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flamenco fusión Bécquer.

Bienal 2020

En España covirus está haciendo falta una ley para la recuperación de espectáculos y eventos culturales. Demasiado hemos visto con tal de salvar taquilla y turismo: entidades convocantes, con ánimo de lucro, juegan a que lo suyo va a tener lugar sin duda alguna (desde Semana Santa en marzo, hasta las Carreras de Caballos en Sanlúcar en agosto), para desconvocar a última hora, así el daño engaño al sector, parece que no lo fuera.


flamenco fusión Bécquer.

Antes de la Bienal, lo que sabemos de los Bécquer, juntos o separados, Gustavo Adolfo y Valeriano, pone en evidencia la sociedad cultural que se esfuerza en levantar pretextos o conceptos interesados. Por bienal se entiende “cada dos años”, con lo fácil que sería pasar al tres, a la espera del año que viene, sin pandemia. En Bécquer -uno a uno o dos a dos- luchan Andalucía y Castilla, el gusto por lo popular, más la confusión de lo tradicional con el tradicionalismo de la España más conservadora. Y en la universidad, cuele o no cuele, te harán pasar por flamenco lo que es, métrica y temáticamente, género del viejo arte menor o, dicho en simple, poesía popular española en castellano, lo que se dice pronto pero, amigo, defina usted ahora lo que es, forma y expresión, poesía popular.

El flamenco es eso que, cuando suena auténtico, no puedo verlo y, cuando puedo verlo, deja de ser auténtico. Y es que payo y gitano son mundos en gran medida irreconciliables, siendo lo gitano el término marcado (discriminación positiva) y el resto, payos por contraste o por defecto; oposición que, primero, se pone al servicio del purismo y, después, se vende en bandeja de interculturalidad o de fusión más allá de la madre original, que fue siempre el flamenco como fusión de lo gitano y morisco con lo andaluz.

Para que se hagan una idea, el flamenco fusión, en uso desde los años 60, arroja 8.140.000 resultados en Google, frente al flamenco puro, que solo aparece 118.000 veces (aunque es verdad, pensarán ustedes, que la pureza empieza por no volcarse tanto en Internet). En Google Libros, el flamenco fusión alcanza 7.220 resultados, con muchos títulos en inglés.

El flamenco fusión rock (o rock andaluz) aparece 13,3 millones de veces. El flamenco pop: 8,75. El fusión jazz: 6,11. El flamenco punk: 3,35. El fusión rap: 2,57. El flamenco soul: 1,79. El fusión salsa: 1,16. El flamenco chill out: 387 mil. El fusión árabe: 363 mil. El flamenco samba: 211 mil. El flamenco sinfónico: 305 mil. Y con música clásica: 197 mil. Ahora nos vienen con la fusión flamenco Bécquer.

flamenco Bécquer arroja 688.000 resultados en Google, incluidas entradas donde flamenco hace alusión al Flandes del apellido Bécquer, y descontando las veces que flamenco y Bécquer anuncian algún acto relacionado con Fitur, con la Bienal, con Cicus o periferias o anuncios similares en la cartelería y oferta de ocio que dan por hecho el evento:

En 2020 se cumplen 150 años de la muerte de Gustavo Adolfo Bécquer, del “fin de los días del padre de la poesía española contemporánea”, escribe una pluma cursi, “por lo que la Bienal estará dedicada a tan insigne poeta”.

Anunciado lo cual, les puedo asegurar que la fusión está traída por los pelos, y eso en dos maneras: por un lado, se hace flamenco o gitano lo que en los dos Bécquer hubo de gusto o curiosidad -también encargos, que cobraban- por estampas de lo castizo o popular (folclore o costumbrismo, a fin de cuentas) y, por otro, se populariza o se hace castizo lo hondo, o jondo, que caracteriza y define el flamenco. Así sí. Así cualquiera.

Desde García Lorca y el primer Concurso de Cante Jondo (Granada, 1922), lo hondo casi está desaparecido (hondo, en cante: 373 mil gugles; en baile: 156 mil; en toque: 1.800). El flamenco no muere, es cierto, pero da la impresión de que, como el cristianismo de ¡Cristo vive!, el truco consiste en servir a muchos amos a conveniencia de un mercado. Dicho en Antonio Machado: No puedo cantar ni quiero a ese flamenco chusquero sino al que anduvo en el bar.

