Las Carreras de Caballos por Sanlúcar de Barrameda, esta es la historia.

Las Carreras de Caballos por Sanlúcar de Barrameda, esta es la historia.


«Un pueblo que adora a su aristocracia es un pueblo vil»

(Pío Baroja, en boca de Aracil, en La ciudad de la niebla, novela de 1909)


La clave está en la fiesta, cómo ha acabado en fiesta algo que es coto privado prohibido o prohibitivo para muchos, corte de unos pocos: un mundo turf de apuestas y purasangres.

La respuesta no puede ser más que una. No es mundo turf todo lo que reluce, ni por la parte popular que trae la fiesta, ni por la minoriataria que traen las carreras de caballos de hípica inglesa.

Lo que en noviembre 1845 empezó siendo Sociedad para el fomento de la raza caballar andaluza (subrayado andaluza), de conocida utilidad para la agricultura de este país, subrayado agricultura (en tiempo de sociedades económicas de amigos del país), ha tenido 176 años para transfigurarse y dejarse ver como usted quiere que se vea: gran fiesta del Ayuntamiento de Sanlúcar de interés turístico nacional (1986) e internacional (1997).

Javier Cuevas Gonzálvez: Las CCS iban con sus altibajos hasta 1980, coincidiendo con el traslado del recinto de llegada, desde la playa de Bajo de Guía a la de las Piletas, año en que la temporada de carreras ha sido la más larga, nueve días en tres ciclos, para cuajar a partir del 81 en dos ciclos de tres jornadas. El G.P. Ciudad de Sanlúcar cuadruplicó su dote (a 300.000 pesetas para el ganador) hasta los 13.600 euros de este año 2021 (8.000 al ganador), uno de los mayores del turf español. Ese curso 80-81 se aprovechó a refundar la Sociedad de Carreras de Caballos.

Es decir, la fiesta es fiesta por voluntad municipal y política coincidiendo con la dación al turismo de la Andalucía que conocíamos, con la proclamación de la Autonomía como si se hubiera ganado la independencia, y bajo la hegemonía del Psoe en Gobierno de España, Junta de Andalucía y Ayuntamiento.

Aunque algunos de esos mimbres de alta política hayan caído, ya hasta el PP hablaba del Estado del Bienestar y ahí estaba la generación Podemos para creerse la trola que le contaran.

Plantear hoy cambios o mejorías para las CCS no deja de ser conversación para cuatro pirados. Cuando la sarna pica con gusto, lo más sensato es la sarna y rascarse. Contra ese bloque, el único argumento que nos queda antes de la hoguera, el único baile es elegir entre Eppur si muove o Sí, boana. Esta es la historia:

En 1845 Rafael Montaño cuenta a José Carlos García Rodríguez, que cuenta a José María Hermoso, en 2019 esta divertida noticia sobre la primera carrera de caballos por Sanlúcar de Barrameda:

«El animal que salió vencedor fue una yegua perteneciente a un conocido contrabandista del pueblo sevillano de Camas lo que causó un gran malestar entre los competidores.»

Desde la lucha libre a los juegos de mesa, todo juego tiene algo de disputa o competición y todos remiten a un lenguaje de la guerra (ganar a un rival, matar, se mata al ajedrez o al parchís). Los más peligrosos mentalmente (por la mente que los concibe y por las mentalidades que generan) son los de lidia o lucha contra uno mismo (Simone Biles contra Simone Biles), los juegos por dinero o juegos de apuestas, y los de carreras o luchas entre animales (lo que puede dar a crías específicas, como el toro de lidia como ser para la muerte). A todo eso añada usted el componente de clase, pues no será igual un “deporte de equipo” como el fútbol que “un equipo para el deporte de uno solo”, sea golfista o tenista.

En una sociedad de caballeros, la popularidad del caballo o de la fiesta del caballo debe hacernos pensar para no caer en ridículos. Ya que hay caballeros, reconocerlo al menos, de dónde viene la palabra, qué indica y qué supone. Y no dejarnos engañar por concejalías de fiestas. Las carreras de caballería son juego de nobles o terratenientes ganaderos que mueven o controlan un mundo de cuadras, yeguadas o sementales, veterinaria y cría, pedigrí y purasangres, con su equipo de flacos jinetes o jockeys, cuidadores, picaderos y gañanes, sin contar lo que mueve un hipódromo, jueces de carrera y negocio de apuestas. Ver ahí una fiesta o un espectáculo popular es tomarnos por idiotas.

