HIJOS DEL BIENESTAR O EL AMIGUITO INVISIBLE

            HIJOS DEL BIENESTAR O EL AMIGUITO INVISIBLE

El 25 de abril de 1998 se rompió la presa de las piritas de Aznalcóllar, propiedad de la empresa sueca Boliden. En cuanto pudimos, fui con mi amigo a hacerle la elegía: –Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora vertidos tóxicos y horror de este paisaje embetunado, fueron un día el Milagro Sueco. –Es el Estado del Bienestar (para mí, y mierda para todos los demás).

En Europa al término de la Segunda Guerra Mundial, el milagro sueco consistía en encandilar a las clases obreras nacionales, de pronto elevadas a clases medias, a base de reservarles lo mejor de la cadena productiva, contando con la complicidad de los sindicatos y de una clase científica y tecnológica, universitaria, que, consciente o inconscientemente, iba a hacer de la investigación un arma más, y la más sutil, de patentes y marcas que los más pobres no tendrían más remedio que comprar. Si no fuera por las exageraciones del yihadismo y algunos tropiezos como los de Boliden, el Bienestar y hacerse el sueco les hubiera salido redondo.

Pero el Bienestar del siglo 20 llegó con tres heridas: era muy caro, no era exportable y el capitalismo nunca quiso pagarlo: por algo, los paraísos fiscales. A esas tres heridas, la comunicación digital vino a añadir una cuarta, ya mortal de necesidad: que el Sur también existe, como quería Benedetti, y nos han visto, han visto cómo vivimos, y por nosotros vienen. No vienen a jugar al golf ni a cambiar sus balsas por yates de lujo. No vienen a cambiarse por los ricos. Vienen por ti y por tu bienestar de maestro, de conductor, de albañil o de enfermero. Por eso, en tiempos de crisis, el sindicalismo amarillo es la base de los partidos xenófobos.

Es hora de reconocer la cuota de explotación que hay en quienes nos hemos criado bajo el Estado del Bienestar, y desenmascarar a ese amiguito invisible que tenemos, por la cara del primer mundo. Esperanza Aguirre reprochaba a Pablo Iglesias haberse servido de una Universidad financiada con el dinero de todos. A ella, como dueña del cortijo, le duele que sus impuestos hayan ido al personaje y le pega que los beneficiados se muestren, al menos, agradecidos. Reconozcamos que la igualdad de oportunidades, tal y como está concebida, es incapaz de borrar las diferencias sociales, que los impuestos nunca serán cien por cien progresivos, y que cambiar la política sin cambiar el sistema, es complicado. Con los recortes, el Estado del Bienestar se ha quedado en mentira piadosa que ningún partido, por miedo a perder votos, se atreve a desmentir, y esa hipocresía también nos afecta de uno en uno. Está muy bien mi butaca en mi despacho, pero antes alguien tuvo que hacerla con sus manos y alguien tendrá después que limpiarla.

Llegados aquí, ¿qué pasaría si, salvo casos humanitarios, cada uno se paga lo suyo? Ya que nadie está dispuesto a convidar (ni el capitalismo, ni Alemania ni la Troika), que cada uno pague sus copas. Pague su asiento quien se sienta, su carrera quien la estudia, su familia numerosa quien la tiene, sus guardias, quien tenga algo que guardar, y eso que se ahorraría el Estado. Aunque, a cambio, yo me pague mi poesía y usted su concierto de guitarra. Con que las naciones unidas se orienten a cubrir los mínimos y las constantes vitales de una vida digna en todas partes y con que al ser humano se le trate como a especie protegida, tendríamos un mundo mucho más habitable. Y aunque el cine y el teatro paguen un 21 por ciento de iva. Convencer de esto a la gente guapa de los premios Goya y al amiguito invisible de artistas y generaciones enteras acostumbradas a becas y a subvenciones, es también parte ‑y no la menor‑ del problema.

