Etiqueta: buenismo

crítica de la crítica de los derechos humanos.

El Estado del Bienestar nos ha dejado encantadoras igualaciones. La base fue la Declaración universal de derechos humanos de la Onu en 1948,[1] que respondió al modelo de los países aliados que querían con la Declaración prevaler sobre los totalitarismos fascista y nazi, ya derrotados, y sobre el estalinismo, no derrotado y con enorme auge en Europa al final de la SGM a través de los partidos de la Segunda Internacional, que inmediatamente fueron descalificados como dictatoriales a partir de una interesada interpretación de la futurible dictadura del proletariado, hecha por Karl Marx un siglo antes, donde la dictadura, al ser ejercida por la mayoría (la clase obrera), dejaba de serlo y pasaba a ser más democracia que la democracia. La Declaración fue instrumento propagandístico para un estado de opinión favorable a la libertad de los países libres (frente a los comunistas) como grado superior de organización social, democracia política que impedía en la práctica la democracia económica y laboral, sin las cuales, ¿qué democracia era esa? Papel votado: un voto cada cuatro años y ahora pidan ustedes derechos humanos, que, por pedir, que no quede. Por eso, la primera crítica que tienen los derechos humanos es su palabrería, su frivolidad, su insoportable levedad del no pasar, de las buenas intenciones, a leyes vinculantes y perseguibles por tribunales internacionales en el seno de unas Naciones Unidas que no tenían otra cosa que hacer, más que pasar del dicho al hecho, y no lo hicieron. En respuesta, un anciano que había participado en la primera redacción de la Declaración quiso antes de morir dejar testamento testimonio de su indignación y ese fue Stéphane Hessel (1917-2013), quien animó a la juventud a indignarse. Su ¡Indignaos! (2010) tuvo la altura intelectual de un mosquito. Su enorme éxito entre gente bien preparada y de universidad, que ya calzaba los treinta años (Pablo Iglesias, 32; Monedero, 47), fue el infantilismo más lamentable que ha padecido la reciente izquierda y, a siete años vista, ya sabemos en qué acabó tanta indignación: en tierra, en polvo, en sombra, en humo, en nada.

La segunda crítica de la Declaración no es histórica sino lógica y conceptual. La fórmula nos la dio el viejo Marx en su Crítica del programa de Gotha (1875): Todo derecho es derecho de la desigualdad. El derecho sólo puede consistir, por su naturaleza, en la aplicación de una medida igual; pero individuos desiguales sólo pueden medirse por la misma medida siempre y cuando se les mire solamente en un aspecto determinado y no se vea en ellos ninguna otra cosa, es decir, se prescinda de todo lo demás (“a igual trabajo, igual salario”, unos obreros están casados y otros no; unos tienen más hijos que otros, etc; a igual salario, unos obtienen más que otros). El derecho no tendría que ser igual, sino desigual.

Jóvenes: pedir derechos es fácil. ¿Quién en su sano juicio se va a oponer? Lo difícil es pedir deberes a uno mismo y a quienes por sus niveles de vida y renta llevan siglos explotando a los demás. Pedir es fácil. Lo jodido es quitar a quienes les sobra. De ahí, el buenismo. Mejor, ¡nos vemos en la revolución!

de la serie Ni tontos ni marxistas, 16 de enero 2016

[1] De 30 artículos que son, la palabra todos aparece 44 veces. Como adjetivo: todos los miembros de la familia humana, todos los pueblos y naciones, todo[s los] ser[es] humano[s], toda persona, todo individuo, todos los niños, en todas partes. Como pronombre: todos son iguales, para todos.

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objeción de conciencia

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El otro día, hablando en un programa de radio sobre el plan bici y lo que ha dado de sí en la ciudad de Sevilla, propuse que seamos nosotros, ciclistas, quienes vaciemos de bicicletas aceras e itinerarios peatonales compartidos, y se los devolvamos a las personas andando, al Ayuntamiento, a Sevilla.

