The Power

Antonio Delgado Cabeza

THE POWER

por

Antonio Delgado Cabeza

Cada vez que oigo que los pobres o el tercer mundo lo que necesitan es educación para salir del desgraciado estatus que ocupan, me echo a temblar, me pongo de mala leche o me pongo a escribir sobre mi tema más recurrente y manido después de cuarenta años de profesional de la enseñanza. Dicho así, en tono paternalista, de misionero salvador -hoy, ONG-, esta frase lapidaria es de las más reaccionarias y demagogas que se pueden decir a la hora de querer solucionar algo. Más bien esta sentencia se utiliza para que nada cambie, para que todo continúe igual. Más sentido tendría cuestionarse qué tipo de educación hay que darle a los pobres para que aprendan a dejar de serlo.

Si hay alguien que sepa, maneje y controle el extraordinario poder de la educación es el sistema social que la Humanidad ha engendrado a lo largo de milenios de evolución y, concretamente, la minoría que maneja el cotarro, el poder fáctico. Éste impone la educación que le interesa para perpetuar el orden establecido: militarista, castrante, artificial y clasista, diseñada exprofeso a imagen y semejanza de las necesidades de un sistema productivo que precisa individuos adocenados, egoístas y sumisos para regenerarse.

militarista porque la idea de sentar durante horas y horas al alumnado entre cuatro paredes para adiestrarlo, procede del ejército del siglo 18. Los mandos ponían mucho interés en que los soldados aprendieran que las bombas debían de caer sobre el enemigo y no sobre ellos y les hacían repetir mil veces la teoría. Este modelo viene de perlas a los ideólogos de la Revolución Industrial que, como el ejército, necesita una mano de obra obediente y gregaria. La jerarquización castrense, el ordeno y mando militar, también se copian.

castrante en la medida que elimina, anula o encorseta la creatividad innata en los seres humanos. Todos nacemos artistas, decía Picasso, lo difícil es conservar de adulto este don natural. Se contempla el éxito académico desde el punto de vista de una competitividad inhumana que acumula registros y datos ya conocidos, donde la creación, la investigación, la innovación, la intuición o la improvisación, sencillamente, no existen. Eso explica muchos de los fracasos, complejos y frustraciones que padecemos.

artificial porque está huera de contenidos auténticos que tengan que ver con los intereses vitales de las personas. Las asignaturas son todavía tomistas y ninguna profundiza o desarrolla un plan para aprender a vivir, a amar, a relacionarse mejor con los demás o encontrarle sentido a la existencia. Nuestros pequeños acumulan contenidos y más contenidos que les son ajenos a base de infinitas repeticiones memorísticas que han quedado obsoletas en un mundo computarizado.

clasista porque en una sociedad en la que la igualdad de oportunidades sigue siendo una utopía -recogida en las constituciones democráticas como eufemismo decorativo-, las élites llevan siempre las de ganar y no se vislumbra ningún síntoma de que este axioma vaya a cambiar, al revés, los ricos son cada día más ricos y los pobres más pobres. La inercia del propio sistema no va a querer nunca tirar piedras en su propio tejado, repartiendo un día sus riquezas alegremente. Y esto nos condena a una sociedad clasista en la que la clase alta necesita de una clase media y otra baja para eternizarse en el poder.

La escuela es la institución ideada para que esta cadena de producción funcione y los maestros y las maestras somos los actores que la ponemos en marcha. No es casualidad que magisterio sea la carrera universitaria con menos nivel, la más facilita. La formación con la que salimos los docentes es patética, pero no hace falta más. Nada mejor que profesorado dócil, mediocre y gris para formar personas dóciles, mediocres y grises. Si alguien autodidacta logra poner en marcha experiencias librepensadoras y progresistas, el sistema no tiene pudor en darle premios y medallas, sabedor de que son islas inofensivas, excepciones que cumplen la regla, ejemplos a no seguir por una mayoría que no siente por su profesión más compromiso que el que conlleva un simple intercambio mercantil.

Sucede lo mismo con las cátedras de pedagogía que no paran de marear la perdiz ingeniando nuevas recetas, fórmulas y métodos didácticos que parcheen los desastrosos resultados de los informes Pisa y otros similares que, por supuesto, forman parte de esta gran farsa en la que continuamente se quiere hacer ver que cambia todo para que todo siga igual. Puro teatro. La perdiz no hay que marearla: hay que cambiarla.

Llegados aquí hay que preguntarse cuál es la alternativa a la educación oficial. Decía Serrat que nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Los yoguis decimos que lo que es, es, y esta aceptación de la realidad incluye la comprensión de los posibles remedios o salidas y nuestra felicidad. Tengo que recurrir otra vez, inevitablemente, al infinito poder revolucionario de la decisión personal de tomar conciencia de quiénes somos y a qué hemos venido, de abandonar la enajenación mental en la que vivimos, de responsabilizarnos conscientemente de nuestros actos, de adoptar una concepción holística del Universo y de la existencia que provoque nuevas sinergias que posibiliten nuevas relaciones y nuevos acontecimientos.

Perdidas las esperanzas en las grandes revoluciones, elegir voluntariamente esta transformación es la única forma de superar los estragos producidos por la educación tradicional. No es fácil, lo sabemos, pues tenemos arraigados en todos los rincones de nuestro cerebro hábitos, maneras y costumbres de nuestros ancestros remotos y próximos que dificultan la reeducación de nuestra mente. Pero es el camino hacia la liberalización. Poquito a poco, hoy tú, mañana yo, pasado nosotros. Hasta que la Humanidad sea libre y feliz que es a lo que hemos venido a este maravilloso planeta. [Antonio Delgado THE POWER. 25/07/16.]

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