Flamenco confusión.

Flamenco

/ Machado, Bécquer y Benito Moreno /

El flamenco es eso que, cuando suena auténtico, no puedo verlo y, cuando puedo verlo, deja de ser auténtico. Y es que payo y gitano son mundos en gran medida irreconciliables, siendo lo gitano el término marcado (discriminación positiva) y el resto, payos por contraste o por defecto; oposición que, primero, se pone al servicio del purismo y, después, se vende en bandeja de interculturalidad o de fusión más allá de la fusión madre original, que fue siempre el flamenco: fusión de lo gitano andaluz.

Para que se hagan una idea, el flamenco fusión, en uso desde los años 60, arroja ocho millones 140 mil resultados en Google, frente al flamenco puro, que solo aparece 118 mil veces (aunque es verdad, pensarán ustedes, que la pureza empieza por no volcarse tanto en Internet). En Google Libros, el flamenco fusión alcanza 7.220 resultados, con muchos títulos en inglés. El flamenco fusión rock (o rock andaluz) aparece 13,3 millones de veces. El flamenco pop: 8,75. El fusión jazz: 6,11. El flamenco punk: 3,35. El fusión rap: 2,57. El flamenco soul: 1,79. El fusión salsa: 1,16. El flamenco chill out: 387 mil. El fusión árabe: 363 mil. El flamenco samba: 211 mil. El flamenco sinfónico: 305 mil. Y con música clásica: 197 mil.

O sea, desde García Lorca y el primer Concurso de Cante Jondo (Granada, 1922), lo hondo, frente a la fusión, casi está desaparecido (lo hondo, en cante: 373 mil googles; en baile: 156 mil y en toque: 1.800). El flamenco no muere, es cierto, pero da la impresión de que, como el cristianismo de ¡Cristo vive!, el truco consiste en servir a muchos señores, o señoritos, mediante respiración asistida y a conveniencia de un mercado y de unos intereses que poco o nada tienen que ver con el flamenco primitivo. Dicho en Antonio Machado: No puedo cantar ni quiero a ese flamenco teatrero sino al que anduvo en el mar. O en el bar.


Gustavo Adolfo Bécquer, el de La venta de los gatos (1862), se nos viene a la cabeza cuando intentamos pasar desapercibidos en sitios populares que no son nuestros. Bécquer se extrañaba de sí mismo -el poeta y dibujante, el residente entonces en Madrid- en aquella venta entre Sevilla y San Jerónimo, antes y después del cementerio de San Fernando (1853): «Imaginaos este paisaje animado por una multitud de figuras que canta entornando los ojos y acompañándose con una guitarrilla, mientras otros llevan el compás con las palmas o golpeando las mesas con los vasos, que tocan la pandereta y chillan y ríen, y los mozos que van y vienen con bateas de manzanilla y platos de aceitunas, y el aceite que hierve y salta en la sartén donde fríen el pescado; ruido de cantares, de castañuelas, de risas, de voces, de silbidos y de guitarras, que forman una alegre algarabía imposible de describir. Figuraos todo esto una tarde templada y serena que fui a visitar aquel célebre ventorrillo. Yo estaba allí como fuera de mi centro natural: todo en mi persona disonaba en aquel cuadro. Pareciome que las gentes volvían la cara a mirarme con el desagrado que se mira a un importuno.» Cerrando cada uno de sus dos tiempos en prosa, engarza Bécquer dos coplas o cantares que él, como narrador, dice haber recogido en boca y guitarra del hijo del ventero enamorado de Amparo, quien “más bonita era que la Virgen de Consolación de Utrera”; amores que acabaron a juego con el cementerio: «En el carro de los muertos, ha pasado por aquí. Llevaba una mano fuera. Por ella, la conocí.» Admiración y extrañeza, la de Bécquer en la venta, que debió ser igual a la del folclorista Demófilo, nacido en Santiago de Compostela, pateando tabernas y cafés cantantes de la Alameda detrás de su colección de Cantes flamencos, publicada en 1881. Ahí brilla con luz propia esta seguidilla gitana, llamada así por el madrileño y amigo de Bécquer, Augusto Ferrán, quien, como a una huerfanita, la recogió en La soledad, de 1861: «Yo no sé por dónde, al espejito donde me miraba se le fue el azogue.» Como ustedes saben, en flamenco, soledad es soleá o solear y, su plural, arrancarse por soleares.


Benito Moreno (muerto en Sevilla el 8 de mayo de este año) en su disco Me han quitado lo bailado, que el pintor y cantautor grabó en 1999, incluye una canción, Flamenco confusión, que en tres minutos nos despacha su punto de vista sobre la fusión: «Flamenco fusión. Flamenco confusión. Flamenco infusión, desilusión. Flamenco oración de Montesión. Flamenco saetero de barrio de salero que vive y que se mueve en medio el Jueves. Luego la primavera la sangre hortera, flamenco clavellina de carne de gallina. Flamenco caduco, de repeluco. Flamenco calentito de señorito de cuernos y ojana hasta la mañana. Carmen de Mérimée, flamenco en francés, de élite, muy caro, chunguísimo, claro, y, del cuplé, no sé, no sé. Hay mucha faraona y mucha tetona y, de tanto jipío, yo paso, tío. Guitarra de alegría, Paco de Lucía, de guerra y de paz y mucho compás. De una mina de La Unión, el Camarón, garganta de fragua de acero y agua; me gusta lo largo que canta, y lo amargo. ¿Filarmónica de Londres? ¡Venga ya, hombre! En la Universidad lo matan de verdad. El jazz flamenco es el más penco. Con saxo y violín se llama a un flamenquín, flamenco que se pasa, colega, y hay guasa. Cuántas voces gitanas echaron de Triana, que dejaron el río que temblaba de frío, a las Tres Mil: flamenco de candil. El flamenco es arte y vive aparte: flamenco oscuro sin tabaco y sin un duro.»

Diferente piensan las concejalías de fiestas mayores y de cultura que, a los pies de la ciudad turística, necesitan del flamenco como necesitan de los toros, de la Feria o de la Semana Santa, eventos y más eventos pomposamente llamados tradicionales. Y diferente piensa el artisteo flamenco, necesitado de tratos y contratos. Por lo demás, no se preocupen. Casi todo el papel de la Bienal está ya vendido a turoperadores y, gente y público de Sevilla, quedaremos como figurantes de un espectáculo rentable. Fuerzas del orden velarán por que no le arranque “un tironero un brazo a un extranjero” camino de la Bienal. Las comillas son de Benito Moreno para otro espacio mítico, adonde iremos un día de estos mejor que al cementerio: El Rinconcillo.

Daniel Lebrato [eLTeNDeDeRo] para TeVeo, 2018.


 

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