Y pienso ahora que la implicación de oenegés, asociaciones y grupos de opinión con el estado de cosas y con el Estado del Bienestar, hace que al final esas entidades, que supuestamente luchan por nosotros o nuestros intereses, son ya el Estado y que lo mismo que en la vieja objeción el individuo se plantaba contra el servicio militar obligatorio asociado a la patria, así tendríamos que extender la objeción a todo lo asociado a conceptos como democracia, solidaridad, defensa de supuestos valores, que en realidad son valores precocinados. Y hacernos objetores de conciencia de todo lo que transmite, sostiene o apoya esa visión del mundo que es Occidente, lo que incluye objetar no solo del Estado y de la clase política, sino de toda institución, oenegé o grupo que se haya hecho cómplice y parte del mismo: por ejemplo, el plan bici que me tienen prometido. No lo quiero. Yo, ciclista por la calzada, doy mi parte en el presupuesto para causas que más lo necesiten. Sé que a esta hora un padre duda si coger la bici con su hijo entre el tráfico general y sé que un niño sufre en Alepo, otro se ahoga en el Estrecho y niñas son violadas sistemáticamente. Pónganme al habla con el padre y con sus padres y madres y, estos, con el clérigo que los guía, con el dios al que rezan o con el presidente de la metrópoli que dejó su país hecho una mierda; su ciudad, un paraíso para los coches. Pero de causas parciales supuestamente humanitarias que utilizan menores como escudos humanos, déjenme en paz, que no me quiero salvar. [Letra y canción de Víctor Manuel]

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Forges, arbitrista: contra mediocridad, excelencia

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www. teléfono de la esperanza. org

contra mediocridad, excelencia
Forges, arbitrista

En el siglo 18 los llamaban arbitristas. Personas [por no decir varones] que elevaban memoriales al rey o a las cortes con propuestas de arbitrios (soluciones extraordinarias) para resolver problemas nacionales con planes o proyectos extravagantes o utópicos. En política, es arbitrista quien sobre lo ya inventado (la riqueza y la pobreza, quien explota y quien es explotado), por encima también de las grandes soluciones (conformarse o rebelarse), sale con un eureka de su laboratorio: –¡Lo encontré! Tengo la solución. Y ofrece su hallazgo. El penúltimo arbitrista fue Estéphane Hessel ‑aquí, José Luis Sampedro‑, quien creyó que la solución era recuperar los valores de Europa y de la declaración universal de derechos humanos. Ahora Forges descubre que el mal está en la mediocridad. Y propone la excelencia. Hessel, Sampedro, Forges: expertos en que no se hable de causas y efectos. Y por supuesto a base del nosotros, de la primera del plural, de manera que quienes somos diferentes por raza, sexo, renta, cultura, formación y dedicación[1] entramos todos en el mismo saco en manifiestos como este:

Tenemos que asumir que nuestros[2] problemas no se terminarán cambiando a un partido[3] por otro, con otra batería de medidas urgentes[4], con una huelga general[5], o echándonos a la calle para protestar los unos contra los otros[6]. Quizá ha llegado la hora de aceptar que nuestra crisis es más que económica[7], va más allá de estos o aquellos políticos, de la codicia de los banqueros o la prima de riesgo[8].

Me juré no leer más. Al final, caí en la tentación y llegué hasta el final. El conservador Forges está preocupado por algún familiar excelente a quien predica: Mediocre es un país que ha permitido, fomentado y celebrado el triunfo de los mediocres, arrinconando la excelencia hasta dejarle dos opciones: marcharse o dejarse engullir por la imparable marea gris de la mediocridad.

Ustedes mismos.

[1] Se dice pronto. Seis ítems mínimos sobre encuestas de población.

[2] Ahí vamos todos. La mendiga, la heredera de la Casa Real danesa y Donald Trump.

[3] Identificación compromiso social > política > partidos. Habitual en el pensamiento democrático.

[4] Se ve que el emisor no tiene prisa. Preferirá las medidas a largo plazo.

[5] Podía haber dicho cierre patronal, deslocalización de empresa, ere, pero no; a quien aconseja no hacer huelga es a quien puede hacerla, clase obrera bien retribuida, porque hacer huelga es caro, de hecho, salvo el servicio de basuras (y eso por lo que impresiona y presiona el mal olor en las ciudades), huelga no hacen más que sectores puntas de transporte de viajeros, controladores, pilotos de tren o de avión, y poco más. ¿Quién ha hablado de huelga general?

[6] Transmite una idea de frivolidad: los unos contra los otros, o sea como en el parchís, a quien le toque, yo contra ti y luego tú contra mí, así nos vamos turnando. O transmite una idea de cainismo: los unos contra los otros, o de las dos Españas que acaban ya se sabe cómo.