Cuando intentamos pasar desapercibidos en sitios populares que no son nuestros (por aquello de que el flamenco, cuando lo veo y me ven, deja de ser auténtico), se nos viene a la cabeza La venta de los gatos (1862), de Gustavo Adolfo Bécquer.

Bécquer se extrañaba de sí mismo -el poeta y dibujante, el residente entonces en Madrid- en aquella venta entre Sevilla y San Jerónimo, antes y después del cementerio de San Fernando (1853):

«Imaginaos este paisaje animado por una multitud de figuras que canta entornando los ojos y acompañándose con una guitarrilla, mientras otros llevan el compás con las palmas o golpeando las mesas con los vasos, que tocan la pandereta y chillan y ríen, y los mozos que van y vienen con bateas de manzanilla y platos de aceitunas, y el aceite que hierve y salta en la sartén donde fríen el pescado; ruido de cantares, de castañuelas, de risas, de voces, de silbidos y de guitarras, que forman una alegre algarabía imposible de describir. Figuraos todo esto una tarde templada y serena que fui a visitar aquel célebre ventorrillo. Yo estaba allí como fuera de mi centro natural: todo en mi persona disonaba en aquel cuadro. Pareciome que las gentes volvían la cara a mirarme con el desagrado que se mira a un importuno.»

Cerrando cada uno de los dos tiempos de La Venta, engarza Bécquer dos coplas o cantares que él, como narrador, dice haber recogido en boca y guitarra del hijo del ventero enamorado de Amparo: quien “más bonita era que la Virgen de Consolación de Utrera”; amores que acabaron, en la segunda parte, a juego con el cementerio: «En el carro de los muertos, ha pasado por aquí. Llevaba una mano fuera. Por ella, la conocí.»

Admiración y extrañeza, la de Bécquer en la venta, que debió ser igual a la del folclorista Demófilo, nacido en Santiago de Compostela, pateando tabernas y cafés cantantes de la Alameda detrás de su colección de Cantes flamencos, publicada en 1881. Ahí brilla con luz propia esta seguidilla gitana, llamada así por el madrileño y amigo de Bécquer, Augusto Ferrán, quien, como a una huerfanita, la recogió en La soledad, de 1861: «Yo no sé por dónde, al espejito donde me miraba se le fue el azogue.» (Yo no sé por dónde, lo flamenco donde me miraba se le fue el cante y el baile y el toque.)

Benito Moreno (muerto en Sevilla el 8 de mayo de 2018) en su disco Me han quitado lo bailado, que el pintor y cantautor grabó en 1999, incluye una canción, Flamenco confusión, que en tres minutos nos despacha su punto de vista contra la fusión. Diferente piensan concejalías de fiestas mayores y cultura que, a los pies de la ciudad turística, necesitan del flamenco como necesitan de los Toros, de la Feria o de la Semana Santa; eventos y más eventos pomposamente llamados tradicionales. Y diferente piensa el artisteo flamenco, necesitado de tratos y contratos. Por lo demás, no se preocupen. Sanidad y fuerzas del orden velarán que máscaras y normas de distanciamiento social no perjudiquen el evento, y porque camino de la Bienal no le arranque “un tironero un brazo a un extranjero”… comillas de Benito Moreno para otro espacio mítico, adonde iremos mejor que al cementerio, mejor que a la Venta de los Gatos y mejor que a la Bienal con mascarilla: al Rinconcillo.

Daniel Lebrato

Nota del día. 22 de julio. Entrando en la página [a-la-venta-las-entradas-de-la-bienal]

http://www.labienal.com/noticias/a-la-venta-las-entradas-de-la-bienal

la respuesta es como la San Miguel: cero cero.

