la muerte cero cero

Halloween, por LíderViral

Ni Hallowen ni Difuntos

LA MUERTE CERO CERO

En lenguaje Umberto Eco, Halloween tiene sus apocalípticos y sus integrados, sus a favor y en contra. A favor: que combate el culto a la muerte postulado por la santa Iglesia católica. Si en vida la Iglesia nos tienen pillados por su dominio sobre el calendario, en el culto a la muerte ya es que se regodea: una oferta optimista de salvación de la que llaman alma del difunto y unos ritos y liturgias que, al margen del negocio que eso mueve, obligan a las personas del duelo, creyentes o no creyentes. “Aquí yace el hombre, que vivo sigue el nombre”, en palabras de la familia Manrique, el de las Coplas, a don Rodrigo Manrique, el padre muerto. La idea más positiva que podríamos sacar es que todo el mundo deja un nombre, deja una obra que naturalmente no tiene por qué ser artística, deja una marca de vida que sus descendientes tendrían que custodiar y, por qué no, enseñar con orgullo o con realismo a los círculos próximos, desde los más cercanos hasta los más lejanos parientes, y a las amistades y conocidos y, si el vivo hizo algo ejemplar, al mundo entero. Afortunadamente, ya se van viendo esquelas que simplemente notifican una pérdida, no citan a nada y, mucho menos, a un funeral, a una misa. Y se van viendo actos laicos en recintos laicos donde se glosa la figura de la persona viva. Quien le dedica unas palabras, quien interpreta su música preferida, quien cuenta anécdotas, chistes o picardías que caracterizaron al personaje. No, en cambio, que las misas, con su ritual cansino, la máxima personalización que permiten son unas palabrillas de alguien cercano al cuerpo presente, la música de cámara tercamente religiosa en un ritual que gobierna un cura que por muy amigo que fuera del difunto no deja de cumplir con un mecanismo fijo para algo tan variable y tan rico de matices como la vida y la muerte. En definitiva, tomar la muerte por la mano, gestionarla la pareja, los hijos, los verdaderos amigos, y hacer lo público y lo privado que se pueda hacer, no por el difunto, por la memoria del difunto. Como decía León Felipe: para enterrar a los muertos, cualquiera sirve, cualquiera, menos un sepulturero. Por lo demás, entre Halloween y Difuntos, se queda uno con la muerte cero cero. Ni alegrías artificiales ni penas de galería de las de a ver quién tiene la lápida más limpia. Léalo en La muerte, a cargo de la Seguridad Social. Dicho lo cual, lo peor de Halloween es que disfraz que te ponga más feo no te lo pongas. No hay que ir a la excelsa máscara veneciana; en Cádiz de Carnaval se sabe cómo hacer que la muerte nos siente bien, no esos disfraces infames, ese culto al feísmo que hemos visto casi en todas partes.

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