Corto y cierro, por Antonio Narbona.

En la misma página del ejemplar de un diario que tengo ante mis ojos, un columnista, tras aludir a la eliminación en un importante festival de cine de los premios al mejor actor y a la mejor actriz, termina calificando de pesadilla «la estúpida danza contemporánea contra los corsés de la masculinidad», y otro acaba con un desahogo: «lo que es un coñazo es tener que escribir de esto a estas alturas».

También yo me había prometido a mí mismo (aunque no com-prometido con los lectores) no volver sobre este estéril rayo que no cesa. Pero es que no son sólo, ni mucho menos, los englobados en L[esbiana] G[ay] B[isexual] T[ransgénero/ransexual] I[ntersexual] Q[ueer]+, los convencidos de que la lengua, al empeñarse en encasillarnos en una de las dos tradicionales «identidades de género y orientaciones sexuales», tiene la culpa de toda discriminación. Por cierto, mientras esto escribo, se manifiestan en la calle miles de personas reclamando una Ley «mucho más ambiciosa» («LO QUEREMOS TODO» se lee en una pancarta) que la presentada por los Grupos Parlamentarios Republicano y Plural «para la igualdad real y efectiva de las personas trans» y para que «las personas sean inscritas como padres, madres o adres [sic], según el sexo registral sea hombre, mujer o no binario». Del proyecto LEIA [Lengua Española e Inteligencia Artificial], que las Academias llevan a cabo en colaboración con importantes empresas tecnológicas, lo más destacado por los medios es que las máquinas serán entrenadas para «hablar» como los humanos, y sin «lastres del machismo», de manera que quienes interactúen con ellas no estarán contentos o contentas, sino «de buen humor». Caigo, pues, otra vez. Será la última.

Está claro que las iniciativas que han ido surgiendo (los senadores y las senadoras; los/las senadores/as; l@s senador@s; lxs senadorxs; todos / todas / todes / los/ las / les / niños / niñas / niñes; etc.) no se consideran suficientes.

No somos los únicos. En alemán ya se ha producido algún rifirrafe entre quienes propugnan que se distinga, no sólo a los «lectores» (Leser) de las «lectoras» (Leser*Innen, Leser·Innen, Leser:Innen o Leser_Innen), sino también a los «gorriones» (Spatz) de las «gorrionas» (Spatz*Innen), y aquellos que «claman al cielo» ante semejantes desaguisados. En Francia, donde alarma el descenso del dominio de la ortografía, no están por la labor de dificultar el aprendizaje de la escritura con dobletes superfluos (les agriculteurs et les agricultrices) o con «puntos medianos» (les infirmier·ère·s) o guiones (infirmier-ère-s), y han cortado de raíz los escarceos en la escuela.

Como se ve, la cuestión acaba por reducirse a la escritura, que no surgió -ni está- para «reproducir» el habla, pero cuyo desarrollo ha posibilitado que la barrera que la separa de la oralidad se desvanezca y la dicotomía se convierta en una única escala gradual, con cada vez más vasos comunicantes entre ambas. La imposibilidad de «oralizar» la @ o la x, con que se quiere representar lo masculino+femenino y lo que no es ni lo uno ni lo otro, viene a cerrar en todos los usuarios (en los analfabetos el paso entre lo oral y lo escrito se reduce casi a cero) una vía de tal trasvase, es verdad que irrelevante. A nadie parece preocupar esto. Tampoco lo que pasa en las lenguas que carecen de escritura.

Sí importa a todo el mundo llegar a dominar el sistema gráfico, tarea en la que hay que invertir un tiempo y un esfuerzo no pequeños. La remoción de cualquier norma, especialmente en la actualidad, sólo tendrá éxito si reporta ventajas, sin ningún inconveniente. Si la simple eliminación de la tilde del adverbio sólo (paseaba solo por los alrededores de su casa) generó tal polémica, que finalmente se dejó como opcional, fácil es imaginar a dónde conduciría el baile de asteriscos, barras oblicuas, arrobas, equis, puntos intermedios, guiones (bajos o medios)… Total, para evitar lo que no ha supuesto marginación alguna, el empleo no marcado del masculino (el hombre es mortal), frente al femenino (la mujer es la que decide).

Nadie sostiene que sea más «machista» el inglés, la lengua más internacional del mundo, en la que el género sólo se marca en pronombres y posesivos de tercera persona (por el contexto ha de «averiguarse» el sexo del acompañante en I went to the cinema with a friend), que nuestro idioma, que lo indica sobradamente (todas las chicas iban guapísimas y bien vestidas). Tampoco, que una proliferación de signos ortográficos (lo·a·s agricultore·a·s son tan necesari·o·a·s como lo·a·s enfermer·o·a·s) vaya a atenuar el «machismo». Menos mal que, como estas ocurrencias no van a oírse más que en algún mitin político o en boca de algunos de sus paladines, no hace falta seguir aduciendo razones. Así que, aburrido y fatigado, corto y cierro.

Antonio Narbona es catedrático emérito de la Universidad de Sevilla

Foto en portada: Universidad de Sevilla. En cabecera, diario ABC.

La última foto está tomada en Sevilla el 27 de marzo de 2003: Antonio Narbona como miembro de número de la Academia Sevillana de Buenas Letras, casa de Los Pinelo, entre Daniel Lebrato y Pilar Villalobos, foto eLTeNDeDeRo.

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