IGUALDAD

IGUALDAD

De los tres lemas soberbios de la Revolución Francesa, libertad, igualdad y fraternidad, solo la igualdad es absoluta. La fraternidad es de carácter altruista, algo parecido al amor al prójimo modernamente desarrollado en forma de oenegé. Ser fraternos no cuesta nada, y la libertad…

La libertad la entendemos en tres planos: en un plano metafísico, en un plano político y en un plano individual. La libertad metafísica nos iguala, así que no hay para qué hablar (ni de ella hablaban los revolucionarios franceses). La libertad política que da libertades civiles ha sido fácil de redactar en constituciones y declaraciones pero de qué valen esos derechos si la mayoría no se los puede costear. Ya te diré cuando me compre el yate.

Libertad es elegir y elegir, ni elegimos nacer (fuimos nacidos) ni elegimos la cuna y clase social. A partir de ahí, la mayoría se va de este mundo sin saber qué es la libertad. Simplemente, porque quien manda en sus vidas no es ni libertad ni igualdad ni fraternidad, sino necesidad. Los acomodados del primer mundo no queremos ver este estado de necesidad que padece el tercero y por eso le aplicamos al mundo indigente graciosas categorías y valores espirituales que conformen su espíritu. No me dirán que no quedan graciosas nuestras consignas de realización personal (sé tú mismo, tú a tu bola, si es lo que te gusta) aplicadas al negrito muerto de hambre de nuestros sueños oenegeros (antes domundgueros). Solo por esa falta de libertad que padece quien solo piensa en sobrevivir, merecería la pena repartir con ellos nuestra igualdad, esa que sostiene nuestro derecho al sé tú mismo protagonista de nuestras vidas: yo artista y ella abogada. Aunque entre derecho o arquitectura, o entre tocar el violín o escribir novelas también nosotros elegimos muy limitadamente.

La clase que hereda ni elige ni le hace falta, no es libre más que para salirse del guion de lo previsto: es la libertad de la duquesa que salió roja y lesbiana, la del príncipe inglés que por amor a una plebeya renunció a la corona. Aparte de estos colorines, la herencia impone su necesidad: la de asegurar esa línea que hará del infante futuro rey, y de un otro mocoso, terrateniente o ganadero. A otra escala, también de la farmacia sale la hija farmacéutica y donde hay tienda o taller, tenderos o mecánicos herederos.

Libertad libertad solo se tiene y se practica cuando la necesidad (de sobrevivir o de heredar) no aprieta y donde una estrategia individual puede dar una vida u otra. Desde El lazarillo de Tormes la libertad es de clases bajas que quieren venir a más y que tienen las justas luces, las habilidades de imitación como para arrimarse a los buenos y ser uno de ellos. La libertad es la novela y la novela es libertad. Fuera de cuatro casos ejemplares, las clases medias ejercemos poquísimas libertades, elegimos lo mínimo que se despacha: si estudiar o no, si ciencias o letras, cosas así. Ni en el amor hay libertad. El amor de nuestra vida no es más que un mito para consumo interno de las parejas que se quieren bien y se subliman como nacidos el uno para el otro. La verdad es que queremos (y dejamos de querer) a quien se pone en nuestro camino, y ese camino está lleno de nuestras limitaciones y de las limitaciones de las otras personas: encontrarse, conocerse en el momento oportuno, casualidades.

