La Guerra de los Hashtags.

[1] No era tan malo el bloque soviético. Con sus limitaciones, supuso un contrapeso a la mercancía única que nos vendían desde el Pentágono. De octubre del 17 a noviembre del 89, que cayó el Muro, echen la cuenta: 72 años tuvo la experiencia hacia el socialismo y eso es muy poco para construir una sociedad nueva si, encima, tienes que dedicar la mitad del esfuerzo económico a una carrera armamentística que no da de comer al pueblo. A esos 72 años, échenles 6 (del 39 al 45) enfrascados en una Guerra entre potencias capitalistas que dejó chica a la Gran Guerra. Y todo para acabar Occidente sacando pecho y dictándonos lecciones de progreso y democracia. Con esa inercia, al amiguito yanqui no se le ocurrió otra que inyectar religión a la región árabe. Fueron la Guerra del Golfo (1990/91), las Torres Gemelas (2001) y la Guerra de Irak (2003/2011), más la Guerra de los Balcanes (1991/2001) hasta desguazar la antigua Yugoslavia en nombre de la Onu y de la Otan con sus flamantes “misiones de paz”. Ya tenemos el universo islámico en modo yihadista, se dice pronto. Ese es el amiguito que tiene sus bases en Rota y Morón, ese es el socio distinguido y el modelo a imitar. Saliros del cuadro y lo veréis más claro.

Saliros también de la reacción Podemos que no ha reaccionado a nada. Saliros de la dialéctica del pedid y se os dará. Esa es la trampa. ¿Quiénes son o somos el Estado del Bienestar? ¿Qué se paga con nuestros impuestos y Declaración de Hacienda? ¿Qué poder de decisión tenemos para no costear la fiesta religiosa y la criatura down que se incorporó a la Sanidad Pública porque su entorno era contrario al aborto? Y echad en falta una clase obrera que fue el antídoto (como lo fue la Urss en política internacional) frente al liberalismo feroz que nos condujo a la crisis. ¿Qué queda de clase obrera en Construcciones Aeronáuticas o Navantia, con esos Airbus Military y esas fragatas que van a dar al matar para combatir el paro? O elegid un ismo, un movimiento, o un grupo social objetivamente interesado en ser sujeto protagonista de un cambio del modelo social. ¿Oenegés?, ¿estudiantes?, ¿profesionales?, ¿pensionistas?, ¿parados?, ¿las mareas?, ¿el feminismo?, ¿la cultura?, ¿la enseñanza?, ¿el arte?, ¿la ecología?, ¿la emigración?, ¿comunidades o minorías?, ¿pensamientos mayoritarios?

No solo el capitalismo vive de la explotación. No solo el Rey vive de que se crean su monarquía. No solo la Iglesia vive de que Dios existe. También la clase política vive de la división entre electores y elegidos, contra la que nos tendríamos que rebelar urgentemente. También quienes viven del arte, la cultura o la ciencia viven de hacernos receptores, espectadores o consumidores que pasen por caja o por taquilla, que compren sus patentes, sus libros o sus conocimientos. Salvar esas barreras, esas divisiones, sería un gran avance. La clave está en vencer la sumisión de hombres y mujeres al Estado del Bienestar:

–Que el obrero deje de pedir trabajo a explotadores particulares y explore el cooperativismo y nacionalizaciones de empresas estratégicas.

–Que las mujeres se planteen a sí mismas como un resultado del machismo histórico, que les puso tacones, cosméticas y escotes, y renuncien voluntariamente a esa estética.

–Que se privatice la familia y que la familia deje de ser fuente de ingresos con sus gananciales, subsidios y pensiones a cargo del Estado.

–Que internet se convierta en Internet de las Ideas y que tomemos la Red como antes se tomó La Bastilla o el Palacio de Invierno.

Cuando no hay nadie al otro lado del enemigo, o frente al enemigo, lo que queda es subirse al carro del enemigo y destruirlo por dentro y con sus mismas armas, ser su troyano. Para empezar, ir a favor y más allá del liberalismo (entendido como libertad de empresa) hasta convertirlo en liberalismo universal: fuera las fronteras, los aranceles, las aduanas, los paraísos fiscales, los pasaportes y, en lo privado, tiremos de ese hilo, a ver a dónde podríamos llegar.

Para seguir, ir a favor y más allá de la democracia de un voto cada cuatro años, hacia la democracia económica, política y social entre personas realmente iguales. Eso no se consigue fácil pero en nuestra mano está combatir las fuentes de la desigualdad: la desigualdad de nacimiento, la desigualdad de formación y la desigualdad de empleo. (Las desigualdades de raza y sexo son intocables, pero tampoco nos vengan con el tapado de las mujeres en nombre de la dichosa diversidad.)

