flamenco fusión Bécquer.

Bienal 2020

En España covirus está haciendo falta una ley para la recuperación de espectáculos y eventos culturales. Demasiado hemos visto con tal de salvar taquilla y turismo: entidades convocantes, con ánimo de lucro, juegan a que lo suyo va a tener lugar sin duda alguna (desde Semana Santa en marzo, hasta las Carreras de Caballos en Sanlúcar en agosto), para desconvocar a última hora, así el daño engaño al sector, parece que no lo fuera.


flamenco fusión Bécquer.

Antes de la Bienal, lo que sabemos de los Bécquer, juntos o separados, Gustavo Adolfo y Valeriano, pone en evidencia la sociedad cultural que se esfuerza en levantar pretextos o conceptos interesados. Por bienal se entiende “cada dos años”, con lo fácil que sería pasar al tres, a la espera del año que viene, sin pandemia. En Bécquer -uno a uno o dos a dos- luchan Andalucía y Castilla, el gusto por lo popular, más la confusión de lo tradicional con el tradicionalismo de la España más conservadora. Y en la universidad, cuele o no cuele, te harán pasar por flamenco lo que es, métrica y temáticamente, género del viejo arte menor o, dicho en simple, poesía popular española en castellano, lo que se dice pronto pero, amigo, defina usted ahora lo que es, forma y expresión, poesía popular.

El flamenco es eso que, cuando suena auténtico, no puedo verlo y, cuando puedo verlo, deja de ser auténtico. Y es que payo y gitano son mundos en gran medida irreconciliables, siendo lo gitano el término marcado (discriminación positiva) y el resto, payos por contraste o por defecto; oposición que, primero, se pone al servicio del purismo y, después, se vende en bandeja de interculturalidad o de fusión más allá de la madre original, que fue siempre el flamenco como fusión de lo gitano y morisco con lo andaluz.

Para que se hagan una idea, el flamenco fusión, en uso desde los años 60, arroja 8.140.000 resultados en Google, frente al flamenco puro, que solo aparece 118.000 veces (aunque es verdad, pensarán ustedes, que la pureza empieza por no volcarse tanto en Internet). En Google Libros, el flamenco fusión alcanza 7.220 resultados, con muchos títulos en inglés.

El flamenco fusión rock (o rock andaluz) aparece 13,3 millones de veces. El flamenco pop: 8,75. El fusión jazz: 6,11. El flamenco punk: 3,35. El fusión rap: 2,57. El flamenco soul: 1,79. El fusión salsa: 1,16. El flamenco chill out: 387 mil. El fusión árabe: 363 mil. El flamenco samba: 211 mil. El flamenco sinfónico: 305 mil. Y con música clásica: 197 mil. Ahora nos vienen con la fusión flamenco Bécquer.

flamenco Bécquer arroja 688.000 resultados en Google, incluidas entradas donde flamenco hace alusión al Flandes del apellido Bécquer, y descontando las veces que flamenco y Bécquer anuncian algún acto relacionado con Fitur, con la Bienal, con Cicus o periferias o anuncios similares en la cartelería y oferta de ocio que dan por hecho el evento:

En 2020 se cumplen 150 años de la muerte de Gustavo Adolfo Bécquer, del “fin de los días del padre de la poesía española contemporánea”, escribe una pluma cursi, “por lo que la Bienal estará dedicada a tan insigne poeta”.

Anunciado lo cual, les puedo asegurar que la fusión está traída por los pelos, y eso en dos maneras: por un lado, se hace flamenco o gitano lo que en los dos Bécquer hubo de gusto o curiosidad -también encargos, que cobraban- por estampas de lo castizo o popular (folclore o costumbrismo, a fin de cuentas) y, por otro, se populariza o se hace castizo lo hondo, o jondo, que caracteriza y define el flamenco. Así sí. Así cualquiera.

Desde García Lorca y el primer Concurso de Cante Jondo (Granada, 1922), lo hondo casi está desaparecido (hondo, en cante: 373 mil gugles; en baile: 156 mil; en toque: 1.800). El flamenco no muere, es cierto, pero da la impresión de que, como el cristianismo de ¡Cristo vive!, el truco consiste en servir a muchos amos a conveniencia de un mercado. Dicho en Antonio Machado: No puedo cantar ni quiero a ese flamenco chusquero sino al que anduvo en el bar.

Cuando intentamos pasar desapercibidos en sitios populares que no son nuestros (por aquello de que el flamenco, cuando lo veo y me ven, deja de ser auténtico), se nos viene a la cabeza La venta de los gatos (1862), de Gustavo Adolfo Bécquer.

