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coplas de Juan Tanamera.

guantanamera

Mientras fui profe en activo, me apunté a redes sociales por didáctica. Si mi alumnado, de secundaria de adultos, estaba en redes, yo también estaría, y mis publicaciones podrían ser un comunicado de apuntes (podcast, odiosa palabra) para la recuperación de mis clases por estudiantes que, entre el trabajo y el instituto, muchas veces me faltaban a clase por causa justificada. Desde que dejé el horario lectivo, mis varios tendederos siguieron de utilidad para yo ejercer como emérito en una especie de consultorio de lengua que siempre es más que lengua: Álvaro Martín y Zafarrancho Vilima.

Paralela a mi vena docente (que un profesor nunca pierde del todo) corrían por mis venas libros publicados y nuevos que publicaría, ya no en imprenta: en internet, la gran nube para quien ya no estaba en las nubes del cotarro literario, del publico y presento, del convoco a mis coros y danzas. Mi conclusión era que por mucho ruido que yo hiciera en red, por mis vanidades y exhibicionismos personales, más ruido seguía haciendo la moribunda república del libro de farsa y licencia de la imprenta castiza.

En ese lapso de veinte años no es nada (cuarenta, desde mi primer mural) he ido sumando tropa de varios colores, principalmente gente de la enseñanza, alumnos o profesores, y de la política, de la cultura, la literatura o el libro. También, claro está, antiguos o viejos conocidos que, a través de Facebook, y cuando ya la juventud descuidaba sus muros (otra odiosa palabra), iba topando conmigo o yo con ellos.

Hoy, lo crean o no, lo que me lleva a esta página que escribo es la empedernida batalla contra el tiempo que pasa y que me llevará por delante en un descuido. Soy como Juan Tanamera (guajira, guantanamera), que antes de morirme quiero echar mis versos del alma. O como aquel Quevedo de, pues amarga la verdad, quiero echarla de la boca. Soy (somos) como León Felipe y me sé (sabemos) todos los cuentos. Quizá mi obstinación y lo que puede diferenciarme de otros es que siento la obligación, ahora por Joaquín Sabina, de negarlo todo. Me quedan cuatro días para desdecir lo que he dicho, para desmontar el tinglado del que, Pablo Neruda, confieso que he vivido.

El personaje que yo era se ha ido desprendiendo, Pedro Salinas, de todo lo que encima me echaron desde antes de nacer y más: desde antes de ejercer, desde antes del primer concurso de poesía. Hoy, de aquel afán en que milité un día, no queda casi nada, casi nadie. Mis antiguos amigos de letras, remeros todavía en la nave del libro en librerías, se me han ido perdiendo por uno u otro lado, principalmente uno: la fe en el Estado del Bienestar, triangulada entre la cultura y la izquierda.

Parte de ese triángulo enseñó su patita cuando el referundismo en Cataluña y ahora se empeña, todavía, entre monarquía o república. Nada tengo que ver con eso. Mi obligación es decir a quien quiera oírme que todo es república (república ‘por defecto’). ¿Jefatura de estado? No, gracias. Ninguna. Si hay democracia, que sea parlamentaria y no presidencialista.

el albatros.

baudelaire albatros en Ítaca

 

 


Ses ailes de géant l’empêchent de marcher, sentencia Baudelaire, qué lástima: ¡sus alas de gigante le impiden caminar! En español, albatros se dice de un ave marina de la familia de las diomedeidae que habita los mares del Sur. Sus estrechas y largas alas pueden alcanzar los 3,5 metros, la mayor envergadura en su género que se conoce. Marineros europeos debieron encontrar un parentesco entre los nunca vistos albatros (y petreles, que también son enormes) con somorgujos, gansos, patos y gaviotas, grullas, garzas y otras aves playeras. El albatros, si lo dejan, como todos, nace, crece, se reproduce y muere cumplidos los 50 años; menos, por culpa de la mierda de contaminación y residuos que han puesto su hábitat en peligro. Pueden verlo en un répor de Chris Jordan.

