en el tiempo: de El infinito en un junco, a Pérez-Reverte.

Dos narrativas andan devorándose por ahí, como lo que son, éxitos de ventas. El infinito en un junco, de Irene Vallejo, sobre la invención de los libros, y Línea de fuego, sobre la batalla del Ebro, de Arturo Pérez-Reverte.

Irene Vallejo sale en defensa del libro en estos tiempos digitales (lo que ya es literatura por encargo), y, Reverte hace lo que se espera de un hombre de armas y de letras en tiempos del género bélico (Pierre Lemaitre y revisiones de la Guerra del 14): revisionismo de trincheras de nuestra Guerra Civil, Línea de fuego y de juego que inauguró la película La vaquilla, de Luis García Berlanga, allá por 1985, cuando aún coleaba la reconciliación nacional que puso en política el Pce de Santiago Carrillo; otras miradas serían como las de ¡Ay, Carmela!, de Carlos Saura, 1990.

A Irene Vallejo, nada que objetar, salvo sus decantaciones, que ella creerá que son pro libro y pro cultura, y son en realidad pro sistema y puramente políticas. Porque todo es política, hasta la pandemia. La invención de Irene Vallejo parece genial entre la ficción y el ensayo, pasado y pasado reciente y futuro, entre la objetividad y la autobiografía. Su libro resulta ameno, su documentación es mucha y muchos los ojos que abre su enseñar deleitando, semejantes en esto a los que nos abrieron El nombre de la rosa (Umberto Eco, 1980) o Una historia de la lectura (Alberto Manguel, 1996). Dicho lo cual, añora uno el estilo de la gran novela histórica tipo Marguerite Yourcenar o Hermann Broch o Umberto Eco, a quienes (ni a sus traductores) no se les hubiera ocurrido sintagmear en el tiempo tras expresiones como estas:

«El punto de vista del relato ya no es pagano ni cristiano, sino musulmán, y nos obliga a saltar en el tiempo hasta el vigésimo año de la hégira, 642 de la era cristiana. «Muchos sistemas de escritura surgieron de forma independiente en culturas distantes entre sí en el tiempo y en el espacio. «No me resisto a citar un texto egipcio muy lejano en el tiempo y, sin embargo, extrañamente familiar.» Misma objeción puede ponerse a la coletilla siglo pasado cuando está claro que a este siglo 21 no se puede referir: «En la década de los veinte del siglo pasado, personas anónimas caminaron sobre obras de arte. [Todavía no hay más década de los veinte que la de siglos pasados y, por defecto y por contexto (hablando de cine), la década ha de ser 1920-30.] «Baltasar Gracián tuvo que esperar hasta los años noventa del siglo pasado para que los ejecutivos agresivos de Estados Unidos y Japón convirtieran su Arte de la prudencia en un libro de cabecera y best seller mundial. «Hemos tenido que esperar hasta las últimas décadas del siglo pasado, ante el umbral del siglo Xxi, para que gentes de orígenes muy humildes aprendieran el alfabeto y se apropiasen de él. «Si tras la llegada de los primeros ordenadores en los años ochenta del pasado siglo… «Alabama, racista y empobrecida por la Gran Depresión de los años treinta del pasado siglo… «Recuerdo una mañana de los años noventa del pasado siglo…» Nacida en 1979, ¡qué otros años 90 podría Irene Vallejo recordar!

Pero, sobre todo, de Irene Vallejo, destaca su postura pro libro de librería:

«La línea que separa nuestras mentes de internet se está volviendo cada vez más borrosa. Se ha instalado entre nosotros la impresión de que sabemos todo aquello que podemos localizar gracias a Google. «Muchas tendencias que nos parecen incuestionables (desde el consumismo desenfrenado, a las redes sociales) remitirán. Y viejas tradiciones que nos han acompañado desde tiempo inmemorial (de la música, a la búsqueda de la espiritualidad) no se irán nunca. [En las] naciones más avanzadas del mundo sorprende su amor por los arcaísmos (de la monarquía, al protocolo y los ritos sociales, pasando por la arquitectura neoclásica o los vetustos tranvías).»

Además de un pelín de estilo, a Irene Vallejo le falta un hervor: «En mi imaginación [de la antigua Alejandría] Páladas, aquel viejo profesor de letras, escribió: Pasé la vida entera conversando en la paz de los libros con los difuntos. Traté de propagar la admiración en una época desdeñosa. Del principio al final tan solo he sido cónsul de los muertos.» Supongo que Irene Vallejo, ella sola, habrá caído en la cuenta de un texto que conoce, por cuanto lo cita en un tuit de este año 2020: soneto que Francisco de Quevedo (1580-1645) dirige a su amigo y editor José González de Salas desde la Torre de Juan de Abad:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.
Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años, vengadora,
libra, ¡oh gran Don Josef!, docta la Imprenta.
En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudios nos mejora.