Me nacieron en Ciudad dentro de una familia clase media. Me pudieron dar estudios y con esos estudios elegí hacerme funcionario profesor. Dentro de poco me jubilaré sin haber cambiado nunca de trabajo. A las mujeres de mi vida, a una la conocí en la facultad y a otra en el instituto donde ella vino destinada. Es verdad que dentro de un margen hubiera podido elegir otra carrera y que a lo peor, si no hubiera yo aprobado las oposiciones, estaría ahora trabajando en un colegio privado; que hubiera podido sumar otra licenciatura a la de Filología; que hubiera podido quedarme en la Universidad. En el plano familiar, en vez de tener dos hijos hubiera podido tener tres o tener ninguno. Cuando la paguita dio algún ahorrillo, pude irme a la Sierra y después pude vender la Sierra y comprar algo en el Mar. Mi libertad es un cruce de voluntades. Fui libre para hacerme la vasectomía, para no romper mi primera relación de pareja, libre para hacerme homosexual, libre para escribir o no los libros que tengo escritos. Fui libre para acceder a mi primer ordenador y, con permiso de mi analítica, soy libre entre cubata o cerveza. Una sola pieza que yo hubiera cambiado en mi vida, mi biografía hubiera sido distinta, pero básicamente mi vida estaba ‑está‑ escrita, entre genes y adeenes, casualidades y circunstancias como las que he contado por encima. Mi libertad compartida deja nombres que hubieran podido ser otros: Javier, Juan, Juan Rabadán, San Isidoro, De quien mata a un gigante, Citroën, Sanlúcar de Barrameda están en mi vida porque yo quiero y porque los he podido querer. Así, puedo decir con Machado que al cabo nada os debo. Aunque sí debo. Basta que el Estado patrón me rebaje el sueldo, como ha pasado y está pasando ahora, para que mis libertades (en igualdad) disminuyan. Dadas las formas de vida, no es probable que mis hijos cuiden de mí en la edad provecta y entre consultas médicas y quirófanos a la vista, parte de mi dinero-libertad sé que lo tengo que destinar a una jubilación y a una vejez dignas.

Entre la libertad y mi libertad, la política, quiere hacerme creer que disfruto de libertades cívicas. Para ello, me hablan de Constitución, elecciones libres, votaciones en urnas de cuatro en cuatro años. Pero eso no es libertad ni igualdad. En el mejor de los casos, sería estadística. Mi libertad no estuvo en el franquismo, ni en la transición, ni con Felipe González ni con Aznar ni con Rajoy. Mi libertad no la veo en los sacrosantos conceptos o instituciones: cultura, civilización, occidente, OTAN, Europa. Y aunque una vieja teoría de raíz cristiana me ofrece siempre la fraternidad como salida, y esos modelos (Gandhi o Teresa de Calcuta) supuestamente altruistas, mi fraternidad se limita a condolerme del mal ajeno, a sufrir (tampoco mucho) con quienes sufren. Gracias a mis cultivos fraternos no soy un hijo de puta. Me duele ver que hay quien busca en los contenedores la comida que me sobra, altramuces del cuento de Patronio, cáscaras que otros aprovechan.

Del total de mis actos en mi vida adulta, cinco de cada siete tienen una motivación económica, quiero decir: para ganar la vida. Supongamos que sábado y domingo son más de mi libre disposición, pero también mi tiempo libre está predeterminado, sigue un guion. Mis compras, mis planes, mis viajes, mis lujos siguen dependiendo de mi jornada y mi jornal. Ya pueden políticos y constituciones democráticas garantizarme libertades, que nunca iré a aquel hotel de lujo. Ya pueden poner se vende campo de golf. Alguien lo comprará con su libertad porque mi libertad no me alcanza.

Biblias y Constituciones son el cuento de la lechera de la igualdad y los cuentistas debieran dejarnos en paz. Eso abriría paso a discursos menos cínicos. Valores como cultura, civilización o democracia lucirían como lo que son: no joyas de la humanidad sino bisutería para la ocasión.

Ni tontos mi marxistas, la igualdad la practicamos en nuestros círculos inmediatos. En igualdad, mi pareja, en igualdad la cuenta que pagamos en los bares. En igualdad, mi derecho y el tuyo. De tanto ir por la vida en igualdad y a fondo común, uno es sanamente comunista, y eso, al margen de la propaganda anti y de las malas prácticas reales que ha conocido la historia en nombre del comunismo. Quien sepa de otra utopía más igualitaria que el comunismo, que corra pronto a decirla. Quien sepa de otra égalité.

daniellebrato@gmail.com, febrero de 2012

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