El término albatros proviene del inglés albatross, a su vez, del portugués alcatraz, aves que dieron nombre a la famosa isla y prisión; lo que sitúa al albatros o parentela en el Hemisferio Norte. Alcatraz deriva del árabe alcadús o algatás (pelícano, literalmente: buceador). El Oxford English Dictionary indica que la palabra alcatraz se aplicaba originalmente a las fragatas; el cambio a albatros fue por albus, blanco, en contraste con los veleros, negros o color madera. El nombre del género, diomedea, asignado a los albatros por Carlos Linneo (1707·78), botánico y zoólogo sueco, nos remite a Diomedes y a la metamorfosis en pájaros de sus compañeros guerreros en la Guerra de Troya. El nombre del orden, procellariiformes, procede del latín procella, que significa viento violento o tormenta.

El poeta como el albatros (y la tripulación como la sociedad) es símbolo o alegoría imaginada por Charles Baudelaire (1821·67), quien escribió el poema a bordo del L’Alcide en 1842, a los 21 años de edad, de vuelta a Francia desde la India; poema que fue a parar a Spleen et Idéal dentro de Les fleurs du mal (1857). Otros albatros en poesía han sido los de Walt Whitman (1819·92), Pablo Neruda (1904·73) y Salvador Reyes (1899·1970). El añadido Fedro como el albatros, episodio de Historias de la literatura (2014) de Daniel Lebrato, es una revisión (o remake) del tópico en diálogo con Fedro poemas (1979), de José Antonio Moreno Jurado, a quien va dedicado.

CHARLES BAUDELAIRE
L’albatros
(1842)

Souvent, pour s’amuser, les hommes d’équipage
Prennent des albatros, vastes oiseaux des mers,
Qui suivent, indolents compagnons de voyage,
Le navire glissant sur les gouffres amers.
À peine les ont-ils déposés sur les planches,
Que ces rois de l’azur, maladroits et honteux,
Laissent piteusement leurs grandes ailes blanches
Comme des avirons traîner à côté d’eux.
Ce voyageur ailé, comme il est gauche et veule!
Lui, naguère si beau, qu’il est comique et laid!
L’un agace son bec avec un brûle-gueule,
L’autre mime, en boitant, l’infirme qui volait!
Le Poète est semblable au prince des nuées
Qui hante la tempête et se rit de l’archer;
Exilé sur le sol au milieu des huées,
Ses ailes de géant l’empêchent de marcher.

CHARLES BAUDELAIRE
El albatros[1]
(1842)

Por distraerse, a veces, suelen los marineros
dar caza a los albatros[2], grandes aves del mar,
que siguen, indolentes compañeros de viaje,
al navío surcando los amargos abismos.
Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,
estos reyes celestes, torpes y avergonzados,
dejan penosamente arrastrando las alas,
sus grandes alas blancas semejantes a remos.
Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!
Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!
¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,
aquél, mima cojeando al planeador inválido!
El poeta es igual a este señor del nublo,
que habita la tormenta y ríe del ballestero.
Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,
Sus alas de gigante le impiden caminar.

WALT WHITMAN
Al albatros[3]
(entre 1842·1855)

Tú, que has dormido la noche entera sobre la tormenta, que despiertas descansado sobre tus alas prodigiosas. ¿Se ha desatado la tempestad brutal? Por encima de ella asciendes y reposas en el cielo, ese esclavo que te acunó. Ahora pareces un punto azul, lejano, flotando en el cielo; a la luz que comienza te observo desde la cubierta. Yo mismo no soy más que una mota, un punto en la flotante amplitud del mundo. Lejano, lejano en el mar, luego que las bravías corrientes han sembrado la playa de despojos náufragos, al retornar el día, como ahora, te ves feliz y sereno. Como el alba rosada y elástica, como el sol deslumbrante, como la límpida extensión de aire cerúleo también tú retornas. Tú, nacido para medirte con la tempestad (eres todo alas), para competir con cielo y tierra, con mares y huracanes, tú, navío del aire que jamás arriaste velas, durante días y hasta semanas recorriste, infatigable, espacios y reinos, siempre avanzando; en el crepúsculo miraste al Senegal, a la enlutada América que surgía entre relámpagos y nubes preñadas de rayos. En éstos, en tus experiencias, va mi alma. ¡Cuántas alegrías! ¡Cuántas alegrías las tuyas!

