CARTA A UN SOLDADO

CARTA A UN SOLDADO

Antiguos alumnos y alumnas tengo en las fuerzas armadas. Como salida profesional. Debo ser mal profesor porque la última definición del ejército es la que me ponen la primera: la misión de paz y el servicio público. ¿Servicio?: el agente de tráfico, la socorrista, quien apaga un incendio, quien protege a menores o conduce ambulancias. Cuando el ejército se suma a esas tareas es por una emergencia de tal calibre, que estaría bueno que gente joven físicamente bien preparada no acudiera a remediar la catástrofe. Pero la tropa está de paso en las misiones humanitarias, como el administrativo de mi instituto cuando lo ponen de conserje, que se queja porque él no es conserje. Ustedes están en una institución que dispara, mata o destruye lo que le mande ¿quién? ¿La conciencia de ustedes?, ¿el cabo o el sargento?, ¿el general que jamás estará en la línea de fuego?, ¿el que caza elefantes o el que caza letizias?, ¿el Parlamento, esa clase política que todos cuestionan, menos ustedes?

A quien no obedecen ustedes es a las clases sociales más necesitadas, de las que, por cierto, proceden ustedes. Ustedes defienden intereses ajenos de una clase dominante que también domina Onu, Otan, el Ministerio mal llamado de Defensa. Si esos organismos fueran bienintencionados y la guerra no fuera un negocio capitalista, trabajarían por el desarme a nivel mundial. Desarmados también los países vecinos, no haría falta un ejército como se dice ahora, como fuerza disuasoria y garantía de la paz. ¿Se imaginan que el presupuesto militar revirtiera en gastos sociales? ¿Saben ustedes lo que vale una hora de vuelo de un señorito en su caza? ¿Lo que gasta el Sebastián Elcano con esos hijos de papá por ahí de crucero? ¿Decimos lo que cuesta a España Irak, Afganistán, pensiones de por vida, mutilados, medallas al mérito? Y todo para que el otro bando ponga una bomba que se lleve por delante, no a ustedes, que estaban en su cuartel, sino a indefensas personas que iban en el metro a trabajar. Recuerde Atocha, soldado. ¿O va a decir otra vez que a usted que le registren, que usted obedece órdenes? Tantas veces que les hablan los mandos del enemigo, y lo poco que saben ustedes del enemigo.

Han hecho de ustedes mercenarios, se dice de quien coge un arma por dinero. Trabajar por dinero no es deshonra, lo hacemos todos. El problema es con armas. Y qué decir del extranjero que sirve en las fuerzas españolas, ¿que España es su patria? Ya veremos, cuando el PP ‑como en USA‑ privatice el ejército, cuál es su patria: la empresa privada.

Para cualquier duda, consulten los libros de historia. Militares hubo al servicio del pueblo pero, de dos Repúblicas que tuvimos, una se la cargó el general Pavía y la otra el general Franco. ¿Hablamos de Primo de Rivera o del coronel Tejero? Y consulten ustedes las marcas proveedoras del ejército español. Verán que, de patente española, hay bien poco y que en caso de conflicto armado las patentes extranjeras, con darle a un bando repuestos y negárselos al otro, sin moverse de su despacho habrán decidido quién gana la guerra. ¿Les suena las Malvinas?

Ustedes, mi gente, no vinieron al mundo para marcar el paso, presentar armas, izquierda, derecha, hip árou, hip árou. Nada de eso, ni con balas de verdad ni de fogueo, les enseñamos en el colegio o en el instituto. Que hay que buscarse la vida, es lógico, pero no a cualquier precio. Habiendo fuerzas sociales y de progreso, ¿por qué a las fuerzas armadas?

Daniel Lebrato, 10 del 5 de 2012

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