En el caso de Sanlúcar, El cuento chino de Las Carreras de Caballos, el truco consiste en democratizar una fiesta de irresistible clase alta y conformar sus exigencias a lo que a las clases medias y actuales mentalidades pueda parecer tolerable. Téngase en cuenta que hay que secuestrar un espacio público de primer orden turístico, como es la playa de Sanlúcar, un veinte por cien de días de agosto para que pasen unos caballos volando como el rayo destino a una instalación, el hipódromo, donde la guardia civil y empleados de seguridad nos van a impedir el paso o a exigir una acreditación que no tenemos. Eso exige una fábula, y ese es el cuento chino que nos están contando:

«El origen de estos festejos se encuentra en las competiciones informales que realizaban los vendedores de pescado para llegar los primeros a los mercados», dice en su página la Sociedad de Carreras. Chapó. Imposible de superar. De paso, le guiño un ojo al turismo gastronómico y le hago propaganda al pescado y al mercado, que me estarán agradecidos. Pero como el señorito no puede disimular su condición de señorito y caballero, al final el cronista tiene que reconocer que ese origen en los abastos de pescado no está documentado (es cuento chino de un pueblo que fabula una leyenda tradicional) y lo que sí es: feria de muestras entre las casas del marco de Jerez y El Puerto, de orientación inglesa, que verían en la desierta playa de Sanlúcar, de 1840 y tantos, un arenal perfecto donde, por cuatro reales de salida a meta, poder medir sus cuadras y sus cabalgaduras.

Era un tiempo de doble moral donde las carreras y las apuestas podían estar tan mal y tan bien vistas como las peleas de gallos o los desafíos de honor, ese algo siempre entre lo legal y lo ilegal. España está al inicio del reinado de Isabel II y por Sanlúcar está al caer el pájaro Montpensier. La palabra pueblo o llamar popular a lo que Valle-Inclán retrataría como Ruedo Ibérico y Corte de los Milagros, es mezclar churras con merinas, significados desiguales aprovechando que el significante pasaba por allí:

«Es una de las competiciones hípicas más antiguas de Europa, en concreto las segundas carreras de caballos de estilo inglés que se reglamentaron en España, las primeras en la Alameda de Osuna (Madrid) en 1835. El origen documentado de las primeras carreras en las playas de Sanlúcar de Barrameda, se encuentra en los estatutos fundacionales de la Sociedad de Carreras de Caballos y datan del 31 de Agosto del año 1845.» (Historia de la Real Sociedad de Carreras de Caballos de Sanlúcar)

La actual Sociedad de Caballos evita hablar de purasangre, tipo o raza de caballo de origen inglés, desde el principio concebido para uso deportivo (hípica, saltos, carreras) para nada ligados al trabajo de carga o transporte. Es de notar la semejanza o paralelismo entre el caballo de pura sangre (o purasangre) y otras especies singulares vinculadas a la trata y al negocio que se han hecho especie protegida para la fiesta aristocrática: galgos, toros bravos, bueyes para el simpecao del Rocío.

Hay tanta distancia del mundo gentleman al gañán que le lleva la brida y le ensilla, que concejales y cabildos tuvieron que vérselas para atenuar tanta brecha de clase social, clase alta que, encima, se apoderaba de lo único que empezaba a ser democrático o de clases medias a finales del siglo 19 cuando se expandía el veraneo de playa: Quítense ustedes, que unos diítas de agosto la playa va a ser nuestra, que vamos a echarnos unas carreras y unas apuestas de nada.

Al pueblo bajo le dieron, con la complicidad de padres y madres, el invento de las casetas de apuestas infantiles, que iniciaba a la infancia a la ludopatía. Todo lo demás ya es estéril. Ni saldrán sanluqueños jinetes (como tenistas salen de recogepelotas). Ni mejora o aumenta la cabaña de caballos. Ni el niño de mayor apostará más que al cupón o la quiniela. Ni a la Sociedad entraremos por mucho baile de sociedad. Ni la monta que canta Salmarina de jinetes por Doñana tiene nada que ver con la monta de jockeys escuchimizados.