Daniel Lebrato, Ni tontos ni marxistas, 15 del 2 de 2015

NOTAS

  1. En castellano lo mismo se usa de bienestar o del bienestar, aunque en su origen Welfare State se opuso a warfare state, estado de Como estado de bienestar, con minúsculas, se confundiría con estado de salud, de satisfacción o de felicidad personal, se recomienda usar Estado del Bienestar, con del y con mayúsculas.
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  2. El Estado del Bienestar es un lenguaje de la izquierda europea adoptado, a regaña votos, por partidos de derecha que nunca han creído en el bien común. Cuando el bienestar se pierde (con los desahucios), el resultado ya no es de izquierda que reclama más mano izquierda, sino de auxilios al borde de la exclusión social. Por eso Podemos se expresa mejor en términos, no de izquierda, sino de indignados, siendo la indignación lo que va desde un fenómeno capaz de acabar con la Transición y la Constitución de 1978, hasta una sigla más sobre un mapa político y un Estado del Bienestar invariables.
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  3. El Estado del Bienestar fue un invento lingüístico de William Temple, arzobispo de Canterbury, en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. Mucho antes, en Inglaterra había asistencia social dentro de las victorianas leyes de pobres o Poor Laws (1834). En Francia, durante el Segundo Imperio (1852-1870), se acuñó el término Estado-Providencia (État-Providence) en el Estado social (État social) y en la Alemania del Segundo Reich (1871) socialistas universitarios introdujeron el concepto de Wohlfahrtsstaat. El bienestar material de la población como una de las obligaciones del Estado se inició con el Despotismo Ilustrado. Del siglo 18 al 19, lo que cambia es la presión de la clase obrera. Lucha obrera y miedo a la Revolución Rusa de 1917 abrieron las ideas sociales en comunistas (Tercera Internacional, 1921) y socialistas (Segunda Internacional, desde 1889). La socialdemocracia es la base política del Estado del Bienestar frente a la democracia cristiana, que prefiere hablar de Estado de derecho, y frente al partido liberal, que cualquier noción de Estado le repatea. La socialdemocracia nace del cruce político del socialismo europeo con la democracia que sustentaron los Aliados; democracia enfrentada al totalitarismo nazi y estalinista, que la propaganda metió en el mismo saco, de donde el anticomunismo de todos, democristianos, laboristas, liberales o socialdemócratas.
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  4. El Estado del Bienestar fue la propuesta no revolucionaria de la Internacional Socialista (en España: PSOE), para vaciar a los potentes partidos comunistas al término de la Segunda Guerra Mundial (en España: PCE y franquismo). También adoptaron el Bienestar los conservadores de la Democracia Cristiana, manera de llamar a un capitalismo de rostro más humano que el liberal de los Estados Unidos. En la Constitución de 1978 solo dos veces aparece la palabra bienestar. El artículo 50 establece que los poderes públicos garantizarán, mediante pensiones adecuadas y actualizadas, la suficiencia económica a la tercera edad y promoverán su bienestar mediante servicios sociales de salud, vivienda, cultura y ocio. El artículo 129 dice que la ley establecerá las formas de participación de los interesados en la Seguridad Social y en los organismos públicos cuya función afecte directamente a la calidad de la vida o al bienestar general. El lenguaje del Bienestar ha durado de 1982 a 2008, cuando se impuso el lenguaje de la crisis. La máxima expresión del Bienestar se dio con el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero, quien llegó a aventurar que España adelantaría a Italia y hasta a exigir, en noviembre de 2008, el sillón 21 en el G‑20. El Bienestar según el PSOE consistió en medidas planas y subvenciones lineales (a la vivienda, a la renovación del parque móvil, a la natalidad, ordenadores gratuitos por estudiante, etc.). El sueño de adelantar a Italia en PIB y renta per cápita duró hasta enero de 2010. La crisis ya había empezado, con las hipotecas subprime, en EEUU, y el 10 de agosto de 2007 era noticia en todo el mundo. El 12 de agosto, el ministro de economía Pedro Solbes descartaba la crisis en España. Dios le conserva la vista.
