La Feria y las ferias

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LA FERIA

Feria lo mismo significa día de labor que día de fiesta. Remontémonos a una economía de trueque. Al mercado del Jueves los jueves en calle Feria de Sevilla iría la lechera del cuento a cambiar su cántaro de leche por pieles o tejidos. El día de mercado (cualquier día de mercadillo en los pueblos) era y es día de tratos que traen consigo el beneficio y la ganancia. Y donde hay ganancia del vendedor y conformidad del comprador es fácil terminar celebrando los tratos. Ese fue el principio festivo de la Feria de Abril, que empezó siendo mercado de compraventa de ganado. Tampoco la fiesta era día ni de ocio ni de negocio, sino día del Señor, que es recogimiento ni festivo ni lo contrario. La prueba está en los nombres de los días en Portugal. De lunes a viernes: segunda feria, tercera feria, cuarta feria, quinta feria y sexta feria, para el sábado, sábado, llamado así y con su nombre propio. Lo cual demuestra que la semana portuguesa tiene un origen hebreo con todos los días apuntando al sabbat o día sagrado. La primera feria hebrea, que era el domingo, fue después rebautizada cristianamente con nombre de domingo, pero el lunes siguió siendo segunda feria, que es lo que a nosotros, españolitos acostumbrados a la semana que empieza el lunes, nos descoloca un poco cuando vamos a ese tan entrañable país.


Del Jueves de calle Feria habla Cervantes en Rinconete y Cortadillo (h. 1605) cuando por boca de un bribón enterado advierte de los puestos donde los pícaros recién llegados a la ciudad debían acudir: “por las mañanas, a la Carnicería y a la plaza de San Salvador; los días de pescado, a la Pescadería y a la Costanilla; todas las tardes, al río; los jueves, a la Feria”. Hoy, ni la Carnicería ni la Pescadería ni la plaza del Salvador son lo que eran pero El Jueves sobrevive en calle Feria en lo que debe ser el zoco o mercadillo (en Madrid, Rastro) más antiguo de Europa. La Feria de Abril data de 1846. De su origen, guarda un carácter que lleva al debate sobre si es fiesta abierta o cerrada. Aparte de casetas concebidas como bar, freiduría o espectáculo (la caseta de la Esmeralda está desde los años 60), la primera caseta pública fue La Pecera, del PCE, en 1974, y después vinieron las casetas de distrito o municipales, cuando la democracia quiso abrir la Feria a sevillanos y sevillanas sin caseta, los populares sinca. La Feria cerrada y particular de Sevilla se echa a reñir con la Feria del Caballo de Jerez, puesta como modelo de feria de casetas abiertas. Ojo, por cuanto lo abierto o cerrado no consiste solo en la puerta, sino en la barra a la hora de pagar los consumos realizados. Y ahí interviene, en Jerez como en Sevilla, una doble vara de medir o de cobrar: precios más baratos para socios, que pagan o se apuntan sus consumiciones y que pueden abonarlas en efectivo o con tiques previamente adquiridos, y precios más caros para los demás. Lo mejor es no hacer cuestión de esta doble contabilidad. El forastero imagine que está en un cámping o, más severamente, en un campo de refugiados, ahora que salen mucho por la tele. A nadie se le ocurriría querer entrar en cada tienda como si fuese suya. La Sevilla de casta sostiene que su caseta es la prolongación de su casa, así que nadie pase sin llamar o pedir permiso. Este argumento es irrebatible. Otra cosa sería la socialización de la Feria, pero esa es reivindicación política y a la Feria no se va a hacer política. Lo cual, que lo mejor, en Sevilla como en Jerez y en todas partes, es ser señores y caballeras en nuestro comportamiento, elegantes en el trato y advertidos a la hora de pagar. Total: si la cerveza, las gambas o el cubata nos cuestan más que al socio, también el socio ha desembolsado su cuota de sociedad de la que yo, como invitado o que vengo de paso, me beneficio: vaya lo uno por lo otro. La regla para entrar o no en una caseta es pasar y ver que nos dejan pasar. La mayoría de casetas, incluyendo las que tienen vigilante en la puerta, nos recibirán encantadas, como haya sitio. Al bar de la caseta, que quiere hacer su agosto en abril, le interesa movimiento en barra y veladores. Y, a la caseta, público dispuesto a gastar y a divertirse. Las mujeres ‑no digamos si se presentan vestidas de flamenca‑ porque van a bailar y a jalear y, los varones, porque van a beber y a consumir.


Enlace a las casetas públicas, con su dirección.

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