 

 


Pablo Neruda
Oda al albatros viajero[4]
(1954)

Un gran albatros gris murió aquel día. Aquí cayó en las húmedas arenas. En este mes opaco, en este día de otoño plateado y lloviznero, parecido a una red con peces fríos y agua de mar. Aquí cayó muriendo el ave magna. Era en la muerte como una cruz negra. De punta a punta de ala tres metros de plumaje y la cabeza curva como un gancho con los ojos ciclónicos cerrados. Desde Nueva Zelandia cruzó todo el océano hasta morir en Chile. El océano en este ancho sendero no tiene isla ninguna, y el albatros errante en la interplanetaria parábola del victorioso vuelo no encontró sino días, noches, agua, soledades, espacio. Él, con sus alas, era la energía, la dirección, los ojos que vencieron sol y sombra: el ave resbalaba en el cielo hacia la más lejana tierra desconocida. Pájaro extenso, inmóvil perecías volando entre los continentes sobre mares perdidos, un solo temblor de ala, un ágil golpe de campana y pluma: así cambiaba apenas tu majestad el rumbo y triunfante seguías fiel en el implacable, desierto derrotero. Hermoso eras girando apenas entre la ola y el aire, sumergiendo la punta de tu ala en el océano o sentándote en medio de la extensión marina con las alas cerradas como un cofre de secretas alhajas, balanceado. Ave albatros, perdón, dije, en silencio, cuando lo vi extendido, agarrotado en la arena, después de la inmensa travesía. Héroe, le dije, nadie levantará sobre la tierra en una plaza de pueblo tu arrobadora estatua, nadie. Allí tendrán en medio de los tristes laureles oficiales al hombre de bigotes con levita o espada, al que mató en la guerra a la aldeana, al que con un solo obús sangriento hizo polvo una escuela de muchachas, al que usurpó las tierras de los indios, o al cazador de palomas, al exterminador de cisnes negros. Sí, no esperes, dije, al rey del viento al ave de los mares, no esperes un túmulo erigido a tu proeza, y mientras tétricos ciudadanos congregados en torno a tus despojos te arrancaban una pluma, es decir, un pétalo, un mensaje huracanado, yo me alejé para que por lo menos, tu recuerdo, sin piedra, sin estatua, en estos versos vuele por vez postrera contra la distancia y quede así cerca del mar tu vuelo. Oh capitán oscuro, derrotado en mi patria, ojalá que tus alas orgullosas sigan volando sobre la ola final, la ola de la muerte.

SALVADOR REYES
Al albatros
(1954)

No he de volver al Sur, donde tu vuelo
en el viento de Dios gira y reposa;
no he de volver al Sur, donde la rosa
se cristaliza en pétalos de hielo.
Hay una certidumbre, existe un duelo,
saber que nunca tu ala poderosa
volverá a ser para mis ojos cosa
cotidiana, rutina de mi cielo.
En la Antártica, patria ya perdida
para cualquier camino de mi vida,
regirá para siempre tu poder marítimo.
Y así, desde muy lejos, tú señalas
para mí un imposible, y con tus alas
allá en el Sur limitas mi destino.

