san José, el último de la fila.

San José y el Niño. Pintura cuzqueña (de aciprensa.com)
Pintura cuzqueña Foto arciprensa.com

José de Helí, de Jacob o de Nazaret, más conocido como San José, en hebreo Iosef, el que Dios ayuda o quiera multiplicar, novio y esposo de María la Virgen, padre putativo o adoptivo de Cristo Jesús, patrono de la familia, del trabajo y de los obreros y patrono además de América, de China y de medio mundo, ahí donde lo ven, tan 19 de marzo, tardó muchísimo en subir al santoral del almanaque cristiano. Da cuenta de ese retraso Gómez Manrique, tito de Jorge el de las Coplas, autor de una Representación del nacimiento de Nuestro Señor para un convento de monjas por encargo de una hermana suya que era la priora. Estamos en 1476. Casi mil quinientos años llevaba el cristianismo de religión triunfante y escuchen, escuchen:

¡O viejo desventurado!
Negra dicha fue la mía
en casarme con María
por quien fuese deshonrado.
Yo la veo bien preñada:
no sé de quién nin de cuánto.
Dizen que d’Espíritu Santo,
mas yo d’esto non sé nada.

¡Dudando de la Virgen a esas alturas! Normal, en la España que distinguía entre honor y honra, que ya es distinguir; en la España de cristianos viejos que estaban a punto de imponer su limpieza de sangre a moros, judíos y egiptanos; en la España del Cardenal Cisneros, inquisidor y regente; en la España que alumbraría la negra honra del Lazarillo; en la España de clérigos amancebados la Iglesia no debía saber cómo encajar la figura de José, quien si no es por presión popular no alcanzó el título de santo hasta 1621, se dice pronto, y eso que estuvo el hombre allí en el misterio desde primera hora, precursor que fue de los varones que asisten al parto. Y es que, de las tres personas del ciclo de Navidad, a José le tocó quedarse fuera del segundo y más importante, el ciclo de Pasión. Sin Semana Santa, o sea. Su protagonismo solo se vio compensado por los evangelios apócrifos que, al dar a Jesús la infancia que le negaban los canónicos, dieron cancha al padre de carne y hueso más que al dichoso Espíritu. Y gracias a la devoción popular. Hay que imaginarse a los varones siglo quince en la taberna, se hubiera o no inventado la palabra parienta, diciéndole al carpintero cuando ya se iba a casa sin tomarse la última: ¿Qué pasa, que te controla la parienta? Debió ser duro para él, unas veces manso y, otras, cornudo. En la elevación de José y en su condición de padre a los altares quizá se encierra la última palabra de un pueblo de machos y de honor que, contra tanta bravata tabernaria, finalmente se reconcilia con la tolerancia, con el hogar y con el ser bueno. Más vale tarde que el 016. Después de eso, el segundo empujón al santo, el de El Corte Inglés con su Día del Padre en los años 70, ya no tuvo ningún mérito. Tampoco, las fallas ni su proximidad al 21 lo hacen santo de traca y primavera. Este hombre es más tranquilo que de la sangre altera. Le encantaría volver a posar, con lo bien que lo hizo en el portal, y se muere de ganas por que lo saquen en un paso o le den silla en la carrera oficial por Semana Santa. Y a verlas pasar.


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