–La desigualdad de nacimiento se combate erradicando la pobreza con su corte de mendicidad y caridad (y oenegés) y controlando la natalidad.

–La desigualdad de formación y empleo se combate anulando la división entre FP y bachillerato mediante una enseñanza única y la abolición de la universidad como fábrica de privilegios, más el reconocimiento de todo currículo como al servicio de la economía y no, como ahora, al servicio de vocaciones individuales.

Diríamos que, en vez de al reparto de la riqueza como han hecho las revoluciones clásicas, habría que ir al reparto del ocio, del tiempo libre, entre las clases trabajadoras. En lugar de artistas frente a consumidores del arte, todos ganarían el pan con el sudor de su frente produciendo bienes necesarios (y no son necesarias las bellas artes, por duro que suene a los oídos). Gracias a la robótica, tocaríamos a muy poco sudor por persona y día, y, el resto del tiempo, a disfrutar de las bellas artes. Eso implica reconocer que formamos parte de un mundo que vive bien a costa de quienes viven mal. Mientras el occidental no reconozca que algo hemos de perder para que los demás mejoren, no habremos adelantado nada.

Haced campaña contra la moda que más se lleva: la emulación. Etiquetas (almohadillas o hashtags): #yo no me tatúo, #yo no voto, #yo no voy a bodas, #yo no bautizo o #yo no me depilo. La emulación es puerta a un mundo donde la buena gente y sin recursos se mete o la meten: casarse, irse a vivir independiente, tener uno o dos hijos, mantener el sueldo y el empleo, cotizar para una jubilación, etcétera, y, lo más emulativo, grabar en la prole los comportamientos que se han heredado, de manera que el ciclo vuelva a comenzar. Es la emulación: deseo de imitar y superar las acciones ajenas. No basta imitar sino ser el número uno en una carrera para la que hacen falta recursos económicos y no digamos mentales. Así, tenemos a la juventud atrapada en un currículo vital (paralelo al currículo laboral) que consiste en hacer mejor que nadie lo que hacen todos: bodas, bautizos, comuniones, cumpleaños, seguir la moda o estar a la última en pasear al perro, en la bici por el carril bici, en ser ecologista, feminista, de la dieta mediterránea y contra el cambio climático: ser, en definitiva, igual y desigual, porque la igualdad total “sería muy aburrida”, dice quien se crio en el individualismo y aborrece el comunismo. Y, como la emulación es cara en euros, la juventud no tarda en endeudarse, y ya está pillada.

De ahí, la importancia de extender entre quien quiera oírnos no el lenguaje de una revolución que nunca se hará, ni el sálvese quien pueda, ni el ser uno mismo. La salida ha de ser colectiva. Toda biografía, también la mía, es contradictoria, un apaño entre la realidad y el deseo, entre el quiero y no puedo donde también se cuela la emulación.

Hay que vaciar las emulaciones (grupos whatsapp y redes sociales se pintan solas) y proponer, a quien nos haga caso, el vaciamiento de las consignas con que la juventud está machacada por la democracia del Bienestar que hace creer que todos somos iguales, que quien se esfuerza llega o que existe la igualdad de oportunidades con pedir y se os dará. El reto está en vivir una vida autónoma sin nadie que nos financie ni subvencione. Hay que extender la conciencia de “la vida que tengas, págatela”, con consecuencias que pueden herir sensibilidades pero que son imbatibles:

–Exigir a cada mujer que quiera ser madre (sola o en sociedad con su pareja) el depósito ante notario de la cantidad en euros que vale poner una persona en marcha como se pone una empresa o como se aborda una hipoteca.

–Combatir el círculo vicioso del trabajo, cuando una política de nacionalizaciones y socializaciones podría hacer de cada trabajador un funcionario y de cada empresa una empresa del Estado.

Llegaríamos al socialismo de la mano de millones y millones de voluntades unidas a las que la clase política no podría negarse. Podríamos empezar por las etiquetas, hashtags o almohadillas, que aglutinan comunidades de usuarios que comparten, comunican o discuten. Ese es el ágora y el foro contemporáneo donde ejercer la filosofía que, al menos, lo intente y no justifique lo que hay. Etiquetas: #NO a esto, #SÍ a aquello. Veréis cómo la gente se apunta hasta ser tendencia, emulación al fin y al cabo.

[1] [eLTeNDeDeRo] es consciente de que hashtag, un barbarismo más, va contra el idioma. Ocurre que los Hashtags, que suena a nombre propio, da un título más peliculero que el que hubiera dado la Guerra de las etiquetas o la Guerra de las almohadillas. Se admiten bromas.


 

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