[7] Típico del pensamiento bien alimentado y sin problemas a fin de mes. ¿Sabrá quien tiene un problema la clase de problema que tiene? ¿Me vas a decir que tu crisis y la mía (dices nuestra crisis) primero es la misma (la misma también la del banquero, la del rico heredero, la de doña Letizia), y después es más que económica? Con 600 euros al mes, no había caído.

[8] Propio del pensamiento burgués es hablar de banca y prima de riesgo. La pobre gente, la manipulada gente, no está pendiente de la prima de riesgo, que no sabe quién es, sino del cupón de la Once, si le tocó o no.

héroes contemporáneos

Refugiados (AI)

HÉROES CONTEMPORÁNEOS

La historia distingue vencedores y vencidos y, la literatura, héroes, antihéroes y antagonistas. El antagonista[1] es ‘el malo’ del cine o de la literatura popular; si fuera una figura retórica sería la antítesis[2]. El antihéroe es más complejo; su figura sería la paradoja[3]. El antihéroe actúa por deformación del prototipo héroe, bien por parodia, como don Mendo en La venganza de don Mendo, bien como alternativa, tipo Lázaro de Tormes, o bien por contraste, casos de Sancho Panza y del gracioso del teatro clásico[4].

Condiciones ‑sin las cuales no‑ del héroe son dos: su soledad y su servir a un grupo. El futbolista que marcó el gol en la final. Cuando hablamos de los Trescientos de Leónidas, de Numancia, de Fuenteovejuna o del Dos de Mayo, decimos héroes por comodidad narrativa pero no lo son porque no están solos. En contacto con otros, obra el milagro del contagio, la solidaridad o la emulación y, sobre todo, el instinto de conservación, no la conquista de algo nuevo perseguido o percibido como muy valioso[5]. Un ejército numeroso y bien dotado (el del Tercer Reich o los marines hoy) nunca será heroico; lo percibimos como cobardica porque vence a los más chicos.

Sociedades mediáticas fabrican héroes singulares o colectivos. Singulares: Gandhi, Mandela, Luther King, Teresa de Calcuta; colectivos: población de Berlín Este, víctimas del 11‑S o refugiados sirios. Los Gandhis del siglo 20 se presentan como héroes cuando, haciendo balance o memoria de resultados, no dejaron avances para su [fragmento de] humanidad, para India, Sudáfrica, la negritud o la caridad[6]. Sin embargo, ahí los tienes en camisetas que la juventud se pone como se pone al Che (héroe que hace antihéroe a Fidel) o a Jasir Arafat (héroe de un Estado Palestino que traerá ‑otro más‑ un estado islámico).

En la fabricación del héroe refugiado sirio, primero ha sido darle un nombre, refugiado (cuyo antagonista es la solidaridad), focalización del infinito problema Norte Sur que abarca inmigración en un término regional y acabado (pues el refugiado está por refugiar). Otros ingredientes han sido la alianza de civilizaciones con la defensa de un islam bueno, más el uso de niños y niñas como escudos humanos de la noticia con ocultación del rotundo axioma que dice: si no sufrieran los mayores, tampoco sufrirían los pequeños, y con ocultación de lo que sería convocar una Conferencia Mundial para el tema, semejante a la que se convoca para el Cambio Climático. ¿Por la capa de ozono, sí, y por las personas, no?


Dicho lo cual, quien clama contra el drama de los refugiados merecería que le metieran en casa a tres refugiados a su cargo (no al Estado del Bienestar, que está bajo mínimos y pedir que otro haga lo que yo pido, eso es muy fácil) y que en su casa acoja al niño o la niña más el padre y la madre, para no romper unidades familiares ni raíces de cultura.

