contra la emulación.

Decía [eLTeNDeDeRo] como Jesucristo a sus discípulos: «Haced campaña contra la moda que más se lleva: la emulación.» Y proponía etiquetas (o hashtags) que, a título de ejemplo, podrían circular por redes sociales: #yo no me tatúo, #yo no voto, #yo no voy a bodas, #yo no bautizo o #yo no me depilo.

La emulación es puerta a un mundo donde la buena gente y sin recursos se mete o la meten: emanciparse cuando se forma pareja, casarse, irse a vivir independiente, tener uno o dos hijos, mantener el sueldo y el empleo, cotizar para una jubilación, etcétera, y, lo más emulativo, grabar en la prole los comportamientos que se han heredado, de manera que el ciclo vuelva a comenzar, ya hecho tópico, durante generaciones y generaciones. Es la emulación: deseo de imitar y superar las acciones ajenas. Ese punto de superación es importante porque no basta imitar sino ser el número uno en una carrera para la que hacen falta recursos económicos y no digamos mentales. Claro que la emulación anula, en quien la persigue, los recursos mentales si es que se tuvieron un día. Así, tenemos a la juventud atrapada en un currículo vital (paralelo al currículo laboral) que consiste en hacer mejor que nadie puras rutinas sociales: bodas, bautizos, comuniones, cumpleaños, mantener amistades, seguir la moda o estar a la última en pasear al perro, montar en bici, ser ecologista, feminista, de la dieta mediterránea y contra el cambio climático: ser, en definitiva, igual y desigual, porque la igualdad total “sería muy aburrida”, dice quien se crio en el individualismo y aborrece el comunismo, ¡eso jamás! Y como la vida social vale una pasta, la juventud no tarda en endeudarse. La deuda actúa sobre la víctima como la deuda de los países pobres respecto al FMI. Nunca se sale.

De ahí, la importancia de extender entre quien quiera oírnos no el lenguaje de una revolución que nunca se hará (lenguaje lastrado de arcaísmos marxistas leninistas) ni el lenguaje del sálvese quien pueda (ruinmente capitalista) ni el búscate a ti mismo (búsqueda normal a una edad, pero antes o después mística o imposible: no había nada que encontrar). La salida ha de ser colectiva, predicar hay que predicar, aunque sea en el desierto y, eso sí, no predicar con el ejemplo: toda biografía, también la mía, es contradictoria, un apaño entre la realidad y el deseo, entre el quiero y no puedo.

Hay que vaciar las emulaciones (grupos whatsapp y redes sociales se pintan solas) y proponer, a quien nos haga caso, el vaciamiento de las consignas con que la juventud está machacada por la democracia del Estado del Bienestar que hace creer que “todos somos iguales”, que “quien se esfuerza llega” o que existe la “igualdad de oportunidades” con pedir y se os dará. Pedir es fácil, facilísimo. Al amo le encanta que le pidan porque, mientras da, se fortalece, se hace más amo. Lo difícil es vivir una vida autónoma sin nadie que nos la financie ni subvencione. Al final, se trata de asumir responsabilidad quienes quieren que les den todo hecho: familia, casa, educación, sanidad. Por eso el lema “la vida que tengas, págatela”, con consecuencias que pueden herir pero que son necesarias, como exigirle a cada mujer que quiera ser madre (sola o en sociedad con su pareja) el depósito ante notario de la cantidad en euros que vale poner una persona en marcha como se pone una empresa o como se aborda una hipoteca. Por eso el combatir el círculo vicioso del trabajo, cuando una política de nacionalizaciones y socializaciones podría hacer de cada trabajador un funcionario y de cada empresa una empresa del Estado. Llegaríamos al socialismo, sí, no de la mano (o puño cerrado) de una clase obrera que ya no lucha, sino por millones y millones de voluntades unidas a las que la actual clase política no podría negarse. Podríamos empezar por los hashtags (lo que hoy son chorradas que se hacen virales) y hacer virales nuevos valores, un modo de vivir y de pensar libres de las emulaciones que tienen a la mayoría pillada por los huevarios. A quien le parezca esta una iniciativa utópica o irrealizable, más irrealizable será si no lo pensamos siquiera alguna vez.


 

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