PASTORES Y BORREGOS

1. Tesis

En el libro de texto aprendíamos que la teoría política es hija de El espíritu de las leyes, de Montesquieu, 1748. Montesquieu pone por escrito lo que ya pasaba en la corte inglesa, que el rey reina pero no gobierna, y propone que el viejo poder absolutista se divida en tres: gobierno, parlamento y judicatura. Casi un siglo antes, Thomas Hobbes (Leviatán, 1651) había teorizado el contrato social como base del estado, después de que John Locke estableciera que el poder reside en el pueblo (Tratado sobre el gobierno civil, 1690). A la caída del antiguo régimen, siguió el ascenso de la burguesía como clase, y el de la clase obrera, que fue poniendo en evidencia el raquítico sufragio censitario, por niveles de renta, y acabó imponiendo el sufragio universal. No lo decía el libro, pero en 1933 la República Española reconocería el voto de las mujeres. La teoría política daba un salto de trescientos años, hay que decir, a remolque de los acontecimientos: revoluciones inglesa, francesa y rusa, América independiente, repúblicas.

Las teorías de Hobbes, Locke y Montesquieu se parecen en un punto, que son cuatro: elección, delegación, representación y mandato. El pueblo en asamblea (polis, ágora, censo o electorado) elige y delega en quienes mejor lo representan (aristoi, diputados o senadores), que rinden cuenta de su representación al final de un periodo por algo llamado mandato. Buscando fuentes y bibliografía, la nueva democracia se remontó hasta Grecia y trajo una clase hasta entonces poco o nada perfilada: la clase política. Si la estrella del político podía ser fugaz, el político perduraba en su partido, moderno príncipe de Maquiavelo (1513).

En ese dibujo se pasaban por alto dos teorías políticas. Las de anarquismo y socialismo científico ‑de Bakunin y Marx‑, tan sólidas como diferenciadas en 1872, fecha de la Primera Internacional, una y otra coincidentes en un mismo horizonte: la disolución del estado. Internacionales, hubo: la Segunda (1889: socialdemócrata), la Tercera (1919: comunista) y la Cuarta (1938: trotskista). Tanta Internacional bordea un mapa del siglo 20 entre guerras mundiales y bloques a un lado y otro del figurado telón de acero (1945-1989). Caído el telón, occidente se las prometía muy felices, aunque con tal de reventar la experiencia soviética, había jugado con fuego: el fundamentalismo religioso, que traerá consecuencias; aquí Wojtyla y allí Bin Laden.

Soviet significa consejo y expresa una participación no por urnas y partidos, sino por reuniones de fábrica, barrio o sector. Esta democracia directa y su teoría no la empaña la práctica estalinista que se burocratiza hasta dar con un monstruo tan deforme como la democracia ‘burguesa’ que pretendía criticar. Ni capitalistas ni anticapitalistas, en nuestros países en lucha y bajo la dictadura, la democracia directa fluía como ha fluido en el 15-M: mediante asambleas. Fue la democracia de las comisiones obreras, movimiento que nunca quiso ser sindicato y que lo fue a la fuerza por mecanismos de defensa frente a la UGT. Fue la democracia universitaria de los comités de curso de los años 70, aquellos que lucharon contra el franquismo a la sombra de las movilizaciones contra el Proceso de Burgos, versión de lo que en Francia había sido el Mayo del 68.

Simplificando, hablamos de tres tipos de democracias: la democracia de ágora ateniense, entre individuos libres e iguales, que deja fuera a la población esclava; la democracia de partidos, que excluye a quien no tiene la ciudadanía y disminuye a quien no milita; y la democracia de base por asambleas directas, muchas veces resueltas a mano alzada. A estas tres democracias habría que añadir otras dos: la democracia colegial, tipo claustros o colegios profesionales, y la democracia cívica, por orden de estadística y sorteo, para cubrir plazas sin ánimo político en tribunales, juntas de vecindad o en jurados populares.

2. Antítesis

De todas las democracias debe aprender y sacar sus propias conclusiones el movimiento del 15-M. A corto plazo, es de esperar que el movimiento no se burocratice ni caiga en el culto a la personalidad que trae consigo el liderazgo y la delegación de funciones en portavoces o responsables de área que luego se eternizan y se hacen cargo (que no es lo mismo que hacerse cargo). A medio plazo, el movimiento 15-M tendrá que elegir entre el cambio de modelo social o conformarse con la simple reforma de la ley D´Hont electoral.

Desde Platón hasta Ortega, la democracia se asienta en una base precaria: “es que las masas no están preparadas”. Quien así razona, olvida que si las masas no están preparadas para autogestionar sus intereses, tampoco estarán preparadas para votar con acierto su partido. Caben dos posturas: o seguir la minoría viviendo del cuento de que la mayoría no sabe y no está preparada, o preparar a la mayoría para el futuro, lo que se ha de hacer profundizando en el muy noble principio de igualdad de oportunidades.

Apoyándonos en la revolución científico técnica y en los conceptos de justicia universal, sanidad universal o enseñanza universal, con instrumentos como internet o los últimos foros internacionales, nos falta menos para hacer realidad lo que nuestra cabeza concibe hace ya mucho tiempo: que nadie es más que nadie y que el ser humano sea la primera especie protegida de la humanidad. No solo se ha caído la figura del rey ‑rey por la cara y no por la gracia de Dios‑, también cayeron del pedestal el sacerdote intermediario y el militar salvapatrias. Dios ha muerto, es cierto, y con el Faraón hemos enterrado en su pirámide de los horrores a toda su corte de adivinos, pelotas, farsantes e inquisidores. Si algún dios queda, colectivo, ese es el dinero. (Nada fetiche, que bien que se nota y se disfruta, y se lleva bien con el reparto.) El otro dios, mamado en las ubres del liberalismo, es individual, ganado a pulso: el otro dios soy yo.

Para rezar, mi yo no necesita iglesia. Y, para reconocerle el lado humano a la monarquía, no hace falta que el príncipe se case con la corista. Ni tontos ni marxistas ‑y sin duda agradecidos por los servicios prestados‑, vamos a ir pensando en una grata y pacífica jubilación para sus altezas, sus majestades y sus señorías. Por aliviarles de un peso y por presunción de inocencia.

3. Síntesis

Tanta gente no puede estar equivocada. Ni el pueblo que desconfía de la política, ni la política que, a costa del pueblo, sistemáticamente tiende a la corrupción. Desde Kirchner a Berlusconi, desde Strauss-Kahn a la trama Gürtel, desde Fujimori a Cospedal: lo que falla es la democracia. Salvo contadas voces que usan las elecciones para darle voz a quien no la tiene, la clase política es culpable de ambición o de poder, seguramente de las dos cosas a la vez. En el mejor de los casos: culpables de mesianismo altivo, de vanagloria propia o de bondad engreída. Cualquier cosa un candidato.

Tampoco nuestros votos pueden ser inocentes. En Mayo de 1968 una pintada lo expresaba mejor que nadie en las paredes y en la conciencia de París:

«Porque elijamos al pastor, no dejaremos de ser borregos.»

DanielLebrato@gmail.com, 22 de mayo de 2011, el año de las luces.

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