Y dicho también lo cual, ¡ni que fuera el refugiado sirio el eslabón más débil de la cadena del sufrimiento humano hoy en el mundo! De Siria vienen sabiendo inglés (cuando la región es francófona) y exigentes de sus derechos: islam burkini. Y, por último, ¿tiene algún mérito ser refugiado? como ¿tuvo algún mérito estar el 11‑S en las Torres Gemelas? ¿No habría ese día allí ningún malvado, ningún violador, ningún ladrón o ningún hijodeputa? ¿Qué mérito tiene ser víctima del terrorismo? ¿Qué mérito tuvo el exilio español? Drama mayor, cuando la Guerra de España, quien no pudo exiliarse y acabó encarcelado o fusilado. Y drama mayor, el de quien no puede salir de su país de sangre se llame Siria o como se llame[7].

enlace a Cuadro de actantes

enlace a Descrédito del héroe

enlace a Borges, Tema del traidor y el héroe

[1] oponente en el cuadro de actantes.

[2] antítesis [A no B]: día/noche, calor/frío

[3] paradoja [A no B, para C]: vivo sin vivir en mí o muero porque no muero porque espero vivir otra vida (Santa Teresa, San Juan y otros)

[4] Relaciones héroe/antihéroe: 1) relaciones suplementarias (cuando el antihéroe sustituye al héroe: don Mendo), 2) relaciones complementarias (cuando convive con él: Sancho con don Quijote) y 3) de oposición (Lázaro de Tormes / Cid Campeador).

[5] el objeto en el cuadro de actantes.

[6] No su enésima manifestación canónica (de coge tu cruz y sígueme) incompatible con el discurso social.

[7] A riesgo de mafias aprovechadas. Lo que no se puede es hacer del problema un problema de mafias.

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Análisis del yo

Mujeres libres con burka

ANÁLISIS DEL YO

Sabido es que en lingüística se distingue un plano general, la lengua, y un plano particular, el habla. En medio está el estilo (o idiolecto), que es el total de hábitos verbales perceptibles en la suma de actos de habla de un conjunto de hablantes. Y sabido, también, que en comunicación se llama subliminal al mensaje que se emite por debajo del umbral de percepción sin que el receptor sea consciente[1].

En historia la historia (escrita, externa) sería la lengua y la intrahistoria[2] (oral, interna) sería el habla. Entre los acontecimientos (históricos) y los comportamientos (sociales o intrahistóricos) se dan fenómenos o aconteceres subliminales que ni salen en los medios ni en la historia ni se explican solo por costumbres de tradición oral. Es el caso del tapadismo islámico; tema que produce un batiburrillo tal que ni sabemos en qué plano hablamos: una opinión iguala a las tapadas con las monjas, otra mezcla nación y religión, aquella alega la sociedad de derechos del si a ellas les gusta y aquella otra sale con que a usted qué más le da. Sobre el tema, la historia nos habla de Guerra Fría, de servicios secretos o de inteligencia, de Guerras del Golfo o de las Torres Gemelas; y la intrahistoria nos habla por boca o experiencia de turistas o viajeros, por fotos que nos trajimos del viaje a Estambul, a El Cairo, a Tánger o a barrios de inmigrantes en ciudades europeas.

Una tercera vía de la historia es que la historia ha sido, es (y ojalá no será) manipulada. Esta manipulación es una constante, un estilo, un hábito de noticiar la realidad de forma tendenciosa y sin que los receptores, aparentemente, lo perciban. La manipulación debió existir entre Moisés y el pueblo hebrero. Lo nuevo de la manipulación subliminal contemporánea es que es obra de grandes servicios de inteligencia, que mueve enormes cantidades de dinero y de intereses económicos y que se da en medios y sociedades de masas. La llamemos como la llamemos, sigue siendo la historia que cuentan los vencedores pero esta vez con un novedad importante: el atontamiento del público receptor que hace que esa historia manipulada acabe siendo la verdad aceptada, la versión oficial, la lengua común admitida por los vencidos, quienes no quieren o no pueden reconocer la náusea del mundo a donde sus jefes, sus ídolos, sus políticos, pero también sus propios silencios y complicidades, sus propias debilidades éticas o ideológicas nos han metido y, todavía y para corregirlo, si nos preguntan, decimos: yo pienso, yo creo, yo opino, actos de habla que no significan nada. Sirva de ejemplo el yo de esas mujeres islámicas seximente tapadas o emburcadas que, incapaces de hacer frente al machismo de origen, aun presumen ante Occidente de feministas, con derecho a burkini últimamente. Matad su yo y vuestro yo (eso que os obliga a ser demócratas, liberales o aliancistas de las tres culturas o religiones) y no hagáis caso a quienes os vengan con el miedo a la ultraderecha, a caer en islamofobia o a que salga elegido Donald Trump. Y veréis luz. Imprescindible para vislumbrar el final del túnel.

