los nombres.

Tenemos con nosotros a Nihonio, Moscovio, Téneso y Oganesón, cuatro elementos químicos nuevos o recién descubiertos. Sus iluminados nombres recuerdan a Athos, Porthos y Aramis; D’Artagnan, el más feíllo. El Apocalipsis de San Juan nos presenta cuatro poderosas fuerzas que figuran ser cuatro jinetes: victoria, guerra, hambre o peste y muerte, sin más nombres. El caso es: ciencia, religión y literatura ¿tienen derecho al alfabeto (diría Valle: al neologismo y a la metáfora) y nosotros, no? Viene esto a cuento del lenguaje de géneros. Si en vez de reírse de él o menoscabarlo en sus fundamentos, el bando académico se hubiera puesto a colaborar, aportando los mínimos neologismos, nuevos usos y concordancias, hoy hablaríamos mejor y seríamos más felices. Lo que no cuela es la inmutabilidad del signo. Inmutables, sus señorías.

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