Juan Ruiz, novelista

Juan Ruiz

Cervantes y el tópico: creador de la novela moderna (2)
JUAN RUIZ, NOVELISTA

Además de un público lector, la novela necesitaba un personaje (ver el cuadro de actantes) y ese personaje, en la España cristiana, se tuvo que abrir paso contra tres enemigos poderosos, con derecho a sitio en el libro de texto antes que él: el héroe (Mío Cid), el santo (Milagros de Berceo) y el didáctico (Libro de Patronio). Ese personaje tenía, primero, que existir, que parecer real en una sociedad y en una época (final de la Edad Media) y, después y más importante, necesitaba un narrador pues, no siendo héroe ni santo, no siendo un personaje ejemplar, ¿qué autor o narrador iba a fijarse en él? Lo adivinaron. Tendría que ser el propio personaje, el único interesado en contar su historia. Ya tenemos la conquista del yo, el autobiografismo. Y tenemos unos géneros para nada ejemplares, fundamentalmente dos, la picaresca y el erotismo, bien entendido que hablamos de géneros en prosa y que coplas cazurras, cantos soeces y canciones subidas de tono allá que serían del dominio popular en la lírica. Y bien entendido además que esa lírica, expresada siempre en lengua romance, no tuvo que vencer los remilgos de la prosa culta, se dice pronto, doce mil años despreciando el román paladino, la lengua, llamada vulgar, de la gente corriente. Contra ese rival (que fue el latín, la didáctica, la Reconquista y la santidad de la Iglesia), venga vuesa merced (se diría entonces) a contar, ¿qué?, ¿cómo robar unos nabos, Ribaldo?, ¿cómo acostarse con la serrana o cómo procurarse una tercera o trotaconventos para amores más altos? Aquello era muy fuerte en el siglo 14 y aún en el siglo 20, de la filología franquista y triunfal. Al más espabilado de los clérigos, Berceo, un fraile con visión comercial inventor del enoturismo religioso, le dieron cátedra y a sus Milagros (h. 1260): un hombre de Iglesia por fin hablaba como hablaban sus vecinos. Mismos méritos, por la prosa civil, para Alfonso el Sabio (1252‑84). La pre picaresca apareció hacia 1300 dentro del Libro del caballero Zifar, de la mano del escudero Ribaldo, antecedente de Lázaro de Tormes y, por supuesto, de Sancho Panza. Y el erotismo, en el Libro de buen amor (1330), anterior al Decamerón (1351) y a Los cuentos de Canterbury (fin del 14). ¿Por qué la crítica española renunciaba a la perla de esa primacía de la literatura española sobre otras literaturas europeas? ¿Qué papel juega ahí Cervantes, creador de la novela moderna? Al poner a Cervantes por encima del Lazarillo de Tormes y del Guzmán, y con el ninguneo del Libro de buen amor, la crítica oficial pasaba de puntillas por dos géneros incómodos y premiaba con mucho al casto y patriota, al vencedor de los turcos, al que pondría las armas por encima de las letras, Cervantes, con el que, de paso, se negaban sus méritos a las mujeres como público lector y como autoras de novelas. Al fondo, sonríe el Infante don Juan Manuel. La operación era, fue, perfecta. Y al Libro de buen amor lo mandaron al baúl de obras fallidas poniéndole el subtítulo de miscelánea, cuando en realidad marcó la irrupción del yo, la conquista del personaje entre tanto altar prefabricado para Cervantes. La primera autobiografía literaria (fuera verdad o mentira) es la de Juan Ruiz Arcipreste de Hita, cuya última verdad nos la dice su heterónimo don Melón de la Huerta, otro yo del arcipreste que, mediante ese subterfugio, lograba lo que un hombre de Iglesia como él no podía hacer para resultar creíble: casarse con la dama protagonista. Otro día hablamos de lo que sabe y calla doña Endrina.

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