las edades del hombre

Entre los papeles que nos dejó Freddie Bartholomew, investigador privado, hay unos apuntes que no quiso publicar. Él los tituló Entre dos boda y solo porque lectores del romance Lebrato contra Lebrato me han pedido alguna moraleja yo los publico ahora. Advierto que el material es insípido y prescindible pero basta que sea una petición y que pueda servir en cabeza ajena. Son dos estampas. La primera sucede durante el rodaje de una foto, a petición propia, que ‑en vez de patata‑ el hombre quiso que saliera ‘de portada de disco’, cuando una sobrina le cortó con este no es tu momento, tito. En la segunda estampa el hombre se encuentra en apuros en el servicio de caballeros cuando golpes y voces en la puerta, de sobrinillos con ganas de enredar, le meten bulla para que acabe. Ni sobrina ni sobrinillos fueron reñidos por él, quien, a incidentes pasados, comunicó con quien tenía que comunicar, lo cual desmonta el follón que había montado el tito.

El segundo borrador tiene que ver con la madre, una anciana a la que todos en la familia veneran o dicen venerar, y lo mal que lo pasó la pobre con todo aquel asunto. Apunta Freddie. Nadie pudo pasarlo peor que quien se vio mal tratado (no maltratado) en una boda y expulsado en otra. La madre y abuela tenía tres papeles al gusto de todos, que renunció a desempeñar. Hablamos de arbitraje: poner paz; diplomacia: aparcad vuestras diferencias; o madre coraje: donde va un hijo van todos y, donde no va uno, no va ninguno. Ni árbitra, ni diplomática ni madre coraje, la madre arrebató al hijo la propiedad del dolor. El hijo suma ya dos delitos: follonero y cruel; cruel por hacer sufrir (¿los demás, no?) a una anciana a quien la nieta de la foto hubiera podido decir este no es tu momento, abuela.

El último apunte ya no es del investigador sino de cosecha propia. Si a los chicos no se les riñe porque son chicos y, a los mayores, porque son mayores, estamos renunciando a educar. Informativos y campañas humanitarias quieren hacernos creer en dos extremos de bondad de infancia y vejez, dos atenuantes, que rodean una madurez responsable, y ésta dividida entre la madurez del varón y la madurez de la mujer, matizada por el machismo crónico, histórico o ambiental. Esto es: niños y pensionistas no pagan o pagan entrada reducida y las señoritas, al baile, casi. Pero habrá que recordar que detrás de una vida viene una biografía y lo que queda es el juicio de la historia, ese que nos hace decir aquel crío fue un cruel o el abuelo de tal fue un cabrón. La propuesta es que, además de cumplir con nuestra obligación de educar y hacernos cargo, escribamos nuestra biografía poniéndonos muy serios, como los abuelos en las fotos del álbum antiguo o como quien da a la imprenta sus obras completas. Eso nos hará ser buenos sin atenuantes de sexo, edad o inspiración piadosa y asumir nuestra propia posteridad.

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