Lo cuenta José María Hermoso (Licenciado en Historia), 1845: Aquellas primeras carreras de caballos en Sanlúcar. SanlúcarCiudad.com, 09/08/2019.

[cursivas de eLTeNDeDeRo de aquí a pasen otros 175 años]

Cartel del año de la pandemia 2020, obra de Luis Gordillo

Hoy en día, determinados sectores han calificado a las centenarias Carreras de Caballos de Sanlúcar como un acontecimiento elitista sin raigambre popular; incluso dando a entender que en su origen fue una diversión particular de unos señoritos sin que despertara el más mínimo interés de la población. Por este motivo no hay nada mejor para desmontar una falacia histórica que ir a las crónicas de la época para conocer el verdadero origen y la importancia que tuvieron en la ciudad aquellas primeras carreras.

Las primeras noticias que encontramos sobre esta prueba hípica, aparecen en la prensa a finales del verano de 1845 cuando el diario El español anunciaba la preparación de unas corridas de caballos en la playa de Sanlúcar para el 31 de Agosto. Parece que en un principio la competición debía celebrarse el 24 de Agosto pero se pospuso varios días con motivo de contar con la participación de algún ilustre visitante. Como explica José Carlos García Rodríguez, las primeras carreras de la provincia habían tenido lugar dos años antes en Jerez como consecuencia del auge de la hípica en España a principios de la década de 1840. Este hecho debió de ser conocido por un grupo de aficionados de Sanlúcar entre los que se encontraba Pedro Carrere Dumest, un comerciante jerezano afincado en la ciudad y al cual la prensa atribuyó el éxito de esas primeras carreras.

Para conocer como transcurrió esa primera competición, contamos con varias crónicas dignas de los mejores relatos de viajes del romanticismo y que fue dado a conocer al público actual por Rafael Montaño:

Justos apreciadores de las glorias de Sanlúcar de Barrameda y fieles testigos de los festejos ejecutados en dicha ciudad el 31 de Agosto último, cuyo día será memorable para cuantos tuvieron el placer de presenciarlo. Desde el día anterior se observaba en la población una alegría extraordinaria, la concurrencia era grande y animada y el número de personas que de distintos puntos acudían sin cesar a tomar parte en los festejos, hacían presentar a la ciudad un aspecto poco común. Las continuas entradas de góndolas , carruajes de todas las especies, vapores y multitud de caballos formaban un aspecto agradable. La plaza de la constitución y las casas del ayuntamiento, adornadas con motivo a la feria, contribuía al mayor realce de este día. Los vecinos de la calle angosta de Santo Domingo habían entoldado esta y adornado e iluminado sus fachadas y en sus balcones ondeaban multitud de preciosas y variadas banderas, formando en la calle un paseo agradable. A las ocho de la noche de este día (sábado 30 de agosto) entró por las calles principales de la ciudad el señor jefe superior político de la provincia con su digno secretario en una elegante carreta precedido de guardias civiles y acompañándolo en lindos carruajes, el señor alcalde de esta ciudad con una diputación de su ayuntamiento y una comisión directiva de las funciones. El paseo de la feria en esa noche, fue animado por una concurrencia brillantísima y en la madrugada del día siguiente se corrió un gallumbo (un toro) por las calles de la población. La mañana del domingo era aún más animada, la afluencia de gente era mayor, y a las doce se celebró una misa en la iglesia de Santo Domingo donde concurrió la tropa con música, el señor jefe superior político y el Excmo. Señor comandante general de la provincia, que en esta hora entraba un carruaje acompañado de una comisión del ayuntamiento y de otra de la junta directiva, escoltado por la partida municipal. A las cuatro y media de la tarde vimos llegar a la línea de las carreras la lúcida comitiva que había de autorizar el acto. Dos extensas y bien entendidas líneas de bancos, multitud de banderas, formaban la espaciosa calle de las carreras, y un elevado palco hacía la cabeza del sitio destinado para la lucha de nuestros estimables caballos. Sin temor de pasar por exagerados, diremos que veinte mil almas ocupaban aquel sitio pintoresco, y que ningún ingenioso pintor había podido concebir. Los diversos elegantes y lujosos carruajes que la circunvalaban, el aparato de la comitiva, la llegada de los jueces escoltados por un brillante piquete, cuyos jinetes iban vestidos a la antigua usanza en soberbios caballos tordos lindamente enjaezados. Sanlúcar ha sido la primera que ha tenido la dicha de presentarlo el mérito de la originalidad nadie puede usurpárselo; su pabellón de gloria lo puede enarbolar con satisfacción.