Otras presencias de la literatura española se echan en falta, como cuando el Infinito repasa la historia de los títulos o cita obras que han sido famosas solo por su título. Esa misma hispanidad se echa de menos en el capítulo que dedica al poeta Ovidio (Ovidio choca contra la censura), donde ni menciona a quien entre nosotros inspiró en el autor del Ars amandi su Don Amor del buen amor, Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, quien declara una vez que a Ovidio leyó en la escuela y, otra vez, que lo tuvo por criado.

Por penúltimo, no estaría de más aliviar ese Infinito de la carga académica que lastra su prosa y que podría parecer redicha o pedante: como ya he dicho (5 apariciones), como ya he explicado (4), como ya he contado (2), en fin.

Lo más discutible de un libro compuesto de información más opinión (I+P), es la parte opinable. No puede uno suscribir, a favor del libro de imprenta, este razonamiento: «en el futuro habrá sillas y mesas pero quizás no pantallas de plasma ni teléfonos móviles». No se haga trampas, Irene: el plasma pasará, pero no la mirada contemplativa de imágenes; el teléfono móvil pasará, pero no un medio de comunicación que siempre vaya conmigo: ese aparato será también lo que usted no quiere que sea, no sé por qué: ese será el libro de bolsillo.

Claro que tampoco suscribiría uno a Hannah Arednt cuando dice que «el pasado no lleva hacia atrás sino que impulsa hacia delante y, en contra de lo que se podría esperar, el es el futuro el que nos conduce hacia el pasado». Menuda empanada mental.


En cuanto a Arturo Pérez-Reverte, qué decir de él y de su libro de trinchera. Si Reverte pensara en clave obrera (como pensaba la Internacional de la época), Reverte hubiera recogido el no a la guerra de la Internacional Comunista (1919-40), que quiso que la clase obrera no se prestara a los juegos de guerra del capitalismo. La Internacional de resistentes a la guerra (IRG), por el derecho a no matar, existe desde 1921. Vayamos a su página IRG.org:

La IRG fue fundada en 1921 en Bilthoven, Países Bajos, por objetores de conciencia europeos que habían vivido la Gran Guerra (1914-18). Surgió principalmente de movimientos humanistas, socialistas y anarquistas, así como religiosos (Hermandad internacional por la reconciliación [IFOR, por sus siglas en inglés], fundada en 1919). Pacifistas y antimilitaristas luchaban contra el reclutamiento y la guerra total, contra la “absoluta movilización de recursos técnicos y humanos” que se generalizó a principios del siglo 20. La lucha contra la guerra total encuentra una expresión memorable en el Plan de lucha contra la guerra y los preparativos de la guerra del anarquista y antimilitarista holandés Bart de Ligt en 1934. El reconocimiento de la objeción de conciencia fue imponiéndose principalmente en la Europa protestante: Noruega, 1900; Dinamarca, 1917. La ley de servicio militar obligatorio de 1916 del Gobierno británico fue la primera en permitir la objeción de conciencia, si bien muchos objetores fueron encarcelados durante la I Guerra Mundial. El servicio militar obligatorio en Gran Bretaña era la primera vez que se introducía, por lo que la objeción de conciencia se consideró indispensable. Finalizada la Guerra, la cooperación entre movimientos europeos y latinoamericanos y de América del Norte, África y otras regiones, fue a parar a redes como la IRG / IFOR / WIR (Internacional de Resistentes a la Guerra). A nivel regional, aparecieron las Asambleas del Movimiento Internacional de Objetores de Conciencia, la Oficina Europea para la Objeción de Conciencia y, en los 90, el ELOC (Encuentro latinoamericano de objeción de conciencia, luego CLAOC: Coordinadora latinoamericana de antimilitarismo y objeción de conciencia). La solidaridad a nivel internacional fue primordial en los EEUU en guerras de Corea y Vietnam. A modo de ejemplo, muchos objetores huyeron a Canadá donde recibieron apoyo del Gobierno.

Lo que le ocurre a Pérez-Reverte es lo mismo que a la plana mayor de la izquierda española: no quieren ver que hubo mundo y hubo ideas antes del 14 de abril de 1931. Por eso, andan peleándose a propósito de una novela que no pienso leer pero que estará bien escrita por quien no falta a su otro oficio: las letras.

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