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hace falta estar ciego para no ver la Once.

Por odio a la ludopatía, rechazo la Once. Y por amor a la integración; no, a la segregación. (Segregación que se produce entre trabajos específicos para ciegos y, para otros, que ven bien; y eso, suponiendo que ‘vendedor de la Once’ sea un trabajo.) De hecho, en la oferta pública de empleo, hay un porciento reservado a personas con discapacidad: ese es el camino, no el cupón.

Otra cosa es el altruismo social que desde la Once o la Fundación Once se está haciendo y se puede hacer. Pero que eso dependa del numerito que salió premiado nos parece un atraso comparable al de la lotería, la quiniela, la primitiva o la madre que las parió. La España de la suerte, y no la del merecimiento. ¿Qué mérito tiene que nos toque el cupón?

La Once desarrolla una gran obra social, dice el eslogan y, sin duda, es verdad. Pero la percepción sigue siendo la del ciego del Lazarillo, la cieguita del tango o la misericordia de Galdós: yo te doy lástima y tú me compras el cupón. Y como la lástima es mayor por Navidad, se inventaron el cuponazo. Hace falta estar ciego para no ver la Once. Si quiera, que la cambien por Invidentes sin Fronteras.


de dónde viene «el tango, lamento de cabrones»

De dónde viene
EL TANGO, LAMENTO DE CABRONES
Si las lágrimas te dejan ver el teclado

En 1977 escribe Javier Figuero[1] en la revista Exprés Español: «La literatura [erótica] española es lamento de cabrones como el tango porteño.»[2]

En 1988, sostiene Horacio Vázquez Rial, hispanoargentino[3]: «El varón del tango es el engañado sin remedio, en todas sus variantes: herido en el orgullo o en la dignidad, vencido por la traición, el olvido o el desprecio de ella, siempre, o casi siempre, canta una queja. De vengador de su honra. De ahí sacó Valle- Inclán su idea de que el tango es la canción del cabrón.» No consta dónde Valle escribió o dijo eso.

En 1994, leemos en el ecuatoriano Francisco Tobar García[4]: «El tango es un lamento de cabrones. No es mía la definición, pertenece al ogro, al maldito Mario Blanco.»[5]

TRES CONCLUSIONES y un divertimento:

1º) Si el invento (como canción) fue de Valle‑Inclán, su secuela (como lamento) cumple un siglo. Valle pasó un año en México, como periodista, en 1892[6], y en 1910, siguiendo a su mujer la actriz Josefina Blanco, estuvo de gira seis meses por Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay y Bolivia, países donde dio alguna conferencia.

2º) Nada tiene que ver la Marquesa del Tango de Luces de bohemia (1920‑24), donde ella, la portadora del décimo de lotería, llama a su par, el Rey de Portugal, cabrito viudo.

3º) En Luces lo cabrón o cabrona es la Academia. Clama Max Estrella: Yo soy el verdadero inmortal y no esos cabrones del cotarro académico. Don Latino llora a su amigo muerto con estas palabras: ¡Que caiga esa vergüenza sobre los cabrones de la Academia! ¡En España es un delito el talento! Y poco después: ¡Ni una cabrona representación de la Docta Casa!

4º) Habla Mayloba, que debe ser Malena, en un chat a propósito: «Malena es nombre de tango. Yo no sabo ónde leí una de finición de tango: ¡lamento de cabrones! u cornudos. Mismamente. Lesse [Lis] m’acaba de comunicar lo contrariá que ha resibío un mensaje de mi hermana. Pa jartarse de llorar. En cuantito ahora mismo me lo mande, te lo reenvío. Si las lágrimas me dejan ver el teclado.»

Pues eso, que las lágrimas no les impidan ver el teclado ni, si pueden, echarse un tango a la salud del mundo. Total, varones míos, de cabrones, a engañados o a consentidos ‑que en algo consentiremos‑, es poca la diferencia.

/ a Juan Andivia /

[1] (Valladolid, 1947)

[2] Publicada en Fráncfort del Meno en febrero de 1977.

[3] (Buenos Aires, 1947‑Madrid, 2012)

[4] (Ecuador, 1928‑1997)

[5] Queda pendiente saber algo más de este Mario Blanco.

[6] Volvió en 1921 invitado por el presidente de la República, Álvaro Obregón, por mediación del escritor Alfonso Reyes, con motivo de la celebración del Centenario de la Independencia (1821‑1921).

VOLVER, CON JUAN ANDIVIA

Juan Andivia y Daniel Lebrato

JUAN ANDIVIA, VOLVER

Hablando de frases hechas, una de las que más se escucha o se oye decir es “Si volviera a nacer, lo volvería a hacer”, defensa del expediente que nos deja patidifusos. Volver es el tango y la cuestión, si veinte años son nada. La edad consiste en volver y la única sabiduría, en la conciencia de lo bien, lo mal y lo regular que hayamos actuado. Escribe Juan Andivia [foto 1]: De vez en cuando, nuestra vida es una versión de la propia vida anterior, diferente en apariencia, apostillada, pero la misma al fin. Y, como en un texto antiguo que se volviera a leer, se le encuentran los pequeños fallos, las cosas que ahora no dirías o harías y, entonces, lo que parece más razonable es pasar la página y tomar nota. Nuestra historia está llena de lecciones; la nuestra, la personal, la que solo conocemos nosotros. Juan pone por caso a Juan Ramón Jiménez empeñado que estuvo el hombre en la continua corrección de su Obra con mayúsculas. Si la vida fuera nuestra Obra ¿no tendríamos nada que mejorar siquiera? ¿Siempre fuimos justos, generosos, oportunos? ¿Nunca metimos la pata o la gamba en algo? ¿No, verdad? Parecemos el futbolista que recién derrotado su equipo suelta el consabido perobueno y ya nos quiere convencer de que el próximo partido es lo que importa y que, ese sí, lo van a ganar. ¿Nos lo creemos?

Sirvan también de ejemplo del pasado que vuelve las fotos de nuestro álbum Google. Siete años, supongamos, en una Feria de Sanlúcar.