Cumpliendo la comisión directiva su programa, empezaron las carreras a la hora que estaba anunciada y con ellas se aumentó la animación de los concurrentes al ver las luchas de los valientes caballos que disputaban los premios. Durante estos vimos transitar de un extremo a otro de la línea a los jóvenes y elegantes ayudantes que en soberbios caballos perfectamente adornados ponían en continua comunicación a los señores jueces de las mesas de arranque y parada. Deseamos que la junta directiva publique el resultado de sus funciones, para conocer los nombres y dueños de los valientes corceles que lucharon en tan célebre liza. Concluido esto, volamos a las calles de la ciudad para ver entrar la brillante comitiva y con efecto, la presenciamos desfilar por la calle Ancha en los términos más suntuosos que la imaginación puede figurarse. Era la procesión de un triunfo. Batidores de la guardia civil de caballería y del piquete de la usanza antigua, los caballos vencedores conducidos por lujosos palafreneros, las bandas de tambores cornetas, música y una lúcida columna del provincial de Valencia, precedía a las elegantes carretas que conducían las comisiones. Así concluyó este día memorable en medio de entusiastas vivas y aclamaciones por la Reina nuestra señora, por la unión de los españoles y a las autoridades superiores de esta provincia. El periodista de El clamor público que realizó la crónica del evento, como podemos ver, se preocupó más por recoger el ambiente que rodeó a la competición que los detalles deportivos. Sin embargo, según el corresponsal del El espectador, la carrera se llevó a cabo en un terreno de unas 500 varas marcadas por ambos lados con unas barandas sencillas y tras estas varias filas de bancos. Así y según afirmó el diario El español, se disputaron cuatro carreras, participando en las tres últimas los cuatro jinetes vencedores de la primera. Los premios consistieron en la cantidad de 1.000 reales para el primero, una docena de cucharas de plata para el segundo, 500 reales para el tercero y una elegante petaca de oro y plata para el cuarto. Curiosamente, aunque esas primeras carreras contaron con la participación de los corceles de los más destacados propietarios del país, el animal que salió vencedor fue una yegua perteneciente a un conocido contrabandista del pueblo sevillano de Camas lo que causó un gran malestar entre los competidores. El éxito del evento animó a los organizadores a crear un mes después la Junta directiva central de la Sociedad de Fomento de la Cría Caballar de Sanlúcar donde aparecerían algunos de los comerciantes y políticos más importantes de la Sanlúcar del siglo 19. De esta manera en el verano de 1846 se publicaron en varios diarios nacionales un reglamento con las bases para los participantes estableciendo la competición en dos días del mes de agosto. En consecuencia, las Carreras de Caballos de Sanlúcar tuvieron desde sus inicios un carácter popular que atrajo a la implicación de la mayor parte de la población como lo demuestran los relatos de la época. Hoy en día este singular evento que atrajo la atención de todo un país sigue siendo más de 150 años después patrimonio inmaterial de una ciudad y el mayor espectáculo de las playas españolas.

Crónica de José María Hermoso sobre la primera carrera, año 1845

“Un pueblo que adora su aristocracia es un pueblo vil”

(Aracil en La ciudad de la niebla, de Baroja)

Rafael Montaño, en 1845, cuenta a José Carlos García Rodríguez, que cuenta a José María Hermoso, en 2019 que cuenta a eLTeNDeDeRo esta divertida noticia sobre la primera carrera de caballos por Sanlúcar de Barrameda:

«El animal que salió vencedor fue una yegua perteneciente a un conocido contrabandista del pueblo sevillano de Camas lo que causó un gran malestar entre los competidores.»

