uno de los nuestros.

—adiós, Juana Allard—

A Sanlúcar habíamos llegado siguiendo la guía de Pedro Cantero, que nos embarcó en unos apartamentos en línea y media de playa a la altura de las Piletas. Allí podríamos, vendiendo y comprando, reubicar nuestros cuerpos serranos procedentes de Galaroza (Pedro y Juana) o Fuenteheridos (Pilar y yo). De eso hará veinte años.

Antes, el año 95, habíamos partido con Juana las primeras y nunca vistas Jornadas Medievales de Cortegana, donde Juana Allard a los fogones, su menú medieval, y Pilar Villalobos pregonando el Pregón.

Mi último día gozoso con Juana Allard había sido volver hasta el sábado 7 de noviembre de 2009, cumpleaños de Juana. Sobre el cumpleaños qué va uno a decir. Engaño que nos trae la vida y para qué engañarnos. No quiero decir ni puedo “Descanse en paz” quien se ha muerto, ni como sílabas DEP como se usa escribir en vergonzante plan laico. Nada de qué descansar ni tampoco de vernos “donde quiera que estés” por “que la tierra te sea leve”. Cuando cambian los modos de la muerte, es ridículo y pedante mantener sus lenguajes (no digamos tampoco “por tradición”). La única retórica que me parece sensata es decirnos adiós. Adiós que, a mi edad, es decir hasta pronto. Adiós, Juana, mi adiós.

Otro día hablamos de la muerte a cargo de la seguridad social hacia una muerte cero cero sin cadáver de cuerpo presente, sin clericales y sin funerarias y sin seguros, curso que impartimos Pedro Cantero y yo para posgrados de medicina y de ateese sin que ninguno ni nadie nos hiciera mucho caso. Adiós, Juana, adiós.

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