ELOGIO DEL TEXTO Y DEL COMENTARIO DE TEXTO

juan_de_la_cruz

glosas (2)
ELOGIO DEL TEXTO Y DEL COMENTARIO DE TEXTO
–El caso de San Juan de la Cruz (1542‑91)

 

  1. En una noche oscura
    con ansias, en amores inflamada,
    ¡oh dichosa ventura!
    salí sin ser notada,
    estando ya mi casa sosegada.
  2. A oscuras, y segura,
    por la secreta escala disfrazada,
    ¡Oh dichosa ventura!
    a oscuras, y en celada,
    estando ya mi casa sosegada.
  3. En la noche dichosa
    en secreto, que nadie me veía,
    ni yo miraba cosa,
    sin otra luz y guía,
    sino la que en el corazón ardía.
  4. Aquésta me guiaba
    más cierto que la luz del mediodía,
    adonde me esperaba
    quien yo bien me sabía,
    en parte donde nadie parecía.
  5. ¡Oh noche que guiaste!
    ¡Oh noche amable más que la alborada:
    oh noche que juntaste
    Amado con Amada.
    Amada en el Amado transformada!
  6. En mi pecho florido,
    que entero para él sólo se guardaba,
    allí quedó dormido,
    y yo le regalaba,
    y el ventalle de cedros aire daba.
  7. El aire de la almena,
    cuando yo sus cabellos esparcía,
    con su mano serena
    en mi cuello hería,
    y todos mis sentidos suspendía.
  8. Quedéme, y olvidéme,
    el rostro recliné sobre el Amado,
    cesó todo, y dejéme,
    dejando mi cuidado
    entre las azucenas olvidado.

 

Glosar es también comentar palabras y dichos propios o ajenos, o sea, armar un texto sobre otro texto. Las glosas más famosas de nuestra literatura son las que hizo en forma de comentarios Juan de la Cruz, antes Juan de Yepes, a su obra en verso, esas declaraciones en prosa donde el buen fraile pide ser leído e interpretado a lo divino: Iglesia por la Amada y Dios por el Amado. Y con este prólogo: «Canciones del alma que se goza de haber llegado al alto estado de la perfección, que es la unión con Dios, por el camino de la negación espiritual.» Juan de la Cruz está proponiendo un gran mentira para salvar el pellejo pues, en tiempos de Inquisición, qué hacía un fraile como él escribiendo semejantes versos. Por seguirle el juego a su coartada, generaciones de estudiantes han padecido a profesores que les hablaban de las tres vías místicas cuando en realidad de lo que habla el poema es de una noche de amor en tres fases, como todas: antes (coplas 1‑4), durante (5) y después (6‑8) del amor. Dicho lo cual, el papel activo de la mujer, que es quien sale y va al encuentro, bebe directamente de El cantar de los cantares, frente a la lírica autóctona de las jarchas y las cantigas o canciones de amigo, donde quien sale y se mueve y va en busca de la mujer es el hombre. No es poco matiz. Claro que también al Cantar lo maquillaron sus puretas comentaristas a lo divino, glosa o traslado, negación también, de un texto humano, demasiado humano para los cándidos oídos de los reverendos padres, que salieron con la patraña de la vía purgativa, la vía iluminativa y la vía unitiva, que merecerían acabar en la judicial. Y, si no, que hubieran inventado el lenguaje ya divino de primeras y dejado en paz el pobre lenguaje humano, que era, después de Babel, el único que nos quedaba.


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