Letra de Flamenco fusión, de Benito Moreno[1]

[1] «Flamenco fusión. Flamenco confusión. Flamenco infusión, desilusión. Flamenco oración de Montesión. Flamenco saetero de barrio de salero que vive y que se mueve en medio el Jueves. Luego la primavera la sangre hortera, flamenco clavellina de carne de gallina. Flamenco caduco, de repeluco. Flamenco calentito de señorito de cuernos y ojana hasta la mañana. Carmen de Mérimée, flamenco en francés, de élite, muy caro, chunguísimo, claro, y, del cuplé, no sé, no sé. Hay mucha faraona y mucha tetona y, de tanto jipío, yo paso, tío. Guitarra de alegría, Paco de Lucía, de guerra y de paz y mucho compás. De una mina de La Unión, el Camarón, garganta de fragua de acero y agua; me gusta lo largo que canta, y lo amargo. ¿Filarmónica de Londres? ¡Venga ya, hombre! En la Universidad lo matan de verdad. El jazz flamenco es el más penco. Con saxo y violín se llama a un flamenquín, flamenco que se pasa, colega, y hay guasa. Cuántas voces gitanas echaron de Triana, que dejaron el río que temblaba de frío, a las Tres Mil: flamenco de candil. El flamenco es arte y vive aparte: flamenco oscuro sin tabaco y sin un duro.»



cañas y cañas.

bastón de caña

corto de 4:46
CAÑAS & CAÑAS

El latín canna, del griego kánna, caña, junco, flauta pastoril, barca de cañas o de juncos y utensilio no bien conocido, es palabra madre de familia numerosa en español, origen de caña, cañada, cañaílla, cañar, cañavera, cañaveral, cañizar o cañizal, caño y sus derivados de fontanería, cañón y los suyos de artillería. Con sonido de ene simple, [cana] (nada que ver con cano,a que es color blanco), da canal, canela, canuto y, lo más divertido, canon, por asociación de la vara de caña con la vara de medir, con los significados de regla o precepto, catálogo o lista, modelo perfecto, regla de las proporciones, cantidad periódica que hay que pagar, cuerpo de letra de 24 puntos o, en música, composición que va añadiendo voces, repitiendo o imitando cada una el canto de la precedente. Derivadas de canon son canónico, canónigo, canonjía y canonizar. O sea, partiendo de la humilde caña del campo hemos llegado a los altares de las bellas artes y de la religión tenida por verdadera, pasando por la caña de vidrio o vaso cilíndrico y ligeramente cónico que se usa para beber vino o cerveza, continente y contenido, de manera que en los bares se pueden contar las rondas por tres, cuatro o hasta la media docena de cañas de manzanilla, como las que se echaba, por no negar su tierra de Sevilla, don Manuel Machado. De tan amplia descendencia como deja caña, la peor es encañonar y, la más sonora y literaria, cañavera o cañaveral.

 

Visto lo que tiene caña con vara de medir, no es de extrañar que una caña se presente como la caña vera, la medida de verdad, la fiable en los tratos. Quizá por eso, los príncipes gitanos, gente metida en ferias y en jerarquías, adoran las varas de caña (las que se me han extraviado en un descuido, estoy seguro que han ido a parar a sus manos, sé que harán buen uso de ellas). Pero he aquí que el Etimológico de Corominas y Pascual da cañavera por variación de caña avena a través del portugués canavea, canavé, siendo avena mala hierba o mala caña en comparación con la caña de trigo, el cereal del pan. Final. Las cañas que no sirven para la comida, la bebida o la medida, sirven como bambú rígido y resistente como bastón de paseo o como bastón de andar, además del orgulloso bastón de mando y de la humillante vara de castigo. En poesía, nos quedamos con esta soleá de tres versos recogida por Fernández Bañuls y Pérez Orozco en La poesía flamenca, lírica en andaluz (1983):

En las cañitas verales
los pájaros son clarines
al divino sol que sale.

A mí, lo del divino sol me suena algo cursi tratándose de una imagen taurina donde valiente sol, o similares, daría más llana idea (y más laica) de la bravura del toro. Ya se sabe que todo en esta vida, también la poesía popular y este artículo, es discutible o mejorable.

