Luis García Montero (Postal)

LUIS GARCÍA MONTERO Y LOS TRES PODERES
Políticos, artísticos y periodísticos

Luis García Montero por Ifigenia Bueno Bordell

De espaldas, Felipe Benítez Reyes (foto: Ifigenia Bueno Bordell)

No recuerdo ni un solo verso de Luis García Montero. Lo que quiere decir: un verso de un poema inolvidable. Supongo que LGM ha sabido estar a la hora adecuada en el sitio adecuado, y con esos mimbres se ha construido y lo han construido. En cuanto a la vena cívica, de ideas y militancia en las ideas, no sé qué aporta LGM. Su partido ha cometido tres errores de garrafa. Primero, usurpar como nombre propio un nombre común: la izquierda unida. Segundo, tapar la mala conciencia del PCE, partido que ha atrofiado el comunismo utópico. Y lo tercero ha sido no verlas venir cuando el fenómeno (no el partido) Podemos apuntaba acabar con la Constitución de 1978 y con el triángulo PP, PSOE y Casa Real. ¿Tenía IU algo mejor que ofrecer? ¡Luis García Montero! Stéphane Hessel, el de Indignados (2010), sirve de ejemplo de incardinación entre un pensador y su época. Eurocomunismo y Estado (1977), de Santiago Carrillo, anticipaba el vaciamiento de los partidos comunistas. Cada lector podría poner ejemplos de libros de opinión que han cambiado la suya. Como poeta o como intelectual, ¿cuál es El valor de la palabra de LGM? De momento, el gran libro de la posteridad no recogerá ni una sola palabra ni una sola idea generadora y fecunda firmada por este hombre. Lo cual no es grave, nos pasa a casi todos: lo que no tenemos es la puesta en escena, el club de fans, ni sus ciento treinta mil votantes. De cuanto expresó LGM, me quedo con dos perlas. Una, lo del deber cumplido, lo del deber bien hecho, antes que el compromiso y la intelectualidad. De acuerdo. Antes que ser de izquierdas o progresista o comprometido con el cambio y las ideas sociales hay que ser bueno en el oficio. Lo malo es que esa bondad eficiente ignora la división social del trabajo. Sé bueno, ¿en qué? Chupando pollas, y te sindicas como prostituta en el sindicato de las putas. O sin ponernos bordes. Sé bueno cargando bombonas, tirando asfalto, cuidando ancianos, bajando a minas, limpiando despachos, ¿seguimos? La otra perla fue cuando aseguró que sin poetas no habrá poesía. Todo porque un espontáneo, en el turno del público, había citado la rima de Bécquer como antídoto frente a la egolatría del artisteo y de la SGAE. Y es que estábamos asistiendo a una representación de las tres culturas sagradas como las tres religiones: las clases política, periodística y artística, los tres puntales de la democracia. De dos invitados que hablaron, uno fue muy bien respondido por Jesús Maraña, de lo mejor de la mesa, y muy mal por LGM, que se puso por encima del atrevido que había osado criticar el engreimiento de periodistas, políticos y artistas. A un segundo invitado, con menos imagen donde tanto importaba la imagen, el club de fans lo interrumpió directamente: que cuál era su pregunta, cuando no había que preguntar: el turno de palabra era para recoger opiniones, no necesariamente para preguntar. Los demócratas, eso tienen: que se ponen muy nerviosos. Lo más feo: la entrada de LGM en plan divo, entre apagado de luces, y la arrogancia del grupo acompañante sentándose delante en primera fila (algo que suele hacerse en este tipo de actos, pero para eso se reservan los primeros asientos, que no era el caso) sin ni siquiera mirar ni pedir la venia al respetable que llevaba un rato guardando su sitio. A mí me tocó Felipe Benítez Reyes, quien ni nos miró a quienes nos quitaba la vista. Lo mejor fue la organización por Librería Elcano. Un buen librero es el que, contra su interés, nos sirve para saber qué libro no tenemos que comprar ni que leer. El valor de la palabra. 15,90 euros. Palabra. Tampoco nos leeremos Vista cansada (2008), libro de LGM de donde salió el poema que cerró el acto, Democracia. Esa democracia tenía un pase en 1975. Todavía no se había desinflado el PCE (aunque Carrillo estaba en ello) ni Comisiones Obreras jugaba al bisindicalismo (aunque Marcelino Camacho se resistía). Había miedo a los cuarteles (hasta el año 81 ese argumento del miedo al golpismo estaría justificado) y no era rancia la Libertad sin ira que cantaba Jarcha. Pero escribirlo en 2008, 66 años después de Paul Éluard, poeta francés al que imita un pelín, y 33 años de muerto Franco (este serán cuarenta), y leerlo en 2015 como si fuese una cosa maravillosa, da para aplaudir, como aplaudimos, porque con ese poema se cerraba un encuentro muy cortito de exigencias donde lo mejor sería la manzanilla Solear que la mesa iba bebiendo mientras el público, a secas, feo detalle, como feo fue utilizar el encuentro para largar números atrasados y sobrantes de la revista tintaLibre. Hablar de democracia como algo terminado, y no en marcha y que se demuestra andando, es hablar de un régimen etiquetado. Nada más. ¿Qué fue de aquella Ley d’Hont, que fue de aquellos sufragios, que perdían? ¿Fue sino recuperarlos si pasado aquel listón se benefician? Que otro siga la crónica rosa de lo que se vivió en Barbadillo. Yo calé el chapeo, requerí a mi chica, miré al soslayo, fúimonos y no hubo nada.

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