Daniel Lebrato, resumen trimestral.

Una fiesta como la Feria de Abril de Sevilla, que no debe obediencia a rito ni calendario alguno, se fija en 2023 del 23 al 29 de abril, ambos incluidos. Ningún motivo impide alargar la feria el domingo 30 de abril y el lunes 1 de mayo, Día del Trabajo, y aun hasta el martes 2, fiesta de puente para la comunidad de Madrid.


Empezó el año 23 y empezaron las Fiestas de Primavera (se escribe así, por la cartelería de Fiestas Mayores de Sevilla). Yendo a la Feria de este año, me llamaba la atención tan raro calendario en su segundo fin de semana, que acabaría en mitad de un sábado, siendo lunes y martes festivos. Me parecía extraño y de raro vuelo echar el cierre de esa forma contra visitantes y bullas mayores que podrían atraerse ese segundo fin de semana. Abrí un foro de interrogantes. Nadie respondió. Llegué al coro de feriantes, sociedad de casetistas. Llegué al Ayuntamiento. Nadie respondía. Los dos formaban un dúo, trío con la patronal de hostelería: para quien vive en caseta la feria empezaba un viernes que dicen preFeria, así que para el 2º viernes (de feria) la feria ya habría cumplido una semana.

Ríete tú, Danielito, de una feria de más días, diez, tipo Carnaval de Cádiz o Cruces de Mayo de Lebrija, abierta a unos feriantes que podrían venir de puente desde Madrid para unos ingresos de escándalo. La Feria de Sevilla emulaba los días sagrados de la Semana Santa: el sábado se tiraban los fuegos y todo el mundo a su casa: —Pues yo lo veo bien, dijeron los feriantes. —Más feria, el cuerpo no hay quien lo aguante, dijeron las feriantes echando su última sevillana. —¿Madrid? Que venga, que será bien recibida viernes y sábado. Las conclusiones, vida mía, vamos a ver, se pintan solas.

Este análisis me llevó a Gustavo Adolfo Bécquer y a un artículo que me había recordado Pilar Alcalá García: «Hoy se cumplen 154 años del Bécquer de La Feria de Sevilla». Mi conclusión fue que Bécquer confunde fiesta de época o de disfraces con fiesta popular o de tradición. Y aquel artículo abriría una escuela de análisis hacia una Sevilla fantástica y equivocada con indumentarias y modas y modales que nunca fueron del día sino de un tiempo siempre impostado. Dentro de esa impostura, el Bécquer de lo auténtico frente a la ciudad que perdía sus señas de identidad, no tenía base ni sentido.

De fiesta en fiesta, se habían terminado Feria y Semana Santa y ambas ponían sobre el tapete la fiesta según Sevilla y ya nos íbamos entrando en Rocío y Corpus y en campaña electoral. ¿Qué modo de entender Sevilla entendería? Las calles de la ciudad estaban llenas de cera que las hermandades no recogían. En plaza San Francisco se montaba la cansina portada efímera para el Corpus, las del Rocío ya camino de su aldea. ¿Qué hacer con la alcaldía? ¿A qué aspirante votaría?

Eso me llevó a la abstención. Ningún alcalde ni partido iba a poder con una ciudad empoderada entre el consejo de hermandades y la sociedad de casetas bajo el yugo del policial Cecop (Centro de Coordinación Operativa). No deberían financiar fiestas mayores ni menores, solo cobrar por la ciudad como administradores de una ciudad de privilegio. Ningún alcalde puede con la ciudad de Sevilla.

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