La caña de paseo (medidas: del suelo a la palma de la mano) se vende en tiendas de sombrerería y complementos por menos de 10 euros. Hay que hacer que en la misma tienda la caña la corten a medida y, si en la tienda no, en una zapatería, hay que ponerle un fino taco de goma o cuero para apoyarla sin ruido. Es aconsejable un cinto o lazo de mano para llevarla en bandolera cuando vamos andando y para que no se nos caiga continuamente. Con ese invento, mis cañas montan conmigo en bici que da gusto.

Daniel Lebrato en bicicleta
la caña (negra) va ajustada a la barra de la bici, detrás el bolso serón

Otro día hablamos de la España cañí que no tendrá nada que ver pero se parece un taco.


–venta de cañas bambú: Sombreros Antonio García, Alcaicería, 25, La Alfalfa, Sevilla

–enlace al Retrato de Manuel Machado

–enlace a Copas y cañas (sobre los vasos)

–enlace a Autorretratos con bastón de caña

bastón de caña 2

/ a Antonio Narbona /

Flamenco confusión.

Flamenco

/ Machado, Bécquer y Benito Moreno /

El flamenco es eso que, cuando suena auténtico, no puedo verlo y, cuando puedo verlo, deja de ser auténtico. Y es que payo y gitano son mundos en gran medida irreconciliables, siendo lo gitano el término marcado (discriminación positiva) y el resto, payos por contraste o por defecto; oposición que, primero, se pone al servicio del purismo y, después, se vende en bandeja de interculturalidad o de fusión más allá de la fusión madre original, que fue siempre el flamenco: fusión de lo gitano andaluz.

Para que se hagan una idea, el flamenco fusión, en uso desde los años 60, arroja ocho millones 140 mil resultados en Google, frente al flamenco puro, que solo aparece 118 mil veces (aunque es verdad, pensarán ustedes, que la pureza empieza por no volcarse tanto en Internet). En Google Libros, el flamenco fusión alcanza 7.220 resultados, con muchos títulos en inglés. El flamenco fusión rock (o rock andaluz) aparece 13,3 millones de veces. El flamenco pop: 8,75. El fusión jazz: 6,11. El flamenco punk: 3,35. El fusión rap: 2,57. El flamenco soul: 1,79. El fusión salsa: 1,16. El flamenco chill out: 387 mil. El fusión árabe: 363 mil. El flamenco samba: 211 mil. El flamenco sinfónico: 305 mil. Y con música clásica: 197 mil.

O sea, desde García Lorca y el primer Concurso de Cante Jondo (Granada, 1922), lo hondo, frente a la fusión, casi está desaparecido (lo hondo, en cante: 373 mil googles; en baile: 156 mil y en toque: 1.800). El flamenco no muere, es cierto, pero da la impresión de que, como el cristianismo de ¡Cristo vive!, el truco consiste en servir a muchos señores, o señoritos, mediante respiración asistida y a conveniencia de un mercado y de unos intereses que poco o nada tienen que ver con el flamenco primitivo. Dicho en Antonio Machado: No puedo cantar ni quiero a ese flamenco teatrero sino al que anduvo en el mar. O en el bar.


Gustavo Adolfo Bécquer, el de La venta de los gatos (1862), se nos viene a la cabeza cuando intentamos pasar desapercibidos en sitios populares que no son nuestros. Bécquer se extrañaba de sí mismo -el poeta y dibujante, el residente entonces en Madrid- en aquella venta entre Sevilla y San Jerónimo, antes y después del cementerio de San Fernando (1853): «Imaginaos este paisaje animado por una multitud de figuras que canta entornando los ojos y acompañándose con una guitarrilla, mientras otros llevan el compás con las palmas o golpeando las mesas con los vasos, que tocan la pandereta y chillan y ríen, y los mozos que van y vienen con bateas de manzanilla y platos de aceitunas, y el aceite que hierve y salta en la sartén donde fríen el pescado; ruido de cantares, de castañuelas, de risas, de voces, de silbidos y de guitarras, que forman una alegre algarabía imposible de describir. Figuraos todo esto una tarde templada y serena que fui a visitar aquel célebre ventorrillo. Yo estaba allí como fuera de mi centro natural: todo en mi persona disonaba en aquel cuadro. Pareciome que las gentes volvían la cara a mirarme con el desagrado que se mira a un importuno.» Cerrando cada uno de sus dos tiempos en prosa, engarza Bécquer dos coplas o cantares que él, como narrador, dice haber recogido en boca y guitarra del hijo del ventero enamorado de Amparo, quien “más bonita era que la Virgen de Consolación de Utrera”; amores que acabaron a juego con el cementerio: «En el carro de los muertos, ha pasado por aquí. Llevaba una mano fuera. Por ella, la conocí.» Admiración y extrañeza, la de Bécquer en la venta, que debió ser igual a la del folclorista Demófilo, nacido en Santiago de Compostela, pateando tabernas y cafés cantantes de la Alameda detrás de su colección de Cantes flamencos, publicada en 1881. Ahí brilla con luz propia esta seguidilla gitana, llamada así por el madrileño y amigo de Bécquer, Augusto Ferrán, quien, como a una huerfanita, la recogió en La soledad, de 1861: «Yo no sé por dónde, al espejito donde me miraba se le fue el azogue.» Como ustedes saben, en flamenco, soledad es soleá o solear y, su plural, arrancarse por soleares.