JOSÉ ANTONIO MORENO JURADO
Fedro, poema VI
(1979)

Ahora atardece el mármol / de la Acrópolis, / como si un junco antiguo se quebrase la voz, / los labios en el agua, / gélido el rostro, inútil / su cabello de nácar y de tiempo. // Mármol que se resiste al pie del hombre, / al beso de la sal y a la tormenta. / Junco, como nosotros mismos, débil / cinta en la verde orilla, / que se dobla y perece al soplo del mistral. // Tal vez el mar esconda en Cabo Sunion / la penúltima luz / y el viento, metalmente, / pula en su yunque el arco de la espuma.

DANIEL LEBRATO
Fedro como el albatros
(2014)

Bajaban de la acrópolis turistas
de dos en dos, en grupo, gente sola.
Traían con el sol en los talones
sus cámaras cargadas de cultura
y democracia. Esto que ven será
-dijo la guía- espejo del futuro:
aquí estudió Protágoras con Sócrates,
aquí fue el Siglo Quinto; aquí, el Banquete,
hoy, musgo y lagartija y una sombra
que desenfoca fotos y elegías:
la explotación del hombre por el hombre.
Y Fedro, el descreído,
duda, como el albatros, de sus alas:
si es él -no un dios- quien hasta el mundo baja.

[1] Traducción Antonio Martínez Sarrión

[2] Compárese con el Romance del prisionero

[3] Traducción de Pablo Mañé dispuesta en prosa, por comodidad de lectura

[4] De Odas elementales (1954), el poema se transcribe en prosa


 

ENLACE A MORENO JURADO Y DANIEL LEBRATO HISTORIA DE UNA CONJURA

apostillas a incitación al mundicidio.

Bomarzo
Bomarzo

La acción política ha sido mi pasión y mi presa. Las premisas eran dos: el mundo está mal hecho, y quien más sufre la injusticia del mundo será el grupo que se beneficiará con cambiarlo. Hoy falta esa función dialéctica del grupo de progreso, ese que antes fue, frene a la burguesía, el proletariado (antes siervos de la gleba y antes esclavos) y la política se reduce a cuestión de poder (quién y cómo ocupa escaños predeterminados) y nada de eso me interesa. Por eso, mi Incitación al mundicidio, título que tomo prestado de Pablo Neruda en su Alabanza de la revolución chilena (1973). El mundicidio es figurado. ¡Vayan a acusarme de violencia terrorista!


 

La metáfora

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LA METÁFORA

La invención del lenguaje debió ser obra de cuatro elementos primordiales: los campos personales (yo, tú y algo que decir), la interjección, la onomatopeya y la metáfora. Los campos personales organizaron el espacio (yo, tú y eso; mi, tu, su; este, ese, aquel; aquí, ahí, allá) y, con el espacio, el tiempo (hoy, ayer, mañana). Mucho antes de la oraciones de sujeto y predicado, los mensajes serían elementales gestos y golpes de voz, eso que llamamos interjección (en un principio, sí, no, más, ya, serían tan interjecciones como oh, ja o fu). El gran paso hacia un lenguaje verbal (y no natural) fue la invención de la sílaba, base del lenguaje articulado. Las primeras sílabas y palabras se formarían por onomatopeya o imitación de sonidos reales, las primerísimas con la bilabial eme, nasal y sonora, y el bebé casi puede decir mamá sin dejar de chupar el pezón que le da de mamar; y la pe sorda de papá, que se basta con despegar los labios. Cuando la vida se hizo compleja se hizo complejo el vocabulario, y ahí estuvo Adán poniendo sustantivos (adjetivos y verbos vendrían con él). Para formar nuevos sustantivos el método fue la metáfora, manera de ir de lo conocido a lo desconocido, nuevos objetos que había que ir nombrando, metáforas visuales y concretas junto a las abstractas necesarias para nombrar lo que no se ve. Dios fue el Sol y el Sol fue Dios y lo cambiante fue la Luna. Metáfora hizo el inventor de la hoja de papel, hoja por la del árbol, y es lo que hará quien llamaría manzana de tierra a la patata o camino de hierro al ferrocarril. Tuvo que llegar el poeta con tus dientes son como perlas (símil o comparación) o directamente perlas; y tus mejillas, manzanas o rosas. Desde la poesía de cancionero hasta Góngora o Quevedo, la metáfora seguirá buscando similitudes o identidades. Hasta que en 1933 Paul Éluard pensó que La Tierra es azul como una naranja. Antes, los simbolistas habían querido nombrar lo inefable, lo misterioso, prolongando la relación de la metáfora con lo sagrado. Tuvo que darse la mentalidad antropocéntrica y maquinista del siglo 20 para que la metáfora se hiciera ingenio: esa fue la vanguardia, que se precia de unir extremos cuanto más alejados y sorprendentes. Vía Láctea : eyaculación de Dios, dijo Buñuel o su guionista. La nota más alta de aquella tendencia la dio Gómez de la Serna con sus Greguerías (1917‑1955). Por su parte, la metáfora clásica (clásica en el sentido de la poesía de Garcilaso y del Renacimiento) seguía viva pero admitiendo fórmulas rupturistas y las espadas como labios sustituyeron a los labios como espadas, que es lo que nosotros, pobrecitos lectores y comentaristas, debemos entender para entender a Vicente Aleixandre. Y es que ‑después de Neruda‑ nuestros oídos y nuestras palabras se adelgazan a veces como las huellas de las gaviotas en las playas. Metáforas, metáforas, metáforas.

