Etiqueta: José María Conget

AGOSTO para leer.

agosto

Dado que ninguna editorial se interesa por lo que uno escribe, tengo que ser yo ‑como Lázaro de Tormes o como Juan Palomo‑ quien haga de editor, narrador, protagonista, autor y publicista. Para cuya vanidad, me dije: si uno recomienda los estrenos de sus amigos (los dos más recientes: Salvador Compán y José María Conget), ¿por qué no publicar tus propias novedades? Pues novedad es autoantologarse,[1] ir quitando de cada libro lo que menos pesa y lo que hacía los libros más pesados.

Ligerito, pues, de algún verso de más y de alguna torpeza suelta, os doy Agosto, el diario más o menos poético de un zángano en vacaciones, escrito entre Fuenteheridos‑Sierra y Sanlúcar‑Mar, Sevilla al fondo, cerrando el Triángulo Montpensier de la Buena Vida que me procuro siempre en vacaciones. Noli me tánguere, que me tango yo solo. Que ustedes lo pasen bien y a Dios.

[1] Advierto que el DLE no reconoce antologar, sino antologizar. antología viene del griego ánthos, que significa flor y lego, yo cojo, yo recojo. Por tanto, no hay ninguna razón contra el verbo antologar, regresivo de antologizar, de la cual palabra podríamos decir lo que se dice de ofertar, que es una derivación del sustantivo oferta que usurpa la casilla del verbo ofrecer, que antes estaba. La duplicación antologizar es similar a la que se da en amplificar, que no es mejor que ampliar, o que gasificar, horrible verbo tan horrible como gasear. Antologuemos, pues, y que antologice la Academia lo que ella quiera.


Congé de Conget.

Conget Confesión generalconfesión general (acrónimo: congé) llama la Iglesia a la de todos los pecados a lo largo de toda una vida. En literatura española, confesiones generales, la de Ana Ozores, La Regenta, y la de Ángela Carballino, en San Manuel Bueno, mártir. La Regenta estaba mal, hizo confesión general y acabó fatal. Ángela Carballino, de Unamuno, a modo de confesión nos cuenta el secreto que le contó su hermano del secreto de don Manuel (muy sencillito todo), a quien no sabemos si la Iglesia acabó elevando a los altares (del Don al San). Confesar, se confiesa lo personal que avergüenza y nadie sabe. Contra eso, el Confieso que he vivido, de Neruda, que da la vuelta al pecado, raíz y fuente de la mala conciencia. De esa estirpe, vitalista y no renegrida, es Confesión general de José María Conget, libro recién publicado, con diez relatos como los diez mandamientos.[1]


Queden ustedes con tres cosechas propias que tienen que ver con la confesión y la comunión y que eLTeNDeDeRo dedica a la congé de Conget.


Confesión general. En La Regenta, Clarín presenta primero al halcón, Fermín de Pas, y luego a su presa, Ana Ozores, que afronta como paloma una confesión general. Si será sutil el hilo de su conciencia, que antes de la confesión Anita estaba limpia de pecado y después de la confesión ya ven, adúltera y medio muerta de asco, náusea y vergüenza. En cambio si te confiesas bien te irá fenómeno. Ya puedes ser el abominable hombre de los crímenes, estuprador de querubines, coleccionista de pecados nefandos y contra natura. Todo está en ir apuntando nombres y circunstancias, y en decírselos al cura sin callar ninguno. Que el primer crimen, la primera culpa, como el primer amor, nunca se olvida, pero luego le vas cogiendo el tranquillo (que viene de tranquilo, illo) y puede que vayas al páter y no te acuerdes de qué tenías que confesarte.[2]


ABADÍA DE CÓBRECES (2002)
leyenda infantil del confesor sordo

Un criminal cristiano,
arrepentido
de haber tirado al monte
mujer e hijos,
se confesaba
con el padre Patricio,
que era de Irlanda.
Por toda penitencia,
salió diciendo
un par de avemarías
y un padrenuestro.
(Más que irlandés,
era tapia aquel fraile
como un bedel.)
Pederastas, zoofílicos,
putas y chulos,
chorizos y banqueros
de todo el mundo
mirando al mapa:
–¿Dónde?, ¿Dónde está Có-
breces, Cantabria?
Al poco, en la abadía
creció el negocio,
con buena bolsa vienen
dejando el óbolo.
Y a tantos hombres
encienden las beatas
cirios de noche.
Abajo, en Satanasa,
Poncio Pilato,
que quiere nuevo juicio,
revuelve el patio:
–¿Veis, compañeros?
Las manos tengo limpias
y aquí me veo;
en cambio, si confiesas
tu horrible crimen
con ese fraile que
no puede oírte,
nada que reces,
y te limpias de sangre
sin detergente.
San Pedro, que lo supo,
echó sus cuentas:
–¿A tanto pecador
la puerta abierta?;
esto es un chollo,
mejor mandarle un flato
al fray don sordo.
El abad con el duelo
reunió a su trapa:
–Hermanos: ¡Al confeso-
nario sin guasa!,
que aquí al que peque
le caerá penitencia
con intereses.
Se quedan las beatas
sin criminales
doblando sus braguitas
nuevas de encaje.
Patricio, el pobre,
le pusieron los ángeles
un sonotone.
[3]


Por último, habla la criatura comulgante. Recuerden la que nos daban los curas con cómo había que hacer la sagrada ingesta.


PRIMERA COMUNIÓN

Con habilísima lengua,
recibir tu candoroso
centro, frágil pan de un alba en
mi saliva, hacerte mío en-
tonces, mío. Asegurarme
que ha conseguido no herir-
te mi torpe dentadura,
que mi paladar es leve
cielo al gusto tuyo, como
de algodón mi garganta hasta el
suspense del nunca visto y
más sublime trago. Cuerpo
de Cristo, escuela de amor
única.
[4]


[1] Charo Ramos entrevista al autor en La madurez de Conget.

[2] Tinta de calamar (2014)

[3] Abadía de Cóbreces (Blogspot, 2002)

[4] ¿Quién como yo? (1996)

cantar y contar (con Salvador Compán).

El-hoy-es-malo-pero-el-mañana-es-mío

(Artículo de Alejandro Luque, pinchando aquí.)

(Salvador Compán entrevistado por Jesús Vigorra en Canal Sur, pinchando aquí.)


cantar y contar. Por alguna razón ‑bastante obvia‑, la poesía es género de adolescencia y juventud, y la prosa se alcanza con los años. Es lo que vimos en Antonio Machado. El mito está en morir joven quien los dioses aman dejando una obra única. O la chulería de Arthur Rimbaud, quien abandonó la literatura a los 19 años. Entre mis amigos, el camino verso prosa, de poetas novelistas, lo han andado Juan Cobos Wilkins (1957), J.J. Díaz Trillo (1958) o Manuel Moya (1960). A su lado tengo quien no se movió de la prosa, novelistas o cuentistas, como José María Conget (1948), Salvador Compán (1949), Juan Villa (1954) o Hipólito G. Navarro (1961). Mi conclusión provisional es: aunque el poeta se vista de novelista o dramaturgo, poeta se queda, lo cual no es ni un mérito ni un demérito, sino una marca de agua. Y entiendo cuando se habla de narradores de raza. Véanlo, si no, en la última novela de Salvador Compán, El hoy es malo, pero el mañana es mío, que vivamente les recomiendo. Con novelas así, diga usted ahora que la novela está muerta.

Salvador Compán

(Artículo de Alejandro Luque, pinchando aquí.)

(Entrevistado por Jesús Vigorra en Canal Sur, pinchando aquí.)