Benito Moreno (muerto en Sevilla el 8 de mayo de este año) en su disco Me han quitado lo bailado, que el pintor y cantautor grabó en 1999, incluye una canción, Flamenco confusión, que en tres minutos nos despacha su punto de vista sobre la fusión: «Flamenco fusión. Flamenco confusión. Flamenco infusión, desilusión. Flamenco oración de Montesión. Flamenco saetero de barrio de salero que vive y que se mueve en medio el Jueves. Luego la primavera la sangre hortera, flamenco clavellina de carne de gallina. Flamenco caduco, de repeluco. Flamenco calentito de señorito de cuernos y ojana hasta la mañana. Carmen de Mérimée, flamenco en francés, de élite, muy caro, chunguísimo, claro, y, del cuplé, no sé, no sé. Hay mucha faraona y mucha tetona y, de tanto jipío, yo paso, tío. Guitarra de alegría, Paco de Lucía, de guerra y de paz y mucho compás. De una mina de La Unión, el Camarón, garganta de fragua de acero y agua; me gusta lo largo que canta, y lo amargo. ¿Filarmónica de Londres? ¡Venga ya, hombre! En la Universidad lo matan de verdad. El jazz flamenco es el más penco. Con saxo y violín se llama a un flamenquín, flamenco que se pasa, colega, y hay guasa. Cuántas voces gitanas echaron de Triana, que dejaron el río que temblaba de frío, a las Tres Mil: flamenco de candil. El flamenco es arte y vive aparte: flamenco oscuro sin tabaco y sin un duro.»

Diferente piensan las concejalías de fiestas mayores y de cultura que, a los pies de la ciudad turística, necesitan del flamenco como necesitan de los toros, de la Feria o de la Semana Santa, eventos y más eventos pomposamente llamados tradicionales. Y diferente piensa el artisteo flamenco, necesitado de tratos y contratos. Por lo demás, no se preocupen. Casi todo el papel de la Bienal está ya vendido a turoperadores y, gente y público de Sevilla, quedaremos como figurantes de un espectáculo rentable. Fuerzas del orden velarán por que no le arranque “un tironero un brazo a un extranjero” camino de la Bienal. Las comillas son de Benito Moreno para otro espacio mítico, adonde iremos un día de estos mejor que al cementerio: El Rinconcillo.

Daniel Lebrato [eLTeNDeDeRo] para TeVeo, 2018.


 

Omega.

omega-cartel

Ya no recuerdo si yo regalé el disco a mi hijo o si mi hijo me lo regaló a mí. Fui a Omega como quien va a un musical (el documental habla, el musical canta, toca y baila, escenifica). En un momento dado, muchos, según avanzaba la película, llegó a molestarme tanta palabra. Yo quería oír y ver Omega en directo, Omega en estudio, inéditos y tomas falsas de Omega, las pistas extras (o bonus tracks). No pudo ser. A ver si el equipo se anima y hace de Omega, el disco, lo que se hace con estrenos de ópera y con conciertos que marcaron época o tendencia: una grabación (sobre una grabación) histórica.

