1ºZ (Alfa y Omega)

Bancas

–¡Caballeros, algo habremos hecho (ustedes y yo) para coincidir aquí! La frase no la dice el alcaide de la enésima película de Alcatraz cuando llega el grupo de presos donde viene Paul Newman, Robert Redford o Clint Eastwood. El adjetivo enésima, de ene, cantidad indeterminada, es muy útil para significar que algo se repite un número indeterminado de veces, y ocupa con ventaja la casilla de clásica, típica o tópica: la clásica película o la típica película. También alcaide (que parece una variante de alcalde, del árabe alqadi, juez), es adecuada cuando se trata, no de quien preside un ayuntamiento, sino del funcionario que tiene a su cargo el gobierno de una cárcel que nadie quiere, y viene de alqáyid, conductor de tropas. ¡Caballeros, algo habremos hecho! era la fórmula de yo presentarme como profesor de lengua a mis bachilleratos del nocturno. Caballeros incluye caballeras y es una manera de cumplir con el género donde las cárceles son de hombres o de mujeres, pero nunca mixtas. Mis hombres y mis mujeres algo habrían hecho mal o muy mal para pasar de los dieciocho sin sacarse un bachillerato que, en condiciones normales, se tiene a los diecisiete. Dejo a ustedes la expresión fracaso escolar. Yo no soy quien. Aunque algún fracaso hay, también se da en el nocturno mucha biografía interesante, de gente que a su edad ya sabe lo que es cruzar fronteras, levantarse a las cuatro de la mañana para cargar cajas en Mercasevilla o llevar para alante una casa como cabeza de familia. Otras veces, detrás del aparente fracaso está la apuesta por otra dedicación, gente que a los dieciséis años se fue al extranjero, se centró en el conservatorio o siguió el hilo de una pasión que los demás no entenderíamos. En aquella lista de clase no faltaba el adulto cincuentón que volvía a estudiar después de años y quería hacer el ingreso en la universidad para mayores de 25. Ni jóvenes que, antes de la crisis, dejaron el instituto por la construcción o la hostelería, donde sin mucho título sacaban su buen dinerito. Allí había auténtico material humano, incluida la minoría bereber o de raza negra o china. Y algún mal estudiante, claro. Mi instituto era de los que pillan perla con la excelencia, esa capa que tapa la adoración que siente un profesorado de la pública por la enseñanza privada. En estos centros de gente bien, el nocturno es como un campo de refugiados, algo que se atiende porque no hay más remedio y porque da presupuesto y dotación al centro, pero nada que ver con el rutilante diurno de profesorado excelso, de enseñanza bilingüe y de tablón de honor. Les cuento. Se había jubilado una compañera con reducción de dos horas semanales y nos llegaba una profesora joven, ya sin motivo para esa reducción. Como miembro del departamento, pedí que la nueva dedicara esas dos horas a dar refuerzo en el nocturno. No era una petición menor. Aquel instituto acogía un buen número de estudiantes cuya lengua culta no era el castellano: francés, quienes venían de Marruecos o Senegal; chino. Aunque era gente lista como ella sola, se pueden imaginar sus carencias en ortografía, sintaxis y vocabulario. Pues nada. Las dos horas se destinaron al diurno, a reforzar el comentario de textos en Selectividad, prueba donde el instituto contaba su excelencia por matrículas de honor y sobresalientes. Mi petición de español para inmigrantes fue respondida por la señora directora literalmente así: Dalas tú (como si a mí me sobraran horas o como si aquello fuese de caridad o voluntariado). Dalas tú. Y se quedó tan fresca. Ahora comprenden ustedes lo que yo había hecho para estar en el nocturno. Huir de la excelencia y acogerme a los míos. A Yáe, princesa de Senegal, que ayudaba a su padre en la venta ambulante. A Xaoqí, del chino de la Alameda. A Omar, que llegó a España de polizón en el bajo de un camión y, el muy bruto, era partidario de pegar, en el nombre de Alá, a las mujeres. Me miraban, al alcaide, sin entender nada. Algo habremos hecho. ¿Y el profesor?, ¿qué habría hecho el profesor? Mi peor cara me salía cuando tocaba taller de creación. A buenas horas. Qué horror. Yo creo que lo hacían a propósito. No era posible tan mal oído para la métrica, aquellos ripios, tan rara prosa que llegué a pensar ¿lo habrán aprendido de mí? (Mi madre siempre dice que no se entiende nada de lo que escribo.) Hasta les prohibí que dijeran por ahí que Lebrato era su profesor, y me hice llamar Pilar, de las varias que había en mi departamento. Un día, entre tanto horror, los dos hermanos Ortiz Then o Auron Then, bilingües de corazón, me tenían escrito en la pizarra: You’ll be facing the night. Do what’s right. Truth, the light, que mandé traducir: Te enfrentarás a la noche. Haz lo correcto. Verdad, la luz. Llegada la hora de Tinta de calamar, a los hermanos Ortiz Then dediqué la cita inicial y, a ellos y a todo su 1ºZ, la casilla 766, que celebramos en La Carbonería, y dice: «En la penúltima clase nos haremos pastores como quiso Sancho al final del Quijote. Contestad ¡presente!: Alfongás, Altiztén, Arosú, Cargarán, Danicio, Dayamor, Evaical, Manromán, Margiral, Marolún, Nabilón, Pedrobrás, Sancadiz, Sandrelor y Victorjiz. Firma el parte Daniel Lebrato Martínez, Zatodán.» Bajo esos nombres cabían y caben ‑junto al Z, el X y el Y‑, todos los cursos que se me han ido pegando como los frijolitos del idioma a las botas de los conquistadores torvos. En esas clases desesperadas de retórica y poética, puse todo mi empeño por enseñarles en qué se parecen las campanas y los pianos al verso castellano: en que la última nota, la última sílaba acentuada, durando igual que las otras, nos parece más larga y por eso se añade una más a los versos agudos. Con los cursos, igual. El último es el que más permanece en la memoria de nuestro oído sentimental. Pero no es más que una sensación. Todos los cursos, todas las listas, todos los nombres de uno en uno y de año en año han sido iguales para el profesor. Ocurre que el Z ha sido mi última nota y ahora, que el Z deja el instituto, ya puedo yo jubilarme. Algo habremos hecho. El último, que apague la luz.

Daniel Lebrato, Taller de escritura de 1ºZ, 6 del 6, 2015.

Ficha técnica.
Instituto San Isidoro, de Sevilla.
Directora: Mariluz Casares Rocha.
Jefes de estudios: Rodrigo Alba Garrido y Susana García Domínguez.

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