UTOPÍA, DISTOPÍA Y LITERATURA FANTÁSTICA

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UTOPÍA, DISTOPÍA Y LITERATURA FANTÁSTICA
una cuestión de continente y contenido

«Primera espiral: Existe una moral vulgar y comprensible según la cual es bueno, sensato y razonable el que lee libros de caballería y admite que estos libros son falsos. El libro de caballería intenta superponer sobre la realidad otro mundo más bello; pero este mundo, ay, es falso. Segunda espiral: Surge, sin embargo, un hombre que intenta que lo que no puede en realidad ser, a pesar de todo sea. Decide pues creer. El mal, que sólo era virtual, se hace real con este hombre. Tercera espiral: Quien así procede, a pesar de ello, es llamado por sus conciudadanos El Bueno. Cuarta espiral: La creencia en la realidad de un mundo bueno no le impide seguir percibiendo la constante maldad del mundo bajo. Sigue sabiendo que este mundo es malo. Su locura (si bien se mira) sólo consiste en creer en la posibilidad de mejorarlo. Al llegar a este punto es preciso reír puesto que es tan evidente, aun para el más tonto, que el mundo no solo es malo, sino que no puede ser mejorado en un ardite. Riamos pues. Quinta espiral: Pero tras la risa, surge la sospecha de si será suficiente con reír, si no será preciso más bien crucificar al hombre loco. Porque lo específicamente escandaloso de su locura es que pretende imponer y hacer real la misma moralidad en que los que de él se ríen, según afirman, creen. Si alguien dejara de reír por un momento y lo mirara fijamente pudiera llegar a contagiarse. ¿Será un peligro público? Sexta espiral: Pero no hay que exagerar. No hay que llevar esta conjetura hasta sus límites. No debemos olvidar que el loco precisamente está loco. En ese hacer loco a su héroe va embozada la última palabra del autor. La imposibilidad de realizar la bondad sobre la tierra no es sino la imposibilidad con que tropieza un pobre loco para realizarla. Todas las puertas quedan abiertas. Lo que Cervantes está gritando a voces es que su loco no estaba realmente loco, sino que hacía lo que hacía para poder reírse del cura y del barbero, ya que si se hubiera reído de ellos sin haberse mostrado previamente loco, no se lo habrían tolerado y hubieran tomado sus medidas montando, por ejemplo, su pequeña inquisición local, su pequeño potro de tormento y su pequeña obra caritativa para el socorro de los pobres de la parroquia. Y el loco, manifiesto como no‑loco, hubiera tenido, en lugar de jaula de palo, su buena camisa de fuerza de lino reforzado con panoplias y sus veintidós sesiones de electroshockterapia.» Martín-Santos (Tiempo de silencio, 1961) nos lleva a reflexionar sobre la realidad y la ficción. Lo que no se entiende de buena parte de la literatura fantástica, y sobre todo la que ha influido en dos generaciones de lectores, espectadores y videojugadores, fomentada por sus profesores a través de los planes de incitación a la lectura, es su falta de imaginación. No hablamos de personajes, sitios y situaciones imaginados, sino de la imaginación de conceptos y valores diferentes y superiores a los nuestros. Cervantes cambió el contenido sin cambiar el continente, la sociedad de su tiempo, y lo hizo con perspectiva crítica, y ahí están las espirales de Martín‑Santos. El continente lo cambian los relatos que desde El señor de los anillos (1954) juegan con ambientaciones medievales, pero el contenido sigue siendo el mismo, los mismos valores realistas y conservadores: el poder, la ambición. Distintas son las distopías o antiutopías, que cambian continente y contenido y anticipan sociedades indeseables si antes no cambiamos los valores del presente: Un mundo feliz (1932, Aldous Huxley), 1984 (1949, George Orwell), Fahrenheit 451 (1953, Ray Bradbury), La naranja mecánica (1962, Anthony Burgess; Stanley Kubrick, 1971), V de Vendetta (1982, Moore y Lloyd). No leí Harry Potter (1997). Nada más ojear la solapa del primer libro y ver que el argumento se centra en la lucha entre él y el mago Lord Voldemort, quien mató a los padres de Harry en su afán de conquistar al mundo mágico, me dije a mí mismo: este libro ya me lo he leído. En cambio, Guy Fawkes, el de Vendetta, le ha dado máscara a Anonymus el de la Indignación (el conocimiento es libre, somos anónimos, somos legión) y, como el Gran Hermano de Orwell, nos hace reflexionar, igual que hizo Cervantes con don Quijote. El señor de los anillos, Harry Potter y La guerra de las galaxias (1977) han inculcado en la juventud valores que no son valores. Para eso, las distopías o la Utopía de Tomás Moro (1516). Ya sabemos por el Buscón (1626) que nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y de costumbres. Jóvenes que leéis y escribís: literatura maravillosa, ¿con valores utilitarios?

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