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entrevista a Martín Lucía: «Si fuera alcalde de Sevilla…»

Estamos ante un sevillano radical. O, quizás, ante un máximo exponente del neocasticismo local. Licenciado en Geografía, su verdadera vocación es la poesía y la edición. Fundó «Ediciones En Huida» y tiene dos libros de poesía en el mercado. Si fuera alcalde lo pasaríamos de lujo. Así es Martín Lucía:

 

Origen: Martín Lucía: «Si fuera alcalde de Sevilla pondría en el “mapping” el chiste de los garbanzos de Gandía»

el bebedor y las tapas.

 

Cuzcampo Gambrinus

A los bares, voy buscando el grifo de Cruzcampo. El botellín helado, lo tengo en casa. Voy a beber y bebiendo espero. Porque mi estómago puede esperar y porque no me convence el sistema de pedir la tapa “al centro” y solo si alguien más se anima. Y porque suelo perder en la educada batalla de los tenedores para, al final, quedarme en ayunas. Eso, si no termina el vuelo de la tapa ‑está tan lejos el centro‑ manchándome la camisa o el pantalón.

Con la bebida, los bares ponían un picable de patatas fritas, altramuces, frutos secos o aceitunas. Y era fácil armonizar aperitivo y sed. Ahora, no. Los bares nos dividen. 1) Hay los que siguen sirviendo el picable. 2) Hay bares populares que han hecho de aceitunas o frutos secos una tapa más; los altramuces, no se atreverían a cobrarlos pero se las ingenian para vendértelos en bolsa aparte, como las papas, por motivos de higiene, o eso dicen. 3) Hay bares de barrio que, a la primera consumición, te sirven gratis una tapa (un probaíto) del arroz, guiso, frito o aliño del día. 4) Hay bares que maridan ‑no una vez: tantas como consumiciones‑ bebida y tapa y estos son de dos clases: 4a) Bares populares donde la tapa cumple su función de tapar el alcohol y está entendida como gentileza de la casa y suele ser chica y no elegida por el cliente. 4b) Y hay bares de culto donde el precio del pincho o de la tapa va incluido en la bebida donde no interesa beber sin comer. 5) Hay gastrobares y modernitos con liturgia de restaurantes con reparos. 6) Y hay los bares que han sido y son bares de tapas de toda la vida.

De estos es Casa Bigote, en Sanlúcar de Barrameda. Y, porque va mucha gente a las tapas, el barril de Cruzcampo (ese misterio, cuya figura es el grifo, más llevadero cuanta más gente arrime el vaso) da unas cañas de las mejores de Sanlúcar.[1] Por eso, al caer la tarde, me gusta ir a Bigote. En una de esas, me dio por pensar qué pensarán de nosotros los barcos mercantes ‑ratas, humedad y óxido‑ que pasan. Desde Bigote, gente satisfecha saca sus cámaras. ¡Barco! Al fondo, Doñana. Desde el barco, deben pensar ¡Qué foto tan diferente, la mía y la suya, señor presidente![2]

Caso real del bebedor entre tapas. En verano de 2002, Martín Calamar volvió a Galicia. Viajaron con él cuatro mujeres cabales que iban a lo normal: ver penes por las playas nudistas y comer mejillones, pimientos del Padrón y algún lacón con grelos. ¿Alguno? Uno para todos, si acaso, porque las madrinas ‑así llamadas por lo que nos querían y porque venían de Madrid‑ apenas el camarero nos servía la media ración de mejillones o la media de pimientos fritos, siempre decían ¡Qué barbaridad, con esto ya hemos comido! La consigna era picar algo por ahí, no comer o cenar. Los platos no iban por comensal, sino todos para compartir, siempre al centro de la mesa, uno para todos y todos para uno. El plato individual no servía más que para pinchar o cortar lo que se cogía del común y para echar huesos, cáscaras, raspas y conchas vacías. (Y aun éstas se las tangaban entre madrina y madrina y, en un descuido, se las echaban al plato de la de al lado.) Yo, que no me arranco a comer sin dos o tres cervezas en el cuerpo, pasaba de la cerveza al café porque ‑esa es otra‑ la señal de que, comer, habíamos comido era pedirse enseguida postre, naturalmente, para compartir. Tinta de calamar, 761

[1] Ciudad que no cuida especialmente al bebedor de cerveza.

[2] Canción de Quintín Cabrera, Señor presidente (1975).

mi gimnasio (maestros cerveceros)

MAESTROS CERVECEROS
mi gimnasio

Mis amigos me dicen:
–Morirás a Cruzcampos
(no ignoran que además
me mato a manzanillas,
a orujos y aguardientes,
a vino tinto y blanco,
gin toni y cubalibre).

Mis amigos, les digo:
–Menos mal. La cerveza
me hace salir de casa
(otros van al gimnasio);
no a museos, teatros,
ni conciertos ni libros.
¡Perderéis un gran sabio!

