Quan creus que ja s’acaba

raimonalvent

Quan creus que ja s’acaba, torna a començar
Raimon, 1969

/ a quienes estuvistéis en Lebrato contra Lebrato /

Virtud de las canciones, de las poesías o de la literatura culta es dejarnos trocitos de texto (ser o no ser; elemental, querido Watson) que pillan vuelo al margen del contexto y de la intención del primer autor, frases que se hacen sentencia, proverbio o refrán. Sirvan de ejemplo cualquier tiempo pasado fue mejor, que está en las Coplas de Manrique, o versos de Luis de Góngora que no sabemos si eran refranes que él utilizó o si Góngora los elevó al refranero: ande yo caliente (y ríase la gente) o cada uno estornuda como Dios le ayuda. Esta vez yo acudo al catalán ‑cuando crees que ya se acaba, vuelve a comenzar– del cantante valenciano Raimon, por decir lo que duran los males que otras veces decimos: no hay mal que cien años dure. En realidad, Raimon puso letra y música a un miedo que teníamos bajo el franquismo: que a la hora más inesperada, a la madrugada, llamaran a la puerta y fuera la policía nacional o la Brigada Político Social, tema también de Elisa Serna en Esta gente que querrá, que llaman de madrugada. Raimon imaginó así la escena: Potser una nit /l’ascensor que sempre puja /es pararà al teu pis, /i tu i jo haurem d’obrir, /i jo i tu, impotents front a la nit, /haurem d’obrir: /aquesta vella, odiada nit. /Haurem d’obrir i no ho pots dir: /quan creus que ja s’acaba, torna a començar.[1]

Vuelta a empezar. El otro día llamaron a mi correo, a mi bandeja de entrada: –¿Qué te ha hecho tu madre para no verla?, cabrón. Solo un mal nacido hijoputa puede hacer esto y sigue escribiendo sobre un mundo mejor y más justo. Daniel, al paredón. Por cabrón. Egoísta naciste y egoísta y podrido por dentro te morirás. Además más solo que la una. ¡Buen futuro, querido hermano!

Lo cual entiendo reclamación de parte de mi madre, quien no me ha llamado ni ha venido a verme y a quien no debo visita ni llamada. Hace dos años mi madre acudió a una boda de un nieto consciente de que a mi novia y a mí, a su hijo Daniel, se nos había prohibido asistir. La prohibición fue ‑ella, testigo‑ a lo bruto y a lo fino. A lo bruto, mi cuñado y padre del novio me había amenazado: –Si apareces, 1/ te hincho a hostias o 2/ te parto la cara, tú eliges. Días después, el novio, mi sobrino, me volvió a echar, más finamente, de su ceremonia mediante 3/ la devolución de regalo ingreso en euros que habíamos hecho mi pareja y yo en señal de que ‑pasando por encima de las amenazas verbales de mi cuñado‑ no faltaríamos al feliz acontecimiento. ¿Feliz? Mi madre y mis siete hermanes[2] allá que fueron y yo pasé, de siete novios para siete hermanas, a solo en casa. Desde entonces, no hay herida abierta ni cerrada. No hay nada. Yo asumí mi culpa y cumplí mi pena. No he vuelto a tocar timbre, teléfono ni correo de las personas que estuvieron en aquel juicio. Por eso digo: esta gente, este hermano que por lo visto habla por boca de mi madre, ¿qué querrá?, que llaman de madrugada. Quan creus que ja s’acaba, Danielito, torna a començar.

[enlace a Lebrato contra Lebrato.]

[1] Quizá una noche el ascensor que siempre sube se parará en tu piso, y tú y yo tendremos que abrir, y yo y tú, impotentes frente a la noche, tendremos que abrir: esta vieja, odiada noche. Tendremos que abrir y no lo puedes decir: cuando crees que ya se acaba vuelve a empezar. Lo de no lo puedes decir, cuando es lo que se te ocurre decir, hay que entenderlo en el sentido de no hay palabras: te espera el miedo a la tortura: paliza, descanso, y vuelta a empezar con otra paliza.

[2] El texto se ajusta al español de la e, reducción de a/o.

 

Lo que sucedió en tres meses en la vida de la familia Lebrato, de julio a octubre de 2014, fue un proceso de intoxicación informativa colectiva con resultado de pánico, acoso y expulsión. Los hechos se resumen así: 

1º    En una familia numerosa, va a haber dos bodas de dos sobrines en tres meses.

 

2º    Equis, el hermano mayor delicado y pejiguera, salió de la fiesta de la primera boda quejoso de unas faltas de respeto hacia él por parte de unos parientes menores de edad que le habían hecho sentirse incómodo.

 

3º    Confidencialmente, equis transmitió sus quejas a sus hermanes, padres madres de los menores. La sobrina‑novia y la hermana‑madrina de la primera boda debían quedar expresamente al margen, no tenían nada que ver.

 

4º    Alguien rompió la confidencialidad, y la queja llegó a la segunda familia, que buscará el mínimo pretexto para sacar a Equis de la lista de invitados. Intoxicación, pánico, acoso y expulsión.

 

Ingredientes adicionales. La primera boda fue una boda básica tipo Izquierda Unida; la segunda, iba a ser más costeada y tipo PP.

 

 

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