EL EFECTO ACERA BICI SOBRE NUESTRAS VIDAS

2007 bicicultura

(foto Bicicultura 2007)


EL EFECTO ACERA BICI SOBRE NUESTRAS VIDAS
(relato)

Un colega con el que iba en bicicleta por Sevilla a todas partes lo perdí el día que inauguraron el carril bici. Él empezó a negarse a circular por la calzada y lo siguiente fue meterse por las aceras dibujadas con itinerarios bici y, de ahí, a cualquier acera, tuviera o no los 5 metros de ancho reglamentados. Otra vez, vino a Sanlúcar un amigo que había pasado algún tiempo en Alemania. Le propuse ir en bici hasta las salinas, ruta bien fácil de hacer desde las Piletas, donde vivimos: se sube por Quinto Centenario y calle Puerto hasta la glorieta del Tren, donde empieza la Vía Férrea que desciende suavemente hasta Bonanza. Ese trayecto dispone de carril bici por Quinto Centenario y mi amigo lo cogió encantado mientras yo seguía por la calzada. Cuando se acabó el carril, mi amigo no tuvo más remedio que sumarse a mi ritmo y se notaba que iba desconfiado, se irritaba, ponía pegas. La vuelta la hicimos por la larga de Bonanza hasta Rubiños y San Nicolás, para salir al Paseo Marítimo hasta el chiringuito Macario, donde nos tomamos unas cañas comentando la jornada. Mi amigo hablaba del progreso y del atraso, de lo que iba de Sanlúcar a Sevilla, a Múnich, a Ámsterdam. Yo le respondí que es impensable pedir carril bici, esa especie de alfombra roja, por todas partes, y menos, en una ciudad como Sanlúcar de Barrameda. No hemos vuelto a hacer más excursiones en bicicleta y ya me veo como especie a extinguir. La política, los ayuntamientos, las conversaciones con mi novia, todo apunta a que la bicicleta ha cambiado y nunca volverá a ser lo que fue, con sus características de sin motor y vehículo lento, que puede circular por la derecha entre el tráfico motorizado, pero también, peatón con ruedas, con ciertas licencias, como peatón, como circular por la izquierda y por itinerarios que no entrañen peligro para nadie y que a nadie molesten. Yo vengo de esa mentalidad y voy a un mundo de bicicletas entre viandantes. Viandantes que un día conquistaron calles y espacios peatonales, ya sin coches, ahora pasean pendientes del tranvía y del paso de las bicicletas, metamorfosis particularmente visible en Sevilla, ciudad piloto de las peatonalizaciones PSOE Izquierda Unida: bicicletas que nos tocan el timbre (dicen que por nuestro bien), bicicletas que nos pasan rozando o invaden nuestra burbuja o nuestra aureola, según vayamos ese día de bien vestidos. Peatonal era (y es) no tener que mirar donde se pisa y no ir pendientes de no meter los tacones en las vías del metrotrén ni del dibujito en el suelo del itinerario bici. ¡Cuidado, una bici! A mí, me da vergüenza. Son las bicicletas las que tendrían que estar pendientes de las personas, no las personas, de las bicicletas. Eso tiene lo que no se asimila a tiempo o tontamente se imita como si esto fuese Holanda. De vehículo invisible, que lo era, al orgullo bici hemos pasado. Los conductores de automóviles toman venganza: ¡Al carril bici!, gritan al loco que pedalea por ‘su’ calzada. Ni por la acera ni por la calzada, ¿a dónde irá la bicicleta? A donde diga el PP, partidario de los coches, que por algo quiere meter la bicicleta urbana por cascos obligatorios y ese lenguaje de seguridad vial, salvo la matriculación voluntaria, que es lo que tendrían que hacer para combatir el robo de bicicletas y aliviarnos del peso de cadenas y pitones. El mundo al revés. Porque la división entre ciclistas, peatones y conductores es, desde el principio, falsa. Todos somos usted mismo, que unas veces conduce (a su fin de semana), otras veces va en bici (a su trabajo) y otras, como san Fernando, va andando. Pueden leerlo y reírlo en las Coplas del carril bici.