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  5. El término socialdemocracia apareció en Francia durante la revolución de 1848. Karl Marx lo utilizó en El 18 Brumario de Luis Bonaparte (Nueva York, 1852), para designar la propuesta política de unión de la pequeña burguesía con la clase obrera socialista: «La socialdemocracia nació como medio no para abolir los dos extremos, capital y trabajo asalariado, sino para atenuar su antagonismo, convirtiéndolo en armonía por vía democrática». El primer grupo socialdemócrata fue la Asociación General de Trabajadores de Alemania, 1863, con su periódico La Socialdemocracia, y que se fusionó en 1875 con el Partido Socialdemócrata Obrero de Alemania, luego Partido Obrero Socialista y Partido Socialdemócrata, SPD. El programa del SPD fue objeto de una dura crítica por Karl Marx en su Crítica al Programa de Gotha, donde Marx dice que a la sociedad sin clases no se podría llegar con menudencias democráticas meramente burguesas, sino tras una dictadura del proletariado que pusiera fin a la lucha de clases. Tras el SPD alemán se fundaron partidos similares en toda Europa (el PSOE, en 1879) y, en especial, en Escandinavia (de 1871 a 1889: Dinamarca, Noruega y Suecia). En Inglaterra el partido adoptó el nombre de laborista. Este primer periodo clásico de la socialdemocracia (1880-1914) se rompió con el cisma que supuso la Revolución Rusa.
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  6. Igualdad sostenible en sociedades capitalistas: La igualdad se construye sobre políticas de mercado de trabajo (predistribution) y políticas que corrigen las desigualdades de resultado (redistribution). Unas son políticas de inversión en educación y servicios que facilitan la transición entre empleos y reducen el paro de larga duración y consumen gran cantidad de recursos públicos para generar productividad en el futuro. Otras son políticas de transferencias de renta, que limitan el coste de las transiciones laborales, y cuyo diseño limita posibles abusos. Cuando ambas políticas funcionan, las regulaciones punitivas a trabajadores y empresarios son menos necesarias y es posible un mercado de trabajo flexible, donde es fácil despedir y contratar, sin premiar a trabajadores improductivos ni generar situaciones injustas. Los países con grandes compromisos presupuestarios en predistribución y redistribución son los únicos que combinan competitividad económica y justicia social. Su experiencia indica que la igualdad social potencia el crecimiento sostenido y es condición necesaria para ser competitivos en un mercado globalizado. Podemos concibe la relación Estado-mercado como un pulso donde el primero proteja a la gente de los ricos a través de más regulación, más impuestos sobre las rentas altas, y más transferencias. Obviamente, no hay nada que objetar a que en España las rentas altas paguen más o a un diseño justo del impuesto de patrimonio, pero mientras el impuesto internacional sobre la riqueza a la Piketty no sea efectivo, las rentas obtenibles por esta vía se saben limitadas para financiar un giro hacia la igualdad. Un mercado de trabajo justo no se consigue estableciendo salarios por decreto y reduciendo la flexibilidad para contratar. Así sólo se crean castas y mientras una casta siga protegida por regulaciones que espantan la innovación y favorecen la endogamia, aumentar los recursos servirá para poco. La igualdad se alcanza con un Estado bien diseñado que haga funcionar mejor a los mercados porque permite que los individuos compitan en pie de igualdad. El modelo escandinavo es un modelo en gran medida financiado por y para trabajadores y consumidores (no por los ricos). De otra manera, la inversión sufre. A cambio, los trabajadores disfrutan de amplios servicios predistributivos y redistributivos y los empresarios aceptan salarios competitivos (y relativamente igualados por abajo) y renuncian a ajustar de forma automática la demanda de empleo al ciclo en una economía abierta. [Pablo Beramendi, en El País: Cómo se construye la igualdad.]
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