La cruz del bebedor de Cruzcampo

Cuzcampo Gambrinus
Gambrinus, antes de ponerse a régimen

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LA CRUZ DEL BEBEDOR DE CRUZCAMPO
El bebedor de cerveza

Sé por mi amigo Quisco, distribuidor, que una ley o disposición legal obliga a los bares a despachar al menos dos marcas de cerveza; la del barril, dominante, más otra de botellines en neveras y en proporción de un 25 por ciento. Añade mi amigo que algunas marcas, como Estrella de Galicia, imponen a los bares el abusivo monopolio a cambio de vestirles el local de toldos, complementos y mobiliario y a un precio por barril muy competitivo, que luego no repercute en el cliente. Sostiene Quisco que, si esos bares de Estrella sirvieran botellín helado de Cruzcampo, nadie se pediría la de Galicia de barril. Dúmpin llaman a esta agresiva práctica empresarial de penetración de mercado que también practica Cruzcampo (Heineken España) donde no la conocen y dando peor calidad. Si vais a Galicia no os dejéis engañar por el guiño de un luminoso Cruzcampo: os sabrá extraña; allí pediros estrellas Galicia, que están buenísimas.

La guerra de marcas recuerda a la de Coca Cola y Pepsi. Ocurre que al cliente exigente en colas, en whiskys, en ginebras o en cervezas no le gusta que le impongan, sino que le den a elegir: es el lado bueno (el liberal y permisivo, democrático al fin) de la mierda de mundo en que vivimos. En Sevilla un barril es un paso de semana santa que hay que llevar solidariamente y sin escaquearse entre todos los costaleros para que el grifo corra y dé cañas vivas y frescas, o sea, con burbujitas y glaciales; la espuma, la mata el frío y, en Sevilla, no es valor apreciado. La cerveza de barril es como el café, que vamos al bar y pagamos su precio porque en casa cafés y cervezas no saben nunca igual. Pagamos el euro y pico por un producto que no nos da el supermercado ni el frigorífico que, en el congelador, revienta, y, en la parte normal, nos parece caliente, eso sin contar pasteurización y otros detalles de cata. A precio de tienda, la caña en bar nos cuesta del doble a tres veces más. Como margen, no está mal; tampoco para el consumidor es excesivo y lo damos por bueno, la cerveza sigue siendo, como el tabaco, un consumo popular.

El local que presupone la marca de cerveza que yo, el cliente, debo consumir es el mismo que, a la hora de la copa larga, de ron, me dará a elegir entre tres o cuatro marcas; de whisky, entre nacionales y escoceses; de ginebras, Larios o Rives y, de tónicas, las que se lleven. Y si hablamos de vinos, entre riberas y riojas, menudo cuento se gastan los bares para clavarnos la copa de tinto que nos daría igual de a granel o de cosechero. ¿Qué pasa? Que se lleva el gusto gurmet ‑la pampliné tururú, que decía mi tío José‑ y el bebedor de cerveza es francamente gurmando, bebe cañas como agua, y hasta en la Cervecería Internacional de la calle Gamazo es capaz de pedirse una Cruzcampo como un cateto al que todos miran.

El cruzcampista lo que desea es que le dejen en paz. Luego vendrá la discusión de si es mejor conocer de todo o quedarse uno en su apuesta fija. Follar, viajar, fumar, beber: en esta vida hay quien le encanta moverse y experimentar novedades y hay quien no se mueve ni a sueldo. Por último, la Cruzcampo es una adición que, aparte del mono o síndrome de abstinencia, puede resultar para uno y para los demás una cruz [campo], un auténtico coñazo. Nosotros, a lo nuestro, como los Rollings, del rock ‘n roll. Es mala y la anestesian con frío, no sabe a nada, no tiene cuerpo, no tiene comparación, it’s only cruz campó but i like it.

enlace a El bebedor de cerveza

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