la religión y yo.

A falta del Corpus, la primavera se ha despachado de religiosas demostraciones. Algo conocedor del paño ‑desde Semana Santa, al Rocío que acaba de terminar‑, veo en mí un antes y un después que evito no confundir con el cansancio o el escepticismo que trae la edad. Daniel Lebrato ha sido visto en la Aldea con su amigo Luis Fernando queriendo tocar la virgen un lunes del Rocío (gafas y camisa rota, fue el resultado). Daniel Lebrato ha introducido a sus hijos en Semana Santa, les ha enseñado a cangrejear delante de los pasos. Era para mí la religión tan natural (cultural ambiental, quiero decir) como tener salud: conocer para elegir, era mi teoría como padre. Y hasta un par de zapatos de Daniel Lebrato hicieron estación de penitencia el miércoles santo que uno de los míos no tenía calzado negro adecuado. Eran los 90 y las hermandades no pedían acta de bautismo para recibirte como hermano y darte la papeleta de sitio. Total, que ese camino lo tengo andado como la Raya Real y las etapas del Camino, con Rafael Gálvez y amistades que íbamos de picnic a las paradas de Gines, de Camas o de Triana, desde Sevilla, al Aljarafe, al Quema o a Palacio.

Ahora, cuando abrenuncio a todo eso, no es por agotamiento y falto de novedades. No es un río Quema propio y generacional: es un Quema que ha pasado la historia. El río que la lleva se llama tres culturas y se llama yihadismo, despropósitos culpables de la invasión del tapado en nuestras vidas y del yihadismo en nuestras muertes, responsabilidad de la que mis viejas amistades cristiano católicas se desentienden y evaden. Lo diré a lo bruto para que me lluevan las opiniones en contra: a Ignacio Echeverría, fiel creyente, lo ha asesinado en Londres su propia ideología, que desde los años 70 anda coqueteando con los servicios de inteligencia en la resiembra de una religión integrista y retrógrada cuyos episodios (desde los ayatolas hasta el Daesh, pasando por las Guerras del Golfo y el apoyo a Israel y a Arabia Saudita) son bien conocidos y con la complicidad de la Iglesia. Y ya no puedo un domingo de ramos llevar a mi nieta a ver la Borriquita con los ojos que la veía antes ni me puede dar más que náusea el salto de la cansina Reja que Canal Sur nos mete hasta en la sopa en el asilo. Último viaje a Religión cero cero.


 

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