Leído en Tinta de calamar (2014):

TdC-717: El último vals (The last waltz, 1978), de Martin Scorsese, es una película o documental musical de 117 minutos, con Eric Clapton, Neil Diamond, Bob Dylan, Emmylou Harris, Van Morrison, Ringo Starr y Neil Young, entre otros, quienes participaron en el último concierto del grupo de rock The Band, dado en San Francisco en noviembre de 1976. Pero el último vals fue en realidad pequeño y vienés, Take this waltz, canción de Leonard Cohen, de su álbum I’m your man (1988), adaptación del Pequeño vals vienés de Federico García Lorca, a quien Cohen admiraba tanto, que su hija se llama Lorca. Ocho años después, la canción de Leonard Cohen fue interpretada por Enrique Morente y Lagartija Nick en su álbum Omega (1996 y 2008). Dice Albert Lladó que Morente sabía que juntarse con un grupo de rock indie podía afectar a su carrera. Lorca no era nuevo en el flamenco. Estaba el Lorca claro de La leyenda del tiempo de Camarón, de 1979, y Morente iba a atreverse con el Lorca más oscuro. Por el flamenco corrían tiempos de fusión y lo de más era mezclar flamenco y rock. Lo de menos, llegar a un acuerdo con Leonard Cohen. Había por medio un batiburrillo de derechos de autor, familia Lorca al fondo. En 1993 Enrique Morente y Leonard Cohen quedaron en el hotel Palace de Madrid. Ni Cohen hablaba español ni Morente inglés, pero hubo química. Omega iba creciendo. El cantaor llamó a los mejores, Vicente Amigo, Cañizares, Isidro Muñoz, Tomatito, y a su hija Estrella. Yo estaba loca por llegar a casa, soltar la carpeta, sentarme a la chimenea y escuchar qué se le había ocurrido esa tarde a mi padre.

TdC-720: Alberto Manzano, escritor y traductor de Leonard Cohen al español, se sintió frustrado cuando vio que Morente hacía con sus textos lo que le daba la gana. Mis adaptaciones las cambió a su antojo in situ, sin consultarme. Enrique Morente Cotelo (1942-2010) no era cualquiera. Se había ganado el respeto de los puristas y había impartido conferencias en la universidad. Omega no es un trabajo que busque la belleza blanca y unidireccional, lo estético por lo estético. Es un canto a los muertos, un réquiem que sangra modernidad que nos lleva al Lorca más jondo. El guitarrista Juan José Suárez, Paquete, recuerda que el maestro le preguntó qué le parecía el disco y que, al contestarle Muy bonito, el cantaor replicó Yo no quiero que sea bonito. En plena grabación murió la madre de Morente y el hijo entiende que Omega, poema para muertos, dará título al álbum, que será un canto a los que ya no están. Se cayeron las estatuas al abrirse la gran puerta. Además de Take this waltz, en Omega hay otras tres canciones de Leonard Cohen. First we take Manhattan, Priests y Hallelujah. Que me perdone Ana Belén, que también cantó el vals, pero cuando escucho Omega tengo que ponerme gafas de sol. Poema de ida y vuelta, de Nueva York a Granada, de Granada a Montreal y de Montreal otra vez a Granada, Pequeño vals vienés lo escribió Lorca el 13 de febrero de 1930. Morente murió el 13 de diciembre de 2010. Porque te quiero, te quiero, amor mío, en el desván donde juegan los niños.

omega

flamenco

Flamencofoto:http://www.zbrushcentral.com/showthread.php?187934-Flamenco

UNA MUCHACHA MUERTA
(LOS ESPACIOS DEL FLAMENCO)
–Fogatas, cafés cantantes, festivales, peñas, teatros y ambulantes–

Donde pisa la cultura no crece la hierba.
(Martín Calamar, Atila)

