elegía por una infancia antifranquista.

Queipo de Llano y su mujer Genoveva en la Macarena

Otra vida para vivirla contigo es un título de Eduardo Mendicutti. Literaturas aparte, no es serio, ni sería posible, apuntarnos a ser, retrospectivamente, lo que nunca hemos sido. Edades y generaciones. Espacio y tiempo. En mi caso, no me basta haber nacido en el 54 para explicarme a mí mismo. En 1954 nacieron, por solo citar entre mis varones más próximos: Fernando Mansilla, Eliacer Cansino, Juan Villa o Luis Fernando García Barrón. Cada uno tuvo su grupo de adopción al que pertenecería; en la sociedad se despachaba de todo: comunistas, ecologistas, intelectuales, jipis, beatles, rollings, cueros, vaqueros, skinheads, budistas, shiddartas o lobos esteparios. Pijos y canis vendrían poco después. Poderosos modelos sacábamos del cine, de las novelas o de la política. Woody Allen, Che Guevara, Arafat, Gandhi, Bob Dylan o John Lennon competían con la iconografía de nuestras madres: Clark Gable, Cary Grant, aunque todavía estábamos a tiempo de hacernos un Humphrey Bogart por una buena Flaca. Entre tanto abanico para elegir, yo me perdí ser de la Generación Smash o Generación Triana (del rock andaluz); me perdí ser de la Generación Los Caños (me quedé en Chipiona) y me perdí la Generación Canijo (título de Fernando Mansilla). Y solo cuando ha fracasado mi Generación de Mayo del 68 y por la revolución social, solo ahora, a tiempo pasado, sé, como de Roma lo sabía Alberti, lo que dejé por verte: biografía al fin cumplida. Y espero que los vencedores de su biografía hoy triunfante dejen de darme la lata con su nostalgia. Por último, recuerde el alma dormida que la felicidad (como la muerte) tiene un precio y a la par que nacimos los del 54 nacieron, para lavarle la cara a la dictadura, las hermandades de Santa Genoveva y San Gonzalo, santos sinónimos de Gonzalo Queipo de Llano y señora, Genoveva Martí. De tal modo (o de tal ética) que los entonces nazarenitos felices del Tardón, del Barrio León o del Tiro de Línea no deberían exhibir, sin pudor, sus orígenes como infancia dorada. Siquiera por respeto a la memoria (histórica) de quienes sufrieron otra niñez, víctimas del 18 de julio. O en todo caso, como Silvio Rodríguez: que les perdonen por esos días los muertos de su felicidad, muertos y heridos que por demás forman parte de la Sevilla que se fue. (En la foto, enterramientos de Queipo y Genoveva, entrando a la izquierda, en la basílica de la Macarena.)


 

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