El poeta pide a su amor que le escriba

Lorca

EL POETA PIDE A SU AMOR QUE LE ESCRIBA

Amor de mis entrañas, viva muerte,
en vano espero tu palabra escrita
y pienso, con la flor que se marchita,
que si vivo sin mí quiero perderte.

El aire es inmortal. La piedra inerte
ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior no necesita
la miel helada que la luna vierte.

Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,
tigre y paloma, sobre tu cintura
en duelo de mordiscos y azucenas.

Llena pues de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura.


 

La poesía y la obra de Federico García Lorca se dividen en dos, según el poeta reconociera o no su homosexualidad, y en tres tipos de voces. Primera voz. Obras en verso en voces de personajes. El poeta habla por el jinete, el gitano, la monja o Soledad Montoya, del Romancero Gitano. Segunda voz. Obras de teatro desde la perspectiva de las mujeres. El poeta habla por Doña Rosita la sotera (la mujer que espera casar), Bodas de sangre (la casada contra su voluntad), Yerma (la que quiere ser madre) o Adela contra Bernarda Alba (la mujer que ya enviudó). Digamos que en su teatro Lorca vertió su alma femenina, que no quiso hasta muy tarde declarar, en una tercera fase de su lenguaje (en teatro: El público y Así que pasen cinco años) en los Sonetos del amor oscuro. Él y su familia tuvieron tal tabú en el tema de la homosexualidad, que los sonetos no se publicaron hasta mucho tiempo después de asesinado el poeta (1983 y 1984) y en el periódico del bando golpista que mató a Federico: el ABC, que pagó un millón de pesetas por cada uno de los once sonetos a la familia que administraba y administra sus derechos de autor.


Cualquier comentario del poema tendrá en cuenta esta circunstancia, rara en nuestra literatura, pero no insólita: otras obras se publicaron póstumas (las Rimas de Bécquer) o fuera de control del propio autor (inéditos de Juan Ramón Jiménez y de otros autores consagrados), lo que plantea una reflexión sobre dos fechas: la de autoría o composición y la de edición o conocimiento al público lector.


Dicho lo cual, el soneto es lo que declara en el título (que puso el propio autor): el poeta [emisor] pide a su amor [receptor] que le escriba [contenido del mensaje o referente]. Es una carta con exposición del motivo [versos 1‑4], justificación [5‑11] y vuelta al motivo [12‑14]. A su vez, cada parte es dual. El motivo es primero expresión [versos 1‑2 y 12] y, luego, reacción (o amenaza) [versos 3‑4 y 13‑14]. Y la justificación va de lo insensible [versos 5‑8] a lo sensible, o sea a él, al yo del poema [9‑11]. Esta disposición va acorde con el género: pido algo (que me escribas) y, si no me lo das (si no me escribes), amenazo con algo, aunque ese algo se vuelva en mi contra: perderte [4] y vivir mi noche oscura [13‑14].


Destaca la voz en tercera persona del título (el poeta pide), algo normal en los poemas en el siglo 20 pero también en las ediciones de la literatura clásica. Don Juan Manuel hablaba de sí en tercera persona y las Coplas de Manrique son a la muerte de su padre, no de *mi padre. Lorca se desdobla como poeta y como director, los dos a la vez, en obras como El retablillo de don Cristóbal. El vocativo bisexual o no marcado amor lo viene usando Luis Cernuda desde 1925. A Cernuda se debe el mérito de haberle dado voz a quienes no la tenían o no se atrevían a tenerla. Luis Cernuda sacó la poesía homosexual de su invisibilidad haciéndola aún más invisible: lo que desaparece es el femenino. El travestismo en la poesía se encuentra en la lírica tradicional y, en la poesía culta, en San Juan, a través del Cantar de los cantares, donde el emisor protagonista es femenino (que San Juan asocia a la Iglesia; y el masculino, a Dios, que sería el esposo). Aunque el detalle es personal, no modificaría nada y el estudiante no tiene por qué saberlo, ese amor pudo ser Rafael Rodríguez Rapún, secretario La Barraca, muerto en 1937, o el crítico de arte Juan Ramírez de Lucas (1917‑2010), mucho más joven que Federico (1898‑1936). Los sonetos se piensan escritos como cartas desde Argentina, donde Lorca estaba de gira, a su amor en España. Son, por tanto, de una honda sentimentalidad práctica. ¿Escribió el amor carta de vuelta? En cualquier caso, Cernuda y Lorca y otros como ellos acaban para siempre con el consabido: “autor: hombre > receptor: mujer”. Ya no vale decir como dijo Bécquer mientras haya una mujer hermosa, habrá poesía, lo que dejaba fuera de la experiencia poética a las mujeres, arrinconadas éstas como objeto, y no sujeto protagonista. En la literatura universal se atribuye la voz de los homosexuales a Walt Whitman (1819‑92), inventor del verso libre a quien Lorca dedica su Oda a Walt Whitman, dentro de Poeta en Nueva York (1929), y antes la ambigüedad se encuentra en los Sonetos de William Shakespeare (1564‑1616). Merece la pena recordar aquí las palabras de Lorca a los mariquitas en su Oda, donde el poeta da un repertorio léxico de los distintos nombres que se les daban: Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades, / de carne tumefacta y pensamiento inmundo, / madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño / del Amor que reparte coronas de alegría. / / Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos / gotas de sucia muerte con amargo veneno. / Contra vosotros siempre, / Faeries de Norteamérica, / Pájaros de la Habana, / Jotos de Méjico, / Sarasas de Cádiz, / Ápios de Sevilla, / Cancos de Madrid, / Floras de Alicante, / Adelaidas de Portugal. / / ¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas! / Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores, / abiertos en las plazas con fiebre de abanico / o emboscadas en yertos paisajes de cicuta. / / ¡No haya cuartel! La muerte / mana de vuestros ojos / y agrupa flores grises en la orilla del cieno. / ¡No haya cuartel! ¡Alerta! / Que los confundidos, los puros, / los clásicos, los señalados, los suplicantes / os cierren las puertas de la bacanal. Como se ve, la asunción del poeta de su propia sexualidad debió ser algo complejo y ambiguo, de doble uso o de doble moral: por un lado critico a los mariquitas y por otro soy uno de ellos. O precisamente porque soy uno de ellos, me permito criticarlos. Todo está ahí ante nuestros ojos asombrados. Lo que no podemos es permanecer ajenos a esa dualidad que atraviesa a Lorca y a su obra.


Decir por último que la imaginería del poema conjuga San Juan, Santa Teresa y Siglo de Oro (viva muerte, noche oscura del alma, vivo sin vivir, el soneto clásico) con surrealismo de influencia francesa y de Dalí (tigre, paloma, miel helada que la luna vierte). La idea de que el hombre sufre [versos 9‑11] y el resto no [versos 5‑8] la expresó antes Rubén Darío en Lo fatal (1905), aquel casi soneto que empieza Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, y más la piedra dura porque esa ya no siente, pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente. Lo que en Darío es existencial, en Lorca es pasión y erotismo (rasgué mis venas, mordiscos, locura). La última curiosidad la da la métrica en el verso 13, serena, cuando azucenas y venas acaban en ese. ¿Era Lorca el andaluz que ‘se come’ las eses finales? La rima consonante da a entender que sí. O se acogió al fenómeno, como licencia poética.

 

El poeta pide a su amor que le escriba, en Google Docs

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