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el complemento régimen

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LA COMODIDAD DEL COMPLEMENTO RÉGIMEN

Mi escaso conocimiento de la lengua inglesa me da para alcanzar lo que son los phrasals verbs, verbos preposicionales cuyos complementos pueden ser, o no, equiparables en español a los que nos dejó la gramática latina: acusativo, dativo y ablativo: directo, indirecto y circunstancial más agente y atributo. En español, un complemento de régimen verbal (CRV o CRég., suplemento, en la terminología de Alarcos Llorach) es un sintagma preposicional seleccionado por la semántica que sintácticamente es un auténtico complemento y no un adjunto (como lo son circunstancial y agente).

El verbo conocer, tiene todas estas acepciones: averiguar, entender, advertir, saber, echar de ver, percibir, tener trato y comunicación, experimentar, sentir, tener relaciones sexuales, confesar, mostrar agradecimiento y actuar con facultad legítima. En la frase La naturaleza es conocida por sí misma y no por ninguna otra cosa sabemos que el complemento por sí misma y no por ninguna otra cosa complementa a conocida (participio verbal hecho adjetivo atributo donde late la semántica de conocer), tanto que, si quitamos conocida, la frase cambia totalmente de sentido pues en la naturaleza es por sí misma y no por ninguna otra cosa el verbo ser equivale a existir (grado cero de la vida y de la gramática), ya sin cópula, sin atribución ninguna.

Yo soy, dijo Yahvé, parco en palabras, a Moisés, por toda presentación; presentación que algunos tradujeron redundante: Yo soy el que soy o soy quien soy. Un experto en brujulear con la lengua podría ver ahí una estructura profunda pasiva: *yo soy sido por mí mismo, claro que sí, ¿pero qué ganaría con semejante lucubración y, sobre todo, qué ganaría su alumnado? (Yo entiendo que en este foro me relaciono con profesionales de aula.)

Cuando Carmen Lepre sostiene “no veo que por sí misma sea régimen, por ningún lado surge que por esté seleccionado por el verbo conocer”, que haga desaparecer desconocida. Verá que por sí misma desaparece también, por tanto conocida era, es, su núcleo. Y quienes insisten en por sí misma como complemento agente o circunstancial recuerden que circunstanciales y agentes son complementos verbales, no de adjetivos ni de sustantivos.