*

 

vamos payá (publicidad)

Bar Cervecería Vamos pa'ya.jpg

Este bar interpreta como ninguno el repertorio de tapas del que fue bar Cafetería Rioja (en calle Rioja y en Multicines, no se pierdan el solomillo al whisky) más la mítica tortilla de patatas del Casablanca, con solito ideal los días de invierno y con sombra como de parque de María Luisa en días de agobio de verano. Por cocina, servicio, servicios y ambiente, eLTeNDeDeRo recomienda el sitio muy vivamente, o sea, sin gastrotonterías. Un sabor clásico de tapas de Sevilla que Sevilla (secreto a voces) ha perdido. Vayan p’allá  a Vamos payá, Torneo 82, Sevilla zona Puerta Real San Laureano.

Es un consejo de El barero de Sevilla.

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el ojo cerveza

3MegaCam

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El ojo del amo

engorda el caballo

y el ¡ojo, cerveza!

enfría la Cruzcampo.

*

Un bebedor de cerveza de barril no pierde nunca de vista el grifo, el vaso, el camarero que la escancia.

Por eso vamos a la barra antes de que nos la sirvan en mesa mal servida.

Igual tendríamos que hacer con el amor o los amores de nuestra vida.

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La cruz del bebedor de Cruzcampo

Cuzcampo Gambrinus
Gambrinus, antes de ponerse a régimen

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LA CRUZ DEL BEBEDOR DE CRUZCAMPO
El bebedor de cerveza

Sé por mi amigo Quisco, distribuidor, que una ley o disposición legal obliga a los bares a despachar al menos dos marcas de cerveza; la del barril, dominante, más otra de botellines en neveras y en proporción de un 25 por ciento. Añade mi amigo que algunas marcas, como Estrella de Galicia, imponen a los bares el abusivo monopolio a cambio de vestirles el local de toldos, complementos y mobiliario y a un precio por barril muy competitivo, que luego no repercute en el cliente. Sostiene Quisco que, si esos bares de Estrella sirvieran botellín helado de Cruzcampo, nadie se pediría la de Galicia de barril. Dúmpin llaman a esta agresiva práctica empresarial de penetración de mercado que también practica Cruzcampo (Heineken España) donde no la conocen y dando peor calidad. Si vais a Galicia no os dejéis engañar por el guiño de un luminoso Cruzcampo: os sabrá extraña; allí pediros estrellas Galicia, que están buenísimas.

La guerra de marcas recuerda a la de Coca Cola y Pepsi. Ocurre que al cliente exigente en colas, en whiskys, en ginebras o en cervezas no le gusta que le impongan, sino que le den a elegir: es el lado bueno (el liberal y permisivo, democrático al fin) de la mierda de mundo en que vivimos. En Sevilla un barril es un paso de semana santa que hay que llevar solidariamente y sin escaquearse entre todos los costaleros para que el grifo corra y dé cañas vivas y frescas, o sea, con burbujitas y glaciales; la espuma, la mata el frío y, en Sevilla, no es valor apreciado. La cerveza de barril es como el café, que vamos al bar y pagamos su precio porque en casa cafés y cervezas no saben nunca igual. Pagamos el euro y pico por un producto que no nos da el supermercado ni el frigorífico que, en el congelador, revienta, y, en la parte normal, nos parece caliente, eso sin contar pasteurización y otros detalles de cata. A precio de tienda, la caña en bar nos cuesta del doble a tres veces más. Como margen, no está mal; tampoco para el consumidor es excesivo y lo damos por bueno, la cerveza sigue siendo, como el tabaco, un consumo popular.

El local que presupone la marca de cerveza que yo, el cliente, debo consumir es el mismo que, a la hora de la copa larga, de ron, me dará a elegir entre tres o cuatro marcas; de whisky, entre nacionales y escoceses; de ginebras, Larios o Rives y, de tónicas, las que se lleven. Y si hablamos de vinos, entre riberas y riojas, menudo cuento se gastan los bares para clavarnos la copa de tinto que nos daría igual de a granel o de cosechero. ¿Qué pasa? Que se lleva el gusto gurmet ‑la pampliné tururú, que decía mi tío José‑ y el bebedor de cerveza es francamente gurmando, bebe cañas como agua, y hasta en la Cervecería Internacional de la calle Gamazo es capaz de pedirse una Cruzcampo como un cateto al que todos miran.

El cruzcampista lo que desea es que le dejen en paz. Luego vendrá la discusión de si es mejor conocer de todo o quedarse uno en su apuesta fija. Follar, viajar, fumar, beber: en esta vida hay quien le encanta moverse y experimentar novedades y hay quien no se mueve ni a sueldo. Por último, la Cruzcampo es una adición que, aparte del mono o síndrome de abstinencia, puede resultar para uno y para los demás una cruz [campo], un auténtico coñazo. Nosotros, a lo nuestro, como los Rollings, del rock ‘n roll. Es mala y la anestesian con frío, no sabe a nada, no tiene cuerpo, no tiene comparación, it’s only cruz campó but i like it.

enlace a El bebedor de cerveza

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