Desde la lucha libre a los juegos de mesa, todo juego tiene algo de disputa o competición y todos remiten a un lenguaje de la guerra (ganar a un rival, matar, se mata al ajedrez o al parchís). Los más peligrosos mentalmente (por la mente que los concibe y por las mentalidades que generan) son los de lidia o lucha contra uno mismo (Simone Biles contra Simone Biles), los juegos por dinero o juegos de apuestas, y los de carreras o luchas entre animales (lo que puede dar a crías específicas, como el toro de lidia como ser para la muerte). A todo eso añada usted el componente de clase, pues no será igual un “deporte de equipo” como el fútbol que “un equipo para el deporte de uno solo”, sea golfista o tenista.

En una sociedad de caballeros, la popularidad del caballo o de la fiesta del caballo debe hacernos pensar para no caer en ridículos. Ya que hay caballeros, reconocerlo al menos, de dónde viene la palabra, qué indica y qué supone. Y no dejarnos engañar por concejalías de fiestas. Las carreras de caballería son juego de nobles o terratenientes ganaderos que mueven o controlan un mundo de cuadras, yeguadas o sementales, veterinaria y cría, pedigrí y purasangres, con su equipo de flacos jinetes o jockeys, cuidadores, picaderos y gañanes, sin contar lo que mueve un hipódromo, jueces de carrera y negocio de apuestas. Ver ahí una fiesta o un espectáculo popular es tomarnos por idiotas.

En el caso de Sanlúcar, El cuento chino de Las Carreras de Caballos, el truco consiste en democratizar una fiesta de irresistible clase alta y conformar sus exigencias a lo que a las clases medias y actuales mentalidades pueda parecer tolerable. Téngase en cuenta que hay que secuestrar un espacio público de primer orden turístico, como es la playa de Sanlúcar, un veinte por cien de días de agosto para que pasen unos caballos volando como el rayo destino a una instalación, el hipódromo, donde la guardia civil y empleados de seguridad nos van a impedir el paso o a exigir una acreditación que no tenemos. Eso exige una fábula, y ese es el cuento chino que nos están contando:

«El origen de estos festejos se encuentra en las competiciones informales que realizaban los vendedores de pescado para llegar los primeros a los mercados», dice en su página la Sociedad de Carreras. Chapó. Imposible de superar. De paso, le guiño un ojo al turismo gastronómico y le hago propaganda al pescado y al mercado, que me estarán agradecidos. Pero como el señorito no puede disimular su condición de señorito y caballero, al final el cronista tiene que reconocer que ese origen en los abastos de pescado no está documentado (es cuento chino de un pueblo que fabula una leyenda tradicional) y lo que sí es: feria de muestras entre las casas del marco de Jerez y El Puerto ‑de orientación inglesa‑ que verían en la desierta playa de Sanlúcar, de 1840 y tantos, un arenal perfecto donde, por cuatro reales de salida a meta, poder medir sus cuadras y sus cabalgaduras con apuestas por medio.

Era un tiempo de doble moral donde las carreras y las apuestas podían estar tan mal y tan bien vistas como las peleas de gallos o los desafíos, ese algo siempre entre lo legal y lo ilegal. España está al inicio del reinado de Isabel II y por Sanlúcar está al caer el pájaro Montpensier. La palabra pueblo o llamar popular a lo que Valle-Inclán retrataría como Ruedo Ibérico y Corte de los Milagros, es mezclar churras con merinas, significados desiguales aprovechando que el significante pasaba por allí:

«Es una de las competiciones hípicas más antiguas de Europa, en concreto las segundas carreras de caballos de estilo inglés que se reglamentaron en España, las primeras en la Alameda de Osuna (Madrid) en 1835. El origen documentado de las primeras carreras en las playas de Sanlúcar de Barrameda, se encuentra en los estatutos fundacionales de la Sociedad de Carreras de Caballos y datan del 31 de Agosto del año 1845.» (Historia de la Real Sociedad de Carreras de Caballos de Sanlúcar)

La actual Sociedad de Caballos evita hablar de purasangre, tipo o raza de caballo de origen inglés, desde el principio concebido para uso deportivo (hípica, saltos, carreras) para nada ligados al trabajo de carga o transporte. Es de notar la semejanza o paralelismo entre el caballo de pura sangre (o purasangre) y otras especies singulares vinculadas a la trata y al negocio que se han hecho especie protegida para la fiesta aristocrática: galgos, toros bravos, bueyes para el simpecao del Rocío.

