un partido a otro. 2º. Según el uso y quien la usa, la palabra populismo es comodín o palabra‑baúl desde los partidos de centro contra los extremos (abusivamente calificados de extremistas) que pudieran disputarle su espacio electoral. De esta manera, extrema izquierda y extrema derecha se igualan y en populistas caben partidos neonazis (xenófobos o eurófobos) con partidos de nueva planta como Podemos. 3º. Decaído el comunismo (la gente joven ni sabe si existe un partido comunista), populistas ocupa el lugar de comunista (palabra‑estigma junto a terrorista, que continúa). 4º. A todo, ayuda que en inglés populismo se dice igual (populism) y tanto Obama Hillary Trump como Merkel como Rajoy y Susana Díaz están encantados con la palabra populismo.

Así que muévanse: ¡sean populistas!

–enlace a Populismos.