[1] subliminal De sub- y limen,-ĭnis, umbral. Que está por debajo del umbral de la consciencia. Estímulo que por su debilidad o brevedad no es percibido conscientemente, pero influye en la conducta. Que es percibido sin que el sujeto llegue a tener conciencia de ello. Que está aparentemente implícito y sugerido.

[2] El término procede de Unamuno en La tradición eterna uno de los cinco ensayos que conforman En torno al casticismo, publicados en la revista La España Moderna entre febrero y junio de 1895 y en libro en 1901. En el verano de 1898, cuando el periódico El Defensor de Granada publica unas cartas que cruzan Unamuno y Ángel Ganivet, Unamuno elude el vocablo intrahistoria y prefiere usar subhistoria. (LaRazónHistórica.com)

El factor humano

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Bernini: Dafne y Apolo

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EL TERCER PROBLEMA | EL FACTOR HUMANO
una lectura de Garcilaso–

Converso con el hombre que siempre va conmigo. Sobre el artículo Tenemos tres problemas (que son, a saber: un problema político, un problema de religión y un problema personal), apostilla el hombre: Básicamente de acuerdo. Mientras tanto, abogo por la solidaridad, necesaria en el plano del realismo puro y duro. Me remito por ejemplo a casos como el de la danesa Anja Lovén y su labor con los niños “brujos” abandonados en Nigeria. Desde esa realidad cruenta de tener que salvar vidas sin pérdida de tiempo: el “Y si nada nos libra de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida” de Javier Velaza.

Leído lo cual, y teniendo en cuenta el reciente caso de Mallorca, que ha prohibido dar limosna (el texto aprobado prevé la sustitución por una atención llevada por los servicios sociales), la filantropía pública, base de lo que hablamos, se haría cargo de los niños “brujos”, claro que sí, pero, si lo hiciera, ¿qué sabríamos de Anja Lovén a fin de cuentas? Nada. Y ahí está el problema. Desde Jesucristo, el primer buenrollista, hasta esta ciudadana danesa, pasando por Ángelas de la Cruz y Teresas de Calcuta, la nómina de los buenos conocidos (de los anónimos no hablamos) va paralela a la de reyes y emperadores, negreros y colonos sin escrúpulos. Y así está el mundo.

Nuestra ideología es una conformación mental entre el ojo y lo que se quiere ver. A los ojos de la solidaridad habría que preguntarles: solidaridad ¿con qué? Quien acoge a un sirio islámico, supongamos, mete en su casa un elemento feminófobo (tapadismo misógino o ginefóbico), cuando no yihadista.

Los bloques políticos son como equipos de fútbol susceptibles de percibirse de complejas maneras[1]. Quien dice fútbol, dice devoción a una imagen o dice empresa (ese empleado que, cuando hablamos con él, usa el plural mayestático como si él fuera empresa, aunque al día siguiente lo vayan a despedir). Occidente, igual. Occidente va desde Obama al último votante convencido. Y lo mismo que no existe el fenómeno Real Madrid, Gran Poder o Rocío sin base que lo apoye, Obama, la UE, la Otan necesitan afición, tropa, lo que admite Cruz Rojas, oenegés, buena gente sin fronteras. La cuestión es si los peones del tablero no están haciendo el juego a los reyes de la baraja para, al final, alimentar el fenómeno por dentro. Dice una seguidilla: A la orilla de un río / yo me voy solo / y aumenta la corriente / con lo que lloro[2], versión popular del Soneto 13 de Garcilaso de la Vega (1501-36):

A Dafne ya los brazos le crecían
y en luengos ramos vueltos se mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos qu’el oro escurecían;

de áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros que aun bullendo estaban;
los blancos pies en tierra se h[j]incaban
y en torcidas raíces se volvían.

Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol, que con lágrimas regaba.

¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,
que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón por que lloraba!

Pues eso, no lloréis. Pensad: otro mundo es posible sin niños “brujos” abandonados en Nigeria, sin que el amor nos salve, sin Anja Lovén y sin Obamas. Y, por supuesto, sin este artículo ni eLTeNDeDeRo. Espero hablarle a Dios un día.

