carta a una guardería (2)

continuación de CARTA A UNA GUARDERÍA

Salvo por derechos de autor (caso de hijos de famosos que cotizan en la prensa rosa), lo único que mueve a un adulto a buscar fotos de menores en internet es paidofilia o pederastia, según se quede en amor al género o pase a mayores. Quien quiera esas fotos las tiene a raudales porque la autorización familiar autoriza a publicar pero no encripta las imágenes publicadas (ojo a la diferencia) y el botón derecho del ratón (guardar como) permite capturar la imagen con solo un clic. Voy a decirles en qué parará todo esto de la protección del menor: en nada. En nada por el enorme tinglado mediático, se dice así, alrededor de los niños. No hay tiritas en los ojos suficientes para tanta infancia retratada, yutubeada, televisada o egolatrada: desde las dos infantas del rey de España, que nos las meten en los telediarios siempre que pueden, hasta los programas de Másterchefs juniors o Sellamacopla juniors, pasando por Juan Imedio: todo es exaltación de las criaturas desde la primera ecografía en la barriga de su madre. Lo extendido del fenómeno apunta, a su manera, la solución: si todo es todo, nada es nada; y, si no puedes con él, únete a él, o sea: si no podemos evitar que todo esté en internet, dejemos de quejarnos por que algo concreto esté en internet. Y reconozcamos que, frente a los miles de ojos electrónicos que sustituyen al gran ojo de Dios, Google nos ve. Y no hay acontecimiento social (a veces, ni privado) que no pueda registrar, en foto o en vídeo, alguna cámara. Como en tecnologías es imposible volver atrás, nos queda ser buenos, responsables y con una ética indesmayable. Lo demás no está en nuestra mano pues cualquiera puede copiarnos y pegarnos para un montaje porno, policial o delictivo. Visto que en riesgo estamos todos, mayores y más chicos, dejemos de preocuparnos por la imagen que nos toman (con o sin nuestro permiso) y preocupémonos por la imagen que damos. En el caso de la guardería airada contra un fotógrafo, las madres debieron pensar antes:

1º) Lo que significaba disfrazar a sus peques con esa pinta y sacarlos a la calle a la vista de todo el pueblo. Disfrazar no es vestir. El disfraz es algo desde el principio grotesco y sabido es que la única ropa adecuada era de monaguillo. No les reservan las hermandades otro sitio en sus desfiles procesionales.

2º) No se le podía exigir al fotógrafo que pidiese permiso previo porque, si lo pide, no se lo dan. No olvidemos que eran fotos denuncia, fotos testigo, fotos objetivo indiscreto para ilustrar con imágenes (que valen más que mil palabras) lo que se quería denunciar. Lo único exigible al fotógrafo es haber preservado las identidades con tiritas en los ojos o con un difuminado, protocolo, por cierto, que la guardería no cumple en absoluto. Se ve que cuando quieren presumir de lo bien que lo hacen o lo guapos que son: abre la muralla. Y cuando les critican: cierra la muralla, la cámara. Eso se llama matar al mensajero. Las fotos las retiró este fotógrafo en cuanto supo. Ahora, toca a los padres y madres considerar qué derecho tienen, o la guardería, a exhibir de mamarrachos o de tías guapas a sus criaturas. Y toca a los padres y madres y a la guardería ver si este año van a permitir (no basta con no ir, no vale, objetores, abstenerse) la misma exhibición que el año pasado. Espero que no. Feliz infancia y felices familias comprometidas y conscientes.

Daniel Lebrato, 11 02 2016

Ejemplo de guardería protectora de imágenes.

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