RUEDINES

ZIP15. BURGOS, 10/09/2010.- Un niño observa el pelotón durante la decimotercera etapa de la Vuelta disputada a través de 196 kilómetros, entre Rincón de Soto y Burgos. EFE/ZIPI TELETIPOS_CORREO:DEP,DEP,%%%,%%%

RUEDINES
(relato)

Una tarde salí con ellos a pasear en bicicleta. Son dos hermanos, de ocho y cinco años. Los dos vienen de Madrid a pasar sus vacaciones en Sanlúcar de Barrameda. Nuestra casa está a doscientos metros del itinerario bici que recorre el Paseo Marítimo desde las Piletas, donde vivimos, hasta Bajo de Guía. Los críos me habían dicho que sabían montar y además vendrían con su madre. Su madre y yo montaríamos nuestras bicis y ellos, una de niño a su tamaño con todos los avíos de una bici adulta: piñón rodante (no fijo) con cadena y frenos. El breve tramo que había que hacer por carretera, su madre y yo lo haríamos yendo detrás en paralelo: si fuéramos un coche, haríamos las veces de pilotos traseros protectores. Sin embargo, esos doscientos metros se nos hicieron eternos. El chico no los quiso hacer montado y el mayor daba trazas ¡de cansarse! Ya en el Paseo, zona peatonal donde las haya, el mayor seguía quejándose de que le dolían los brazos y el pequeño se mostraba bastante incapaz de pedalear manteniendo la línea recta. Cuando me quedó claro que el pequeño no sabía montar, me esforcé en darle el primer empujón para él seguir pedaleando por inercia. Nada. Se iba a los lados, se caía. Pacientemente les expliqué a los dos cómo hacer palanca para arrancar de pie cargando el peso sobre el pedal derecho (los dos son diestros). Que si quieres. Una, dos, tres, cuatro veces. Hasta dejarlo por imposible. Y, encima, no paraban de objetarme que ellos sabían montar en sus bicicletas de Madrid y que su padre sí que les instruía bien y sin reñirles. Perfecto. Pero el mayor jamás había hecho un trayecto medianamente largo y el pequeño me estaba dando la pista de lo que les pasaba a los dos: estaban iniciados y acostumbrados a bicicleta con ruedines, circunstancia que, por presumir y dárselas de enterados, les costaba reconocer. La palabra ruedín, o ruedines, es de estirpe cántabra (el culín de sidra) pero el ruedín como invento es de estirpe discutible porque el crío tiene que aprender a montar y a frenar, que es lo que no sabe, y no a sentarse, que eso ya sabe y es lo que le potencian los ruedines. A corto plazo, el niño con ruedines acompaña a sus padres tan a gusto, pero a medio plazo se acostumbra a conducir la bici como si fuese un triciclo, un tractor de juguete o un coche, lo que a la larga produce esa postura de bicicletas que se ve en las ciudades de carril y acera bici, donde niños y mayores el sillín lo llevan en posición bajísima para pedalear con las piernas en ángulo, encogidas, y donde arrancan y frenan sin levantar el culo del asiento. Quien quiera transmitir ese tipo de ciclismo, de pedaleo máquina de coser, adelante con los ruedines: las bicicletas son para el verano y las criaturas, de su padre y de su madre. Pero si quieren transmitir un ciclismo ergonómico y anatómico, en vez de ponerles ruedines cuando son chicos, regálenles un patín o patinete y que en él aprendan la inercia y el equilibrio, bases del ciclismo. Dominando la inercia y el equilibrio ‑que los críos aprenden pasado el primer impulso y el primer susto y cuando ven que la bici lo difícil es que se caiga, el milagro es que se sostiene sola‑, llevarán el sillín tan alto como sus piernas estiradas y harán el pie a tierra bajándose del sillín. Si para acostumbrarse a mantener el equilibrio hiciera falta, estimúlenles su lado fanfarrón y perfeccionista con el ciclismo que se ve en el Tour o con estampas de damas y caballeros ciclistas. Y no es retórica. En las tres patrias que se disputan el invento de la bicicleta (Alemania, Francia, Inglaterra), los pioneros ciclistas fueron caballeros no tan ricos como para mantener un caballo quienes, aprovechando el pretexto social de una peste equina, se apuntaron encantados a aquellos caballos de dos ruedas, mucho más baratos, desde el principio uniendo progreso y galantería, y por eso el tándem, que se adaptó para llevar a las señoras. Enseñar sin ruedines será por el bien de todos porque un ciclista con miedo provocará accidentes o los padecerá. Al manillar o al volante, el lema nos lo dio Lady Macbeth como si fuésemos su dudoso marido: Ser lo que eres no es nada, has de serlo con seguridad.

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