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[1] Desde el lado económico, el deportivo, asociativo desde la grada, desde la tele, desde la simple simpatía, todo multiplicado entre los de arriba y los de abajo, denotaciones y connotaciones (el Barça: catalanismo; el Español: unidad de España) por edades, sexo y grados de implicación desde quien lava la bufanda y prepara el bocadillo hasta quien comparte sus colores en pareja o en familia; desde el hincha furibundo a quien calladamente celebra que ganen los suyos.

[2] Recogida en ElSobreHilado.

Teatro La Paz: La señora Tártara (1985)

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LA SEÑORA TÁRTARA

La señora Tártara, de Francisco Nieva, por Teatro La Paz (1985)

Arystón era un joven de 29 años en 1985, cuando Teatro La Paz de Valverde del Camino lo subió a escena. Entonces el personaje se debatía entre una realidad que no le gustaba y un deseo no aceptado de borrar con el pensamiento a quienes no soportaba, deseos que involuntariamente se vuelven en los poderes que encarna ‑como si Arystón le hubiese vendido su alma como al diablo‑ la Señora Tártara, la muerte, plasmación de las obsesiones y de los odios que van pasando por la cabeza del protagonista. Treinta años después, y ante la náusea que me provocan los telediarios con la terca complicidad del buenrollismo y de la solidaridad, me he imaginado que Arystón‑Tártara vuelve y anula con el pensamiento todo el horror y todo el buenismo que nos rodea.[1]

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La Tártara se estrenó el viernes 1 de febrero de 1985 en el entonces Cinema Valverde y se representó seis veces más: La Zarza (domingo 28 de febrero, Día de Andalucía), Nerva (jueves 7 de marzo), Sanlúcar de Barrameda (Palacio Municipal, viernes 12 de abril), Cartaya (jueves 25 de abril, II Semana de Teatro), Riotinto (jueves 9 de mayo) y Huelva Capital (Escuela de Verano, lunes 1 de julio), representación esta que resultó la mejor pues por falta de algún actor, ya entrados en vacaciones y medio dispersa la compañía, hubo que dar sus voces a un narrador, lo que aligeró la obra y la hizo más refrescante para el verano, aunque las muertes seguían siendo las mismas. Solo Leona y Arystón se salvan siempre. Solo el amor, al fin y al cabo.

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Daniel Lebrato

Eladio Ortiz

Eulogio Rabadán

Fernando Murillo

Francisco José Garrido

Isabel Rentero

Joaquín Romero

Juan Duque

Juan Martínez

Juan Senra

María del Mar González

Paco Romero

Pepa Arrayás

Ramón Picón

Sebastián Forero

Tere Duque Reina

visita a álbum de fotos La señora Tártara[1]

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LA ÚLTIMA PIRÁMIDE

La señora Tártara, de Francisco Nieva, por Teatro La Paz (1986)
Treinta años después, habla Arystón:

Fabricantes y mercaderes de armas, los más fe ardientes yihadistas (unos que viven de anticiparnos lo que será el infierno y otros que matan y mueren por no esperar el cielo que les tienen prometido), todos, todos, también yo, que les deseo la muerte, preferiríamos que no muriera nadie, preferiríamos no matar. Ocurre que razones ni buenos modos, nada, nada nos libra de quienes nos quitan la vida y nadie los cesa ni dimiten ni se jubilan ni se retiran. Que desaparezcan, entonces, es cuestión de justicia poética, legítima defensa, eutanasia universal. En defensa propia, y dado que esos tales, que presumen de democracia, jamás se presentan a reelección o, si se presentan, alguien podría hasta votarles, desde aquí deseo que se mueran, que se mueran, que se mueran sin dejar rastro ni descendencia, no digamos tiranos y dictadores, digo monarcas en ejercicio, militares en activo, mercenarios, soldaditos a sueldo o por la patria, presidentes, ministros, mandatarios, ejecutivos y portavoces de la explotación y el beneficio. Y deseo que se mueran junto al personal uniformado que tiene al mundo en su punto de mira o bajo su bota a lo que queda del hombre, si esto es un hombre, en hombres y en mujeres que por interés o simpatía los apoyan o los critican pero, en todo caso, los sostienen. Las víctimas de la ira se dividirán según la escala que regía en la corte del faraón del Antiguo Egipto. Será la última pirámide.