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Palabras para Cándido en la Asamblea, de J.J. Díaz Trillo,

en el mejor de los mundos.

La secuencia “otro mundo es posible” da 399 mil resultados en Google, 352 mil en inglés, 184 mil en francés, 90 mil en italiano, 35.5 en alemán y 1.990.000 en chino. Con “change the world” se expresan 226.000.000 registros[1]. Que la gente no sepa cómo se hará y cómo será, no quita la necesidad sentida de cambiar el mundo o cambiar de mundo. Estamos hablando de un ojalá que ojalá se cumpla.

Frente a “otro mundo es posible” (vale decir: antes que él) tenemos “el mejor de los mundos posibles” del Cándido de Voltaire (1759, a través de Leibniz en 1846). El Cándido de Voltaire es una fábula del “no hay mal que por bien no venga”. A Cándido le va saliendo todo mal para el final feliz. Lo resume Pangloss, su tutor en optimismo: «Todo tiene relación en el mejor de los mundos posibles: porque si no os hubiesen expulsado del castillo por amor a la señorita Cunegunda, si no hubieseis sido entregado a la Inquisición, si no hubieseis atravesado América andando, si no hubieseis dado una gran estocada al barón y si no hubieseis perdido todos vuestros carneros de aquella buena tierra de Eldorado, no estaríais comiendo ahora mermelada de cidra y pistachos. –Muy bien dicho, contestó Cándido, pero lo importante es cultivar nuestra huerta.» Es decir, el Cándido de Voltaire en ningún momento se plantea cambiar de mundo o el mundo, no es un ser de ideas sociales sino uno que va a su avío y se aplica al cuento del beatus ille, como Fray Luis.

La clave está en los mundos que pensador o pensamiento manejan: si los mundos que caben en el corto y azaroso espacio de una biografía, si los mundos de una política de lo posible o si contemplamos ‑más allá del individuo y de los partidos políticos‑ el asalto a la utopía[2].

[1] Change the world es además una canción de Eric Clapton.

[2] En J.J. Díaz Trillo, mala señal, ya asoma la palabra antídoto contra la utopía: populismo.

*


Cándido, of course.

Cuatro reflexiones sobre El espíritu de las Leyes más acá de Montesquieu y sobre el factor Estado para el optimismo de las criaturas, Ilustración de que es vaso el Cándido de Voltaire.

1.
La historia no es la historia del pasado sino del presente. La historia no remonta de atrás alante, sino desde aquí al atrás que más conviene. Por ejemplo, que esta democracia estaba ya en el siglo quinto griego y en la Revolución Francesa. Por ejemplo, que el buen dios nació en Belén.


2.
Aunque solo fuera por ir contra el feudalismo, el nuevo Estado y las nuevas Leyes del siglo 18 merecieron la pena. Doscientos años después, el Estado y las Leyes pueden ser lo contrario, al servicio de la dominación y del atontamiento de las masas.


3.
¡Más que nos gusta el Estado a marxistas, leninistas o comunistas! Nadie fía tanto en el humanismo de Estado como único dios verdadero. Ha sido la socialdemocracia o en alianza con la democracia cristiana la que, con el consentimiento de sindicatos, descuartizó el Estado (del Bienestar) poniendo las Leyes a los pies de los caballos del individualismo capitalista, con brillantes conceptos (eso hay que reconocerlo) como libertad o país libre junto a conceptos no tan brillantes pero más efectivos (de en efectivo o con tarjeta) como mercados, Bolsa o finanzas, exigencias del guion del que los socialdemócratas no se han movido una coma.


4.
El 18 no vuelve. Quienes habían leído a Voltaire y a Rousseau ocuparon escaños y se olvidaron, como suele ocurrir, del programa de libertad, igualdad y fraternidad que los llevó a ganar las elecciones. Y la igualdad se quedó en igualdad entre obreros de un mismo gremio, y entre la marquesona y el burgués, o sea, entre el nuevo y el viejo régimen, que no desapareció en absoluto. La libertad se quedó en la libertad que tenemos de no ser rey, cuando otro lo es, o de no ser ricos, cuando otros lo son. La fraternidad, esa sí, triunfa como el cándido que se cree las misiones de paz del ejército español o el buen rollismo de Acnur y de tantas oenegés. ¡Menuda película!


Lectura relacionada: Cándido en la Asamblea, por J. J. Díaz Trillo.