Hay tanta distancia del mundo gentleman al gañán que le lleva la brida y le ensilla, que concejales y cabildos tuvieron que vérselas para atenuar tanta brecha de clase social, clase alta que, encima, se apoderaba de lo único que empezaba a ser democrático o de clases medias a finales del siglo 19 cuando se expandía el veraneo de playa: Quítense ustedes, que unos diítas de agosto la playa va a ser nuestra, que vamos a echarnos unas carreras y unas apuestas de nada.

Al pueblo bajo le dieron, con la complicidad de padres y madres, el invento de las casetas de apuestas infantiles, que iniciaba a la infancia a la ludopatía. Todo lo demás ya es estéril. Ni saldrán sanluqueños jinetes (como tenistas salen de recogepelotas). Ni mejora o aumenta la cabaña de caballos. Ni el niño de mayor apostará más que al cupón o la quiniela. Ni a la Sociedad entraremos por mucho baile de sociedad. Ni la monta que canta Salmarina de jinetes por Sanlúcar tiene nada que ver con la monta de jockeys escuchimizados.

Lo cuenta José María Hermoso (Licenciado en Historia), 1845: Aquellas primeras carreras de caballos en Sanlúcar. SanlúcarCiudad.com, 09/08/2019.

[cursivas de eLTeNDeDeRo]

Hoy en día, determinados sectores han calificado a las centenarias Carreras de Caballos de Sanlúcar como un acontecimiento elitista sin raigambre popular; incluso dando a entender que en su origen fue una diversión particular de unos señoritos sin que despertara el más mínimo interés de la población. Por este motivo no hay nada mejor para desmontar una falacia histórica que ir a las crónicas de la época para conocer el verdadero origen y la importancia que tuvieron en la ciudad aquellas primeras carreras.

Las primeras noticias que encontramos sobre esta prueba hípica, aparecen en la prensa a finales del verano de 1845 cuando el diario El español anunciaba la preparación de unas corridas de caballos en la playa de Sanlúcar para el 31 de Agosto. Parece que en un principio la competición debía celebrarse el 24 de Agosto pero se pospuso varios días con motivo de contar con la participación de algún ilustre visitante. Como explica José Carlos García Rodríguez, las primeras carreras de la provincia habían tenido lugar dos años antes en Jerez como consecuencia del auge de la hípica en España a principios de la década de 1840. Este hecho debió de ser conocido por un grupo de aficionados de Sanlúcar entre los que se encontraba Pedro Carrere Dumest, un comerciante jerezano afincado en la ciudad y al cual la prensa atribuyó el éxito de esas primeras carreras.

Para conocer como transcurrió esa primera competición, contamos con varias crónicas dignas de los mejores relatos de viajes del romanticismo y que fue dado a conocer al público actual por Rafael Montaño:

Justos apreciadores de las glorias de Sanlúcar de Barrameda y fieles testigos de los festejos ejecutados en dicha ciudad el 31 de Agosto último, cuyo día será memorable para cuantos tuvieron el placer de presenciarlo. Desde el día anterior se observaba en la población una alegría extraordinaria, la concurrencia era grande y animada y el número de personas que de distintos puntos acudían sin cesar a tomar parte en los festejos, hacían presentar a la ciudad un aspecto poco común. Las continuas entradas de góndolas , carruajes de todas las especies, vapores y multitud de caballos formaban un aspecto agradable. La plaza de la constitución y las casas del ayuntamiento, adornadas con motivo a la feria, contribuía al mayor realce de este día. Los vecinos de la calle angosta de Santo Domingo habían entoldado esta y adornado e iluminado sus fachadas y en sus balcones ondeaban multitud de preciosas y variadas banderas, formando en la calle un paseo agradable. A las ocho de la noche de este día (sábado 30 de agosto) entró por las calles principales de la ciudad el señor jefe superior político de la provincia con su digno secretario en una elegante carreta precedido de guardias civiles y acompañándolo en lindos carruajes, el señor alcalde de esta ciudad con una diputación de su ayuntamiento y una comisión directiva de las funciones. El paseo de la feria en esa noche, fue animado por una concurrencia brillantísima y en la madrugada del día siguiente se corrió un gallumbo (un toro) por las calles de la población. La mañana del domingo era aún más animada, la afluencia de gente era mayor, y a las doce se celebró una misa en la iglesia de Santo Domingo donde concurrió la tropa con música, el señor jefe superior político y el Excmo. Señor comandante general de la provincia, que en esta hora entraba un carruaje acompañado de una comisión del ayuntamiento y de otra de la junta directiva, escoltado por la partida municipal. A las cuatro y media de la tarde vimos llegar a la línea de las carreras la lúcida comitiva que había de autorizar el acto. Dos extensas y bien entendidas líneas de bancos, multitud de banderas, formaban la espaciosa calle de las carreras, y un elevado palco hacía la cabeza del sitio destinado para la lucha de nuestros estimables caballos. Sin temor de pasar por exagerados, diremos que veinte mil almas ocupaban aquel sitio pintoresco, y que ningún ingenioso pintor había podido concebir. Los diversos elegantes y lujosos carruajes que la circunvalaban, el aparato de la comitiva, la llegada de los jueces escoltados por un brillante piquete, cuyos jinetes iban vestidos a la antigua usanza en soberbios caballos tordos lindamente enjaezados. Sanlúcar ha sido la primera que ha tenido la dicha de presentarlo el mérito de la originalidad nadie puede usurpárselo; su pabellón de gloria lo puede enarbolar con satisfacción.