Bécquer se extrañaba de sí mismo -el poeta y dibujante, el residente entonces en Madrid- en aquella venta entre Sevilla y San Jerónimo, antes y después del cementerio de San Fernando (1853):

«Imaginaos este paisaje animado por una multitud de figuras que canta entornando los ojos y acompañándose con una guitarrilla, mientras otros llevan el compás con las palmas o golpeando las mesas con los vasos, que tocan la pandereta y chillan y ríen, y los mozos que van y vienen con bateas de manzanilla y platos de aceitunas, y el aceite que hierve y salta en la sartén donde fríen el pescado; ruido de cantares, de castañuelas, de risas, de voces, de silbidos y de guitarras, que forman una alegre algarabía imposible de describir. Figuraos todo esto una tarde templada y serena que fui a visitar aquel célebre ventorrillo. Yo estaba allí como fuera de mi centro natural: todo en mi persona disonaba en aquel cuadro. Pareciome que las gentes volvían la cara a mirarme con el desagrado que se mira a un importuno.»

Cerrando cada uno de los dos tiempos de La Venta, engarza Bécquer dos coplas o cantares que él, como narrador, dice haber recogido en boca y guitarra del hijo del ventero enamorado de Amparo: quien “más bonita era que la Virgen de Consolación de Utrera”; amores que acabaron, en la segunda parte, a juego con el cementerio: «En el carro de los muertos, ha pasado por aquí. Llevaba una mano fuera. Por ella, la conocí.»

Admiración y extrañeza, la de Bécquer en la venta, que debió ser igual a la del folclorista Demófilo, nacido en Santiago de Compostela, pateando tabernas y cafés cantantes de la Alameda detrás de su colección de Cantes flamencos, publicada en 1881. Ahí brilla con luz propia esta seguidilla gitana, llamada así por el madrileño y amigo de Bécquer, Augusto Ferrán, quien, como a una huerfanita, la recogió en La soledad, de 1861: «Yo no sé por dónde, al espejito donde me miraba se le fue el azogue.» (Yo no sé por dónde, lo flamenco donde me miraba se le fue el cante y el baile y el toque.)

Benito Moreno (muerto en Sevilla el 8 de mayo de 2018) en su disco Me han quitado lo bailado, que el pintor y cantautor grabó en 1999, incluye una canción, Flamenco confusión, que en tres minutos nos despacha su punto de vista contra la fusión. Diferente piensan concejalías de fiestas mayores y cultura que, a los pies de la ciudad turística, necesitan del flamenco como necesitan de los Toros, de la Feria o de la Semana Santa; eventos y más eventos pomposamente llamados tradicionales. Y diferente piensa el artisteo flamenco, necesitado de tratos y contratos. Por lo demás, no se preocupen. Sanidad y fuerzas del orden velarán que máscaras y normas de distanciamiento social no perjudiquen el evento, y porque camino de la Bienal no le arranque “un tironero un brazo a un extranjero”… comillas de Benito Moreno para otro espacio mítico, adonde iremos mejor que al cementerio, mejor que a la Venta de los Gatos y mejor que a la Bienal con mascarilla: al Rinconcillo.

Daniel Lebrato

Nota del día. 22 de julio. Entrando en la página [a-la-venta-las-entradas-de-la-bienal]

http://www.labienal.com/noticias/a-la-venta-las-entradas-de-la-bienal

la respuesta es como la San Miguel: cero cero.

Letra de Flamenco fusión, de Benito Moreno[1]

[1] «Flamenco fusión. Flamenco confusión. Flamenco infusión, desilusión. Flamenco oración de Montesión. Flamenco saetero de barrio de salero que vive y que se mueve en medio el Jueves. Luego la primavera la sangre hortera, flamenco clavellina de carne de gallina. Flamenco caduco, de repeluco. Flamenco calentito de señorito de cuernos y ojana hasta la mañana. Carmen de Mérimée, flamenco en francés, de élite, muy caro, chunguísimo, claro, y, del cuplé, no sé, no sé. Hay mucha faraona y mucha tetona y, de tanto jipío, yo paso, tío. Guitarra de alegría, Paco de Lucía, de guerra y de paz y mucho compás. De una mina de La Unión, el Camarón, garganta de fragua de acero y agua; me gusta lo largo que canta, y lo amargo. ¿Filarmónica de Londres? ¡Venga ya, hombre! En la Universidad lo matan de verdad. El jazz flamenco es el más penco. Con saxo y violín se llama a un flamenquín, flamenco que se pasa, colega, y hay guasa. Cuántas voces gitanas echaron de Triana, que dejaron el río que temblaba de frío, a las Tres Mil: flamenco de candil. El flamenco es arte y vive aparte: flamenco oscuro sin tabaco y sin un duro.»



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