Nuestro problema se ha reducido a uno: si por sí misma etcétera lo analizo como complemento régimen o preposicional, que, para el caso, es lo mismo. Si digo preposicional estoy haciendo un análisis descriptivo irrebatible: es evidente que por es una preposición. Pero, mejor que preposicional, yo diría complemento régimen. Primero, porque conocer por (o conocer de) es de una frecuencia aplastante, y eso es el régimen: algo que está en la dieta, en la conveniencia o en los hábitos de las palabras. Y, segundo, porque así aplican al español el maravilloso invento de los phrasals ingleses: una misma noción, un mismo concepto para cuantas más lenguas o disciplinas, mejor, ¿no es eso economía educativa? A Pablo Neruda le hubiera gustado. Qué maravilloso idioma el mío que, por una a o por un por o por un de que viniera a posarse como un lacito detrás de una gran palabra, esa palabra cambia de traje o de vestido entero. Lo que va de conocer varón o hembra o amor (en el sentido erótico de la palabra), a conocer de oídas, conocimiento tan de lejos tan de lejos que por algo nos equivocamos tanto.

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gramática

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LA GRAMÁTICA

La gramática se asienta en la escritura y es de base latina, de ahí las dificultades para aprenderla, para enseñarla y para verle la gracia. Gracias a la gramática, sabemos si se dice le vi o lo vi (al abuelo, por ejemplo), si es correcto *habían muchos grupos o si laísmo o dequeísmo merecen el infierno. Además de darnos la posesión de la estructura de una lengua, la gramática nos permite contrastar el lenguaje de la calle y ver cómo un intransitivo se vuelve de pronto transitivo (entrar: entra al niño en casa; flipar: lo flipo) o cómo los hablantes prefieren la concordancia (*habían gentes pero también las pasivas reflejas antes que las impersonales: se venden flores en vez de se vende flores). Dominar la gramática es conocer el enemigo por dentro, la mecánica del vehículo que conducimos. Los reparos a la gramática son dos: usarla como arma de clase (clasista) para vulgarizar o menospreciar a quien no la domina (lo que ya es de mal gusto con las faltas de ortografía) y que unas veces se use el método sintáctico (objetivo) y, otras, el semántico (subjetivo). La subjetividad se da en los conceptos de transitividad (todos los intransitivos admiten complemento directo) o de modalidad (el ¿qué hora son estas de llegar?, de una madre al hijo que vuelve de madrugada, es todo menos interrogación y, si no, pruebe el niño a contestarle ¡Las cinco menos cuarto! y verá qué pasa). Mientras la lengua siga siendo un metro de medir el vulgarismo, profesionales de esto debemos hacer de gramática y ortografía instrumentos de emancipación. Por último, es hermoso que, gracias a unas reglas comunes compartidas, los millones de ustedes del mundo podamos entendernos; yo ir a Buenos Aires y ustedes venir a Sevilla y ver que el destrozo individualista y la dispersión de lenguas no han sido tantos como para que no sigamos entendiéndonos. Lo jodido son las contaminaciones del eufemismo que traen más vulgarismos que no hacen más que empobrecer la lengua. Que palabras como huevo o coger sean palabras fallidas que no podemos usar sin malicia o sin que algún imbécil nos saque un chistecito. El otro enemigo es la pleitesía ante el inglés y, antes, ante el francés, que endemonia nuestro hablar llano (kilo papas, no kilo de papatas) con estupideces como coincidir en el tiempo o es por eso que, cuando coincidir ya implica espacio y tiempo; por eso es suficiente y de…que, un galicismo. Transmitir estructuras al alumnado, decirles por qué su equipo se llama fútbol club en vez de club de fútbol es gramática. Qué buen oficio el nuestro. Qué buen idioma el mío, Pablo Neruda[1].

[1] La palabra

… Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció… Tiene sombra, trasparencia, peso, plumas, pelos, tiene de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto trasmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Éstos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaban arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.

Confieso que he vivido
Pablo Neruda, 1974
Maule, 1904 – Santiago de Chile, 1973

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