Cumpliendo la comisión directiva su programa, empezaron las carreras a la hora que estaba anunciada y con ellas se aumentó la animación de los concurrentes al ver las luchas de los valientes caballos que disputaban los premios. Durante estos vimos transitar de un extremo a otro de la línea a los jóvenes y elegantes ayudantes que en soberbios caballos perfectamente adornados ponían en continua comunicación a los señores jueces de las mesas de arranque y parada. Deseamos que la junta directiva publique el resultado de sus funciones, para conocer los nombres y dueños de los valientes corceles que lucharon en tan célebre liza. Concluido esto, volamos a las calles de la ciudad para ver entrar la brillante comitiva y con efecto, la presenciamos desfilar por la calle Ancha en los términos más suntuosos que la imaginación puede figurarse. Era la procesión de un triunfo. Batidores de la guardia civil de caballería y del piquete de la usanza antigua, los caballos vencedores conducidos por lujosos palafreneros, las bandas de tambores cornetas, música y una lúcida columna del provincial de Valencia, precedía a las elegantes carretas que conducían las comisiones. Así concluyó este día memorable en medio de entusiastas vivas y aclamaciones por la Reina nuestra señora, por la unión de los españoles y a las autoridades superiores de esta provincia. El periodista de El clamor público que realizó la crónica del evento, como podemos ver, se preocupó más por recoger el ambiente que rodeó a la competición que los detalles deportivos. Sin embargo, según el corresponsal del El espectador, la carrera se llevó a cabo en un terreno de unas 500 varas marcadas por ambos lados con unas barandas sencillas y tras estas varias filas de bancos. Así y según afirmó el diario El español, se disputaron cuatro carreras, participando en las tres últimas los cuatro jinetes vencedores de la primera. Los premios consistieron en la cantidad de 1.000 reales para el primero, una docena de cucharas de plata para el segundo, 500 reales para el tercero y una elegante petaca de oro y plata para el cuarto. Curiosamente, aunque esas primeras carreras contaron con la participación de los corceles de los más destacados propietarios del país, el animal que salió vencedor fue una yegua perteneciente a un conocido contrabandista del pueblo sevillano de Camas lo que causó un gran malestar entre los competidores. El éxito del evento animó a los organizadores a crear un mes después la Junta directiva central de la Sociedad de Fomento de la Cría Caballar de Sanlúcar donde aparecerían algunos de los comerciantes y políticos más importantes de la Sanlúcar del siglo 19. De esta manera en el verano de 1846 se publicaron en varios diarios nacionales un reglamento con las bases para los participantes estableciendo la competición en dos días del mes de agosto. En consecuencia, las Carreras de Caballos de Sanlúcar tuvieron desde sus inicios un carácter popular que atrajo a la implicación de la mayor parte de la población como lo demuestran los relatos de la época. Hoy en día este singular evento que atrajo la atención de todo un país sigue siendo más de 150 años después patrimonio inmaterial de una ciudad y el mayor espectáculo de las playas españolas.

Crónica de José María Hermoso sobre la primera carrera, año 1845

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