El autobús

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Sin bajarse del autobús significa ganar un partido tan cómodamente que deja chico el ganar sin despeinarse, que ya era ganar. Distinto es rehuir el partido por miedo a perderlo, y vengan excusas y declaraciones. Sirva esto de entrada para los penúltimos encuentros sobre el sexismo en el lenguaje.

El 4 de marzo de 2012 el académico Ignacio Bosque, con 26 firmas más, publicó en el país un artículo que, en resumen, venía a desautorizar las guías prácticas de lenguaje no sexista elaboradas por sindicatos y distintas áreas de la mujer, entre ellas la Universidad de Málaga. Mes y medio después, el 25 de abril, Álex Grijelmo publicó en el mismo país otro artículo, conciliador, en el que concluye que los dos bandos actúan bien intencionados y los dos están comprometidos en la lucha por erradicar el sexismo, salvo que el bando criticado da prioridad a los significantes, y el bando crítico, de Ignacio Bosque y firmantes, básicamente la Academia, a los significados.

Para empezar, antes que las buenas o las malas intenciones está la profesión, que para eso nos pagan, y en materia de género la Academia ha mostrado ninguna profesionalidad. Contra sus hábitos y frente a la prisa con que admitió cederrón o azafato en el Diccionario, esta vez la Academia no ha hecho más que abstenerse y criticar. Y digo yo que lo suyo no es dar lecciones de lo malas que son las guías ajenas, sino dictar, como Academia, su propia Guía. Ésta sería un libro de estilo, obligado en medios oficiales (prensa, radio y tv), y un manual de uso para la mayoría, más allá de la vieja prevalencia del masculino sobre el femenino (ya que esa y otras prevalencias son parte del problema, no la solución) y por encima del yo no me siento excluida, cuando hay quien se siente excluida. De eso se trata: de mayorías y minorías. El lenguaje de género puede ser cosa de cuatro feministas, si usted quiere, jefe, pero no es efímero. Ha venido a quedarse y habrá que regularlo en un país donde por educación se visibilizan todas las minorías, donde procuramos no meter la pata en casa del cojo ni hablar de nuestra buena mano en la cocina del manco. Por educación lo hacemos, por contexto y situación, por derechos del receptor.

Con su tono conciliador, quizás Álex Grijelmo le esté echando un guante al bando crítico, que se declara, por supuesto, partidario de la plena igualdad. Al seguir al pie de la letra a Ignacio Bosque y compañía, es como si les dijera: a ver si es verdad. Porque en su sano juicio (de Salomón), Grijelmo distingue a la verdadera madre (la que sufre prejuicios y perjuicios, techo de cristal y pegajoso asfalto) de la madre falsa que, por supuesto, está por la igualdad, faltaría más: todos reconocen el sexismo pero nadie se reconoce sexista.

Dicho lo cual, el artículo de Álex Grijelmo cae en la deformación profesional del lingüista que no ve más que lingüística por todas partes. Como si no influyeran la acción educativa y la acción política. Como si el psoe no hubiera firmado, con una mano, un Ministerio de Igualdad y, con la otra, alianzas con culturas, civilizaciones y Estados que tratan vejatoriamente a sus mujeres. Como si Cospedal o Esperanza Aguirre fuesen a borrar las diferencias entre ellas y sus criadas.

Las palabras entran en sociedad por mecanismos que no explica el Triángulo de Ullman, de significante, significado y referente. Hay triángulos con vértices en la política, la prensa y la enseñanza, que hacen maravillas: libertad o democracia son ‑como Dios‑ conceptos que nadie ha visto y en los que todos creen, como en cultura, arte o derechos de autor, sin ponerlos en duda. Prensa y bipartidismo han pintado monárquico un país que no lo es y nuestras clases medias ‑que aprueban en Occidente o Constitución y suspenden en llamar al capitalismo por su nombre‑ sacan nota en su santidad, monseñor, su alteza o su señoría. Así que, claro que tenemos forma de cambiar muy rápidamente los significantes que usan millones de personas, sin contar propagandas ni tecnicismos de última hora. Memoria histórica o parienta un día vinieron, y se quedaron, y bastó un discurso de un ministro para que en tres telediarios pasáramos de crisis a recesión. Sin eufemismos.

Sin embargo, nos dicen: lo importante es cambiar la realidad (mujer, y nosotras sin saberlo). Otro día nos dijeron que lo importante es comunicar. Y si este lema no mejoró la comunicación (al revés: empezando por la ilegible caligrafía, desde entonces elevada a expresión de la personalidad), ahora los por supuestos pondrán todos sus medios (prensa, radio, tv) para que no cambie nada: ni la realidad ni el lenguaje.

Ni tontos ni marxistas, hagamos como en poesía, reino donde las cosas existen a partir de su nombre. Ya hemos purgado nuestra incultura por una vez que alguien dijo miembros y miembras. Tampoco arquitecto tiene femenino etimológico (no cabe *-tecta, techa), y el drae admite arquitecta. De tal manera, digamos los femeninos que hagan falta, alto y claro lo que pasa, y que les vayan dando a la gramática y a la etimología.

Quien creó el área de Igualdad y Coeducación ‑esos insignificantes‑ olvidó que sin igualdad no hay coeducación y que igualdad y coeducación se llevan mal con colegios religiosos y con muchachas tapadas. Por ahí les viene el miedo: no vayan a salir a campo abierto Iglesia y monarquía, civilizaciones y culturas que tienen mucho que perder si se bajan del autobús.

*Ignacio Bosque, Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, El País, 4 mar 2012

*Álex Grijelmo, Cambiar las palabras o cambiar la realidad, El País, 25 abr 2012

*El Coeducón, http://elwoman.wikispaces.com/

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