con permiso de Moratín (contra la violencia machista en familia).

Desde el sí de las niñas, de Moratín (1806), solo una mirada romántica nos hizo creer en el amor como conquista asociada al matrimonio. En vez de eso, el amor pasión, que andaba suelto y libre de papeles, se convirtió en interesado y nos ha llegado aburguesado y generador aventajado de pensiones, prestaciones, fiscalidades, justificaciones y bajas laborales, pluses del Estado que un Estado laico y neutral no debería permitirse. Ni alegando una política correctora de la pirámide de población. No se debe favorecer con dineros públicos comportamientos privados ni instituciones, más que privadas, egoístas y depredadoras y, en caso de disputa, donde prevalece el macho (de másculo, músculo). Esa genética no la podemos corregir; las conductas de emparejamientos y parejas, sí. En la familia es donde el Estado, que somos todos (usted y yo mediante impuestos), tenemos algo que decir: la familia como valor añadido generador de plusvalías frente a la persona sola.

Habría que aplicar a la familia la misma ley de sociedades, que se aplica a sociedades mercantiles de capital, y ninguna otra legislación, salvo la protectora de menores: la prole como ampliación del capital. Donde no hay capital, no haya descendencia. O al cambio del modelo social.

Esto lo sabían las casas reales y clases pudientes que han casado y casan por conveniencia. Para que nada cambiase. Moratín nos perdone.


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