El flamenco, ¿dónde iremos a buscarlo? El flamenco murió el día que el hombre blanco lo llamó cultura y espectáculo y le puso cátedras, conservatorios y bienales, hasta declararlo la Unesco patrimonio cultural inmaterial de la humanidad en 2010. El flamenco fue siempre fusión, lo gitano‑andaluz, y murió cuando lo gitano se dejó fagocitar por lo andaluz sin tener resuelta su identidad de raza y de espacios propios, para después emerger como orgullo gitano (tipo Cigala o Farruquito) donde ser gitano es ya una marca registrada. El flamenco de hoguera o de arrabal, hoy en las Tres Mil, debió ser inaccesible para el señorito. Testimonio de Gustavo Adolfo Bécquer en La venta de los gatos (1862): «Yo estaba allí como fuera de mi centro natural: comenzando por mi traje y acabando por la asombrada expresión de mi rostro, todo en mi persona disonaba en aquel cuadro. Pareciome que las gentes volvían la cara a mirarme con el desagrado que se mira a un importuno.» Para evitar esa extrañeza, el señorito se trajo el flamenco a su terreno, a la ciudad, y fueron los cafés cantantes, desde mediados del siglo 19. En el café cantante hay ya tablao, escenario y servicio de barra. El señorito se gasta la estética de convidar y de ir marcando el compás con los nudillos sobre la mesa. Marca también a la gitana ‑tal vez, gitano‑ que se exhibe para él, que es quien paga las copas y perita la mercancía antes del reservado o de la habitación donde el señorito a la gitana ‑como a la criada, en casa‑ se la tira, ¡vaya si se la tira!, equivalente varonía a la que, por el Rocío, denunciará Alfonso Grosso en Con flores a María (1981). Vázquez García y Moreno Mengíbar han puesto en orden, ya que no en limpio, ese mundo de cafés cantantes, donde no faltaron el pecado nefando y la pederastia, con clientela mezcla de gente bien con gente del barrio (Poder y prostitución en Sevilla, 1995). Esa Alameda ya no existe, pero su sombra es alargada, tablaos flamencos que continúan. El espacio más equilibrado para el flamenco han sido y son, sin duda, las peñas flamencas, desde mitad del siglo 20, consecuencia de un fenómeno anterior: los festivales; el primero, el Concurso de cante jondo de Granada organizado en junio de 1922 por Miguel Cerón con Manuel de Falla y Federico García Lorca, Antonio Chacón y Manuel Torre. Festivales, concursos, encuentros, potajes, no resuelven el día a día de una y otra comunidad. Llegó la hora de los productores y, de peñas y tablaos, se pasó al flamenco de concierto en teatros y auditorios. El flamenco, integrado en la cartelera, empezó a ir de giras y empezó a exportarse. Para llenar conciertos de una hora, se graban discos de larga duración, algunos tan señalados como Persecución (1976), de Lebrijano con letras de Félix Grande, cuando lo gitano dejaba de estar perseguido, y Omega (1999), de Enrique Morente, cumbre del flamenco fusión. Camarón (muerto en 1992) fue grande pero su herencia, lamentable: el jipío y el flamenquito. Jipíos y flamenquitos nos vienen a buscar a bares y veladores donde estamos tomando una caña. ¡Buenas noches, familia, con alegría!, y empieza la tabarra. Es nuevo ver el flamenco como espectáculo ambulante en calles céntricas comerciales, mayormente con destino a guiris y a turistas. Y, al fondo, esa especie de academia invisible que llaman el purismo o los puristas, que administra unas esencias que nadie sabe en qué consisten. Quien asista hoy a la Bienal a ver a Farruquito tiene que hacer abstracción del precio de la entrada, del público que le toque al lado en el patio de butacas y de la historia del personaje, el accidente mortal que protagonizó y su boda ostentación de la virginidad de la novia. Demasiadas abstracciones para un cuerpo cansado. Del flamenco, nos queda la fascinación que el género provoca, semejante a la atracción por el bandolero o el bandido honrado, y queda la lírica de sus letras, esos cantes que fue recogiendo Demófilo, un gallego de nacimiento, publicados en Sevilla en 1881. Y sigue quedándonos la idílica venta de los gatos donde se cantaba esta soleá: «En el carro de los muertos ha pasado por aquí, llevaba una mano fuera, por ella la reconocí.» Esa muchacha muerta ‑Bécquer no podía saberlo‑ sería también, a la larga, el flamenco.