ser y estar contra la cultura

            SER Y ESTAR CONTRA LA CULTURA

  1. El capitalismo es muy simple. Las interferencias las pone: 1º) la ideología (“el dinero no da la felicidad”), 2º) el feudalismo residual (sigue habiendo reyes y duquesas) y 3º) el ocio como fuente de negocio (caché de artistas o deportistas de élite). El capitalismo tiene una sola regla: el mercado, que dicta el beneficio. Bajo el capitalismo, una de dos, o trabajas o das trabajo. Un empresario que trabaje no desmiente esta regla y tampoco el trabajo autónomo (de oficios, artesanos y artistas). Cien alfareros en cooperativa podrían competir con Porcelanosa.
  2. Lo que llamamos el hombre y la historia del hombre ha debido ser siempre algo binario. Ganadores y perdedores. Quien tiene y quien no tiene. El libro de texto, que escribirían clérigos, nos hizo creer que la sociedad medieval era cosa de tres: nobleza, clero y pueblo. Pero, de la iglesia, no se era (como se era de la nobleza); en la iglesia se estaba: el noble, como noble, y el villano, como villano. Lo que hizo el factor iglesia, a partir de escuelas y universidades, es asentar dos divisiones que venían de antiguo. Una era la división entre quien sabe y quien no sabe (los intelectuales), y otra, la división entre trabajo manual y trabajo contemplativo (catedráticos, filósofos y artistas).
  3. Del feudalismo al capitalismo, el tercer pasajero no fue la Iglesia, sino los judíos. Sabiendo que se les negaba la propiedad de la tierra, los judíos se aplicaron al incipiente mundo del dinero (préstamo con interés), asociado al comercio y a un mercado que iba a más necesidades de mercancías y de mano de obra: hombres, mujeres y niños que dejaron la gleba por la fábrica, el campo por el suburbio, y fueron el proletariado. Como los burgueses se habían abierto paso político exigiendo su derecho al voto (Revolución Francesa, 1789), el peligro era que el proletariado quisiese imponer su nueva mayoría (Revolución Rusa, 1917). El dinero hizo entonces una operación de estética que le salió redonda: asociar capitalismo y libertad para combatir la dictadura del proletariado. Definitivamente, la batalla de imagen la ganaba el capitalismo y, para comunismo, el del cristianismo primitivo.
  4. Si el trabajo autónomo es una economía asistida, de raíz feudal, también son asistidas y feudales las economías de los oficios que producen, digámoslo así, bienes inmateriales: la clerecía (que incluye magisterio, filosofía y política), la milicia (cuya mercancía es la guerra), más lo que queda de la vieja nobleza a cuento de la herencia. Añadámosles el arte y los artistas. Utilizando los medios y el sistema educativo, estos oficios primero esconden la explotación del hombre por el hombre y después se postulan para explicarlo como arte, cultura o civilización. Por una parte quieren quedar fuera del sistema productivo y por otra quieren que se les pague, como si hubieran producido mercancía. Es la paradoja del arte actual: cuando estoy creando, mi reino no es de este mundo, pero quiero mis euros contantes y sonantes. Y aunque nos guste discutir la desmesura que gana un Ronaldo, el mercado no se iba a equivocar. Tampoco en lo que vale un Picasso en la subasta.
  5. La única mercancía capaz de generar por sí misma valor sigue siendo el trabajo, o mano de obra, en los dos sectores literalmente productivos, que son el primario, extractivo de alimentos y de materias primas, y el secundario, que fabrica bienes, mercancías. El sector terciario, comercio y transporte, no es productivo en tanto no genera riqueza, simplemente la distribuye. Pero si vamos a las rentas salariales, lo que peor se valora es el trabajo más duro y menos cualificado (primera injusticia social) y los sueldos pagan, no el esfuerzo, sino la formación adquirida (segunda injusticia social, porque no todos pudieron estudiar lo mismo). El remate lo ponen quienes viven o quieren vivir de su título de nobleza, de la política, de la filosofía o de las bellas artes (tercera injusticia social, y quizá la peor, porque estos ya quieren vivir del ocio). Esta última injusticia la fomentan las clases universitarias, nuevo y viejo mester de clerecía. Nos va tan bien con nuestros bachilleratos, licenciaturas y doctorados para evitar los ingratos trabajos manuales, que aún queremos que, en nombre de la cultura, del arte, de la ciencia o el I+D, las clases bajas y trabajadoras, que también pagan sus impuestos, financien unos estudios que no cursarán jamás y unos consumos culturales que van muy por encima de sus necesidades básicas: nacer, vivir y multiplicarse con dignidad. Que le quiten al artista el traje que le cubre y la mansión que habita, el pan que le alimenta y el lecho en donde yace, a ver en qué se queda.
  6. Un alma realmente noble pondría por delante la injusticia social, sencillamente porque con combatirla, como se combate el terrorismo, la erradicación de la injusticia sería real. Pedir el Bienestar como quien pide teta y sin cuestionar quién lo paga, hace de la cultura un grupo conservador de privilegios y reaccionario a los cambios sociales que habría que hacer antes que estudiantes y que artistas felices. Podrá no haber poetas pero siempre…

Daniel Lebrato, Ni cultos ni demócratas, 9 del 4 de 2015

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