entre Pessoa y Quevedo: Borges.


la insoportable levedad del yo.

La invención del alma y del yo (como gramática, deseo y expresión; sus abstractos serían psiquismo o yoidad) está en la base de la invención de las humanidades (religión, filosofía, arte, cultura, literatura) con toda su paradójica inhumanidad, a costa de la explotación del hombre por el hombre. En literatura el yo vulgar (de lenguas vulgares) dio luz a la novela y ese yo, ni santo ni héroe, tuvo que ser, por fuerza, democrático: numeroso y mínimamente articulado. Cuando se dice “Cervantes, creador de la novela moderna”, se está faltando al circuito de la comunicación. No basta emisor y mensaje si falta receptor. Cervantes no pudo ser creador de la novela moderna mientras su público siguiera siendo el viejo público de libros de caballerías, no las mujeres devoradoras de Austin o Brontë.[1]

Donde el yo establecerá su mayor patria no dará una disputa entre lenguas nacionales (castellano del Quijote, inglés de Wuthering Heights), sino en un género: la poesía lírica en verso culto. El verso culto, al discurrir próximo a la literatura sagrada, tardó más tiempo en hacerse civil o democrático, proceso que coincidió con la afirmación de un público burgués (Europa, siglo 18) con el Romanticismo que depuró dos nuevos conceptos: el concepto de genio y el concepto de obra u obra poética.[2]

Antes del genio y de la obra, Francisco de Quevedo escribe sobre él y la lectura, soneto Desde La Torre (antes de 1645):

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas, que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadora,
libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudio nos mejora.

(Francisco de Quevedo, Parnaso español, 1648, núm. 115)

Tres siglos después, Fernando Pessoa escribe:

Cuando pienso que el verso más extraño
tendrá más Vida que mi vida entera,
y me verán mejor en ese engaño
que mirando en mi alma verdadera;

y cuando sé que existirán mañana
fieles lectores de mi poesía,
pero con una idea tan lejana,
que nada rima con el alma mía;

una furia terrible, ante el fracaso
de un mundo así, me ahoga y me condena
a las noches de horror y desvarío

donde sigo esta angustia paso a paso;
hasta que no soy más que rabia y pena,
y no hay palabras ya para mi hastío.

(Fernando Pessoa, 35 sonetos ingleses, 1918)

A Fernando Pessoa habría que preguntarle por qué nos va interesar más su “alma verdadera” que el soneto que a lo mejor escribe. Su biografía incluye ser portugués de formación inglesa, haberse llamado Fernando António Nogueira de Seabra, nacido en 1888 (y vivo hasta 1935); haber estudiado filosofía y letras, escribir 35 sonnets y publicarlos en 1918, cuya es la muestra que hemos extraído de la edición de Esteban Torres para la editorial tal o cual y el etcétera etcétera que suele añadirse en estos casos.

A ustedes, no sé; a mí, la persona que fue Pessoa me interesa bastante menos que su obra. El Borges de Los conjurados hubiera escrito, y con Borges nos quedamos:

El alivio que habrá sentido César en la mañana de Farsalia, al pensar: Hoy es la batalla.

El alivio que habrá sentido Carlos Primero al ver el alba en el cristal y pensar: Hoy es el día del patíbulo, del coraje y del hacha.

El alivio que tú y yo sentiremos en el instante que precede a la muerte, cuando la suerte nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo.

Los conjurados (1985) en © Borges todo el año


[1] Lo que sí hizo la literatura española: dar voz a quien no la tenía: LBA, Celestina, picaresca. Ver Juan Ruiz, novelista o Cervantes y la novela moderna.

[2] La palabra romanticismo viene a juntar las dos que hablamos: roman, por la parte novela: género realista, y la sublimación del individuo, con su yo y su alma, por la parte idealista.

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