CÓMO ME HICE INTELECTUAL

Woody Allen

CÓMO ME HICE INTELECTUAL

No me refiero aquí al intelectual filósofo, al culpable, al melancólico ni al orgánico o comprometido. Me refiero al intelectual patoso y ligón, reprimido y frustrado a la manera de un seductor Woody Allen paseando por Manhhatan. Sombrero, pajarita, zapatos de salón. Por parecer más alto, encorvé los andares, cargué la chepa y, por dármelas de sabio despistado, adopté el tic de tocarme las gafas para ajustármelas continuamente como quien necesita fijar la vista a dos palmos de sus narices. Imposté la ecolalia en eso de adivinar y anticiparme a las obviedades. Y rematé con la oratoria de interesantes que discurren entre silencios calculados, ruidos guturales ‑¡hum!-, muletillas ‑¿no? o ¿verdad?- o fórmulas como he dicho antes, vuelvo a repetir o si me dejaras acabar. El manual de trato con las mujeres, lo reforcé con un capítulo de Tinta de calamar:

En Sevilla se llama sanjuán o donjuán al varón que acompaña y guía a una señorita (si fuera señora, podría haber problemas con el marido) a imitación del San Juan del paso de virgen de la Amargura. El aspirante debe situarse a la izquierda de la dama y ahuecarse ligeramente de modo que su mano izquierda, con índice o sin índice señalador, vaya marcando el camino, dejando el brazo derecho para darlo como percha o posamano o, si hiciera al caso, echarlo con delicadeza, no como un pulpo, por encima de los hombros de la dama, a la que de esta manera cubrirá y protegerá de peligros cualesquiera o del relente, razón práctica por la cual las mujeres eligen acompañantes de cinco a diez centímetros más altos que ellas. Caso de mediar pipas de girasol, patatas fritas o similares chucherías, las manos izquierdas de ambos paseantes deben servir, la de ella para sostener el cartuchito y la de él para picar de vez en cuando y sin glotonería, mientras se va dando la natural conversación. Efecto secundario de la postura sanjuán es que, con el tiempo, al caballero le queda el hombro derecho como retranqueado y más elevado que el hombro izquierdo, escoliosis característica de varones bien educados. Otro efecto secundario son los ojos abesugados y saltoncillos, de mirar tanto como hay que ver, incluyendo la canal de la dama, o de tanto apostillar lo que ella vaya diciendo con expresiones asombradas de ¡Oh sí!, ¿Qué me estás contando? o No me digas. Se trata de marcar la superioridad intelectual de uno sin que la muchacha se dé por ofendida. Lo escribió Gustavo Adolfo Bécquer: –¿A qué me lo decís? Es tonta de remate, pero ¡es tan hermosa!

Como se ve, y conforme al tópico, no hay coeducación en todo esto. El intelectual es absolutamente macho. O mariquita, entonces, en el sufrido papel del amiguito gay. Las intelectualas, femeninas o marimachas, pedantes y peliagudas, bachilleras o sabias, individuales o por equipos, desde el Corbacho a Molière, desde Sevilla a Nueva York, haberlas, haylas, y mejor dejarlas para otro día. Baste saber que a mi novia le hice ayer tarde el intelectual y que también ella ha decidido mejor dejarme para otro día.


 

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