actualidad de los bares (a los diez años de el bebedor de cerveza).

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EL BEBEDOR DE CERVEZA
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bares y tapas.

A los bares, voy buscando el grifo de Cruzcampo. El botellín helado, lo tengo en casa. Voy a beber y bebiendo espero. Porque mi estómago puede esperar y porque no me convence el sistema de pedir algo de picar “al centro”, y solo si alguien más se anima, y porque suelo perder en la educada batalla de los tenedores. Eso, si no termina el vuelo de mi tenedor ‑está tan lejos el centro‑ manchándome el traje.

Con la bebida, los bares servían un picable gratis de patatas fritas, altramuces, frutos secos, aceitunas o similar. Gratis, se entiende: pagado de antemano por la clientela, que es quien sostiene el negocio. Y era fácil armonizar aperitivo y rondas de bebida, vino o cerveza, las que hicieran falta. Solo si las rondas avanzaban, había que pedirse una tapa. O al revés. Sabiendo que tal bar sacaba su arroz en paella a la una y media de mediodía, allá que se iba a ese bar, contando que a las tres, la comida, en casa.[1] Ese mundo, masculinamente varón, cambió desde que la mujer (menos alcohólica y más de “pedir algo” y que no se resignaba a ser “la parienta” con la mesa quebrada y en casa) se incorporó también a los bares;[2] bares que además tuvieron que ajustarse a legislaciones europeas en aspectos higiénicos saludables largamente descuidados.[3] El resto lo puso el sector hostelero el año 2000, a la entrada del euro: la caña, que estaba a 125 pesetas, la bien pagada, la subieron a 166,386. Solo faltaba el efecto gourmet y enólogo en nuestras vidas, hasta los bares modernitos, donde la copa de vino (a 2,5 euros) no es competitiva con la cerveza y donde la gastro pamplina ha acabado con el viejo bar.

Actualidad de los bares.

1) Bares que siguen ofreciendo un primer picable que no cobran. 2) Bares que han hecho de aceitunas o frutos secos una tapa más. 3) Bares populares que, a la primera consumición, te sirven gratis la tapa del día, un probaíto del arroz, guiso, frito o aliño. 4) Bares que unen tarifariamente bebida y tapa y estos son bares de dos tipos: 4a) Bares bebedores donde la tapa cumple su función de tapar el alcohol, tapa no muy grande y no elegida por el cliente. 4b) Bares a la granadina o a la leonesa donde beber te obliga a comer, pincho o tapa a la carta (a la pizarra) o según disponga el local. 5) Gastrobares con liturgia de restaurantes. 6) Bares a la sevillana: se paga lo que se pide y suelen (deben) ponerte un primer picable gratis. Bebidas y tapas o raciones o medias, a su precio y por separado. Las tapas, en su rabanera o escudilla, sin terminología ni alarde de guarnición.

De este tipo es el bar Casa Bigote, en Sanlúcar de Barrameda. Y, porque acude mucha gente a las tapas, el barril de Cruzcampo (ese misterio, cuya figura es el grifo, más llevadero cuanta más gente arrime el vaso) da unas cañas de las mejores de Sanlúcar.[4]

Por eso, al caer la tarde, me gusta ir a Bigote. En una de esas, me dio por pensar qué pensarán de nosotros los barcos mercantes ‑ratas, humedad y óxido‑ que pasan. Desde Bigote, gente satisfecha saca sus cámaras. ¡Barco! Al fondo, Doñana. Desde el barco, deben pensar ¡Qué foto tan diferente, la mía y la suya, señor presidente![5]

foto LeMonge
foto LeMonge

Caso real del bebedor entre tapas. En verano de 2002, Martín Calamar volvió a Galicia. Viajaron con él cuatro mujeres cabales que iban a lo normal: a ver penes por las playas nudistas y a comer mejillones, pimientos del Padrón y algún lacón con grelos. ¿Alguno? Uno para todos, si acaso, porque las madrinas ‑así llamadas por lo que nos querían y porque venían de Madrid‑ apenas el camarero nos servía la media ración de mejillones o la media de pimientos fritos, siempre decían ¡Qué barbaridad, con esto ya hemos comido! La consigna era picar algo por ahí, no comer o cenar. Los platos no iban por comensal, sino todos para compartir, siempre al centro de la mesa, uno para todos y todos para uno. El plato individual no servía más que para pinchar o cortar lo que se cogía del común y para echar huesos, cáscaras, raspas y conchas vacías. (Y aun éstas se las tangaban entre madrina y madrina y, en un descuido, se las echaban al plato de la de al lado.) Yo, que no me arranco a comer sin dos o tres cervezas en el cuerpo, pasaba directamente de la cerveza al café porque ‑esa es otra‑ la señal de que, comer, habíamos comido era pedirse enseguida postre, naturalmente, para compartir. Tinta de calamar, 761

–álbum compartido de fotos El bebedor de cerveza, Carmona, 19 de julio de 2007.

[1] El telediario a las tres responde a esos usos horarios que quieren homologar con Europa.

[2] Parecida asimilación conoció la afición al fútbol.

[3] Todavía hay bares sin taza en el wc y varones que ni tiran de la cadena ni se lavan las manos.

[4] Ciudad que no cuida especialmente al bebedor de cerveza.

[5] Canción de Quintín Cabrera, Señor presidente (1975).


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