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el último de la clase.

Profesor Lebrato con Manolo Vilima en BN

Que me perdonen las señoritas en edad de crecer o de estudiar. El último de la fila o El último de la clase ha sido siempre él, género macho macho, o Machu Picchu, sin coeducación ni inclusión de sexos posible.

Se es el último de la fila o el último de la clase cuando, varón varón, eres el más bajito o el peor clasificado. O cuando, al inicio de curso y al llegar al aula, y antes de que te pasaran lista y te sentaran por orden alfabético (a mí me tocaba siempre un León que ponía espanto al poca cosa Lebrato que yo era), en ese momento, digo, de marcar distancias frente al profesor y a la tarima (a donde solo se acercaba la despreciable y pelota escala de alumnos de salivilla, esa que quería ser primera en tomar apuntes, en levantar el dedo cuando algo sabía o en promocionarse saliendo a la pizarra) sentías el orgullo crack de creerte el último borrón de la enseñanza franquista.

La diferencia entre el último de la fila y el último de la clase es más bien sutil, aunque Google lo tiene claro: 437.000 a 4.390.000, diez veces más gugles a favor de el último de la clase.

El último de la fila podía ser el escaqueador, ese que no quería –por un día que venía a clase– ni que lo vieran o, peor, el señalado por algún defecto físico: ser un watusi o gigante que tapaba las vistas a los demás pupitres.

El último de la clase, en cambio, era un voluntariado anti sistema, una Liga de los Sin Bata (El Perich), una especie de ultrasures que añadían a la bancada del fondo una mística traída de las salas de cine, donde atrás se fumaba y se ligaba mucho más, y era el sitio de los rebeldes sin causa y de los cinema paradiso. Si además seguías la lección y hasta sacabas nota, era como una justicia poética de los últimos serán los primeros del Sermón de la Montaña.

El 23 de julio de 2019, @manolovilima, Manolo Velardo, publicó una foto a dos con Daniel Lebrato de pareja en la pasada Feria de Abril (pasada y última, de momento, pues de la Feria 2020 no tenemos noticia). A pie de foto decía:

–Con mi amigo el profesor Lebrato.

Y yo contesté:

–Con mi amigo Manolo Velardo.

La amistad puede ser un photoshop, si la foto es guapa, y aquel hombre, que en Zafarrancho Vilima hacía el papel de brutamonte frente a zafarranches más sutiles; aquel que casi presumía de, a fuerza de coscorrones, haberse hecho a sí mismo (self made man, antes que selfi); aquel que aprendió los números romanos por el XXIII de la barriada Juan 23; aquel que había sido portero de discoteca antes que fraile, y que no tenía reparo en contarte las veces que había bordeado el lado oscuro; aquel a quien nunca di clases me honraba con su amistad.

Manolo Velardo, ¡presente!, era, sin duda, el último de la fila, el último de la